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Madridismo para el siglo XXI

Por un Madrid gañán

Ya hemos fichado a un hombre llamado Ceballos, sin duda una noticia a celebrar, no sólo porque amplía nuestro fondo de armario (donde viven muchos fansistas), sino porque jode a otros equipos, que es lo más importante después de ganar. Algunos mimimís y pupupús señalan un defecto del muchacho: que es un paleto; y sí, aceptamos la moción, es más de campo que las amapolas. Pero me parece demasiado pedir que en el páramo cultural que nuestra España la gente tenga estudios. Además, la mayoría de jugadores no los necesitan, con tener en el equipo a dos o tres que no cojan el periódico al revés suele ser suficiente. El rol de Caballos no va consistirá en ser el celebro del equipo, sino un buen mandao; con su técnica y todo lo que quieras, pero complementando a los pesos pesados.

La garrulez de nuestro nuevo fichaje viene a unirse a la de Sergio Ramos y a la de otro recién llegado, Theo, cuya fazaña más destacada hasta ahora quizá sea intentar comprar un tigre por internet y quedarse sin el tigre y sin el dinero. Pero no debemos cebarnos con los dos nuevos, a los que iremos puliendo con el tiempo. Mirad a Ramos: desde que le convencieron de que el smoking no combina con las zapas de tela y la gorra de béisbol ya es casi presentable. Le leí a uno del Yoya que las próximas celebraciones del Madrid consistirían en Sergio sacando un capote y Ceballos llevando la carretilla con la cabeza de toro; la verdad es que me sacó una sonrisa, y sinceramente sí, molaría: cuanto más cañís y españolazas nuestras celebraciones, más rabia para los antis, separatistas y amargaos en general. Y es que, como bien sabemos los señoritos madrilistas, no importa que seas paleto, sino que tu corazón esté en el lugar adecuado.

Mbappé, mata a tu padre

Mbappé sigue mareando la perdiz, que a estas alturas se habrá tomado varias biodraminas. Detrás de ello está papi Mbappé gritando “Show me the money!” y liando al chaval, que desde que era un crío con el cuarto forrado de pósters madrilistas tenía las cosas muy claras. Lo que yo no entiendo es cómo se puede dejar de venir al Madrí por dinero. Cuando te llaman los blancos tienes que llorar de agradecimiento y venir andando desde donde estés; jugar por agua y un pedazo de pan, como decía Agnelli. ¿Dinero? ¡¡Para qué cojones quieres tanto dinero!! Hombre, si me dijeras que ibas a hacer una inversión importantísima en lo que fuera lo entendería, pero para lo que lo quieren el 99% de los futbolistas, que son barcos y putas, con 3 milloncejos al año deberían sobrar.

Mira Kylian, papi te puede arruinar la vida. Ponerte la blanca es convertirte inmediatamente en leyenda, mientras que los jugadores del Arsenal o del PSG no los recuerdan ni sus putas madres; mira lo que le ha pasado a Cazorlita. Así que sólo te queda una solución: matar a papi, figuradamente, por supuesto, pero si lo haces en la realidad tampoco pasa nada; di que te quería robar la pipa de crack o algo. ¿Qué prefieres, ser Anelka o Weah? Tú sabrás, chico.

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Enséñame la pasta

Por Custer

Tenemos menos dinero en las arcas que Pepito Pérez. Como esto siga así, es decir: comprando Theos, Llorentes y Molientes, no nos va a quedar más remedio que ir a venderle las Champions al Gordo de Las Vegas y a su hijo, La Gorda, para ir tirando y pagar el recibo de la luz. Qué puto desastre. Lo que algún que otro salchichonero llama “Buena gestión” yo lo denomino “Pobreza Estructural Modo Biafra”… ¿Dónde está La Pasta, Bambino?

En los buenos tiempos de La Pasta, a estas alturas, no estaríamos todavía racaneando los euros con Mbappé. Que si te doy, que si te quito, que si te vas, que si te quedas… Ese negro ya estaría comprado, cagado y meado en Valdebebas. Ahora, sin embargo, se mira la pela cosa mala. Compramos medianías que no le han empatao ni a la Unión Deportiva Chupaligas y encima nos dicen que aplaudamos porque ¡al fin! se están haciendo “las cosas bien”… A mí no me lo parece. Ningún fichaje ilusionante. Los mismos caretos de siempre. Una Segunda Unidad un poco más lustrosa con un par de Don Nadies… Punto… No hay más… ¡Show me the Money!, Florentino.

¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money! ¡Show me the Money!

Yo me pregunto: “¿Para qué quieres el dinero, Florentino?” Mira lo que hago yo con el dinero… Lo tiro… Lo estoy tirando ahora mismo por la ventana. Los aldeanos (esos pobrecillos) se arremolinan bajo el balcón y cazan billetes con sus boinas… Mira lo que hago… ¡¡MÍRAME Y APRENDEEEE!! Es sólo papel, Bambino. Papel pintado. Es surrealista que la peña sea capaz de dar sus vidas por papeles de colorines llenos de números… No significan nada… Los tiro… Los tiro por el balcón a dos manos… ¡¡TOMAD, MIS QUERIDOS EXTREMEÑOS!! ¡¡TOMAD Y COGED TODOS DE ÉL PUES ESTE ES MI CORTIJO, CORTIJO DE COTO NUEVO Y ETERNO DONDE TODOS IRÉIS A PELARME ZURITAS POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS… AMÉN!! (Esto es ser un caballero, puto Bambino… ¡Enséñame la pastaaaaa!)

Que no os engañen… No hay ni un duro. Quiero ver Los Libros… Los Libros de Cuentas… Pero, claro… ¿quién los pide en las Asambleas si allí solo van cuatro mentecatos a ensalzar al Vampiro y, ya de paso, también a Muriño y a Arbeloa? Qué puta vergüenza de Asambleas Salchichoneras… Ningún Undergrún se ha levantado jamás para decir: “¡Dame Los Libros, nene!” No interesa saber de números… Y no hay números, se han esfumado… Telarañas es lo que hay. ¿Cómo se puede rapiñear tanto por un puto negro? Si hay que darle cien kilos se les dan y punto. ¿No dices que estamos en Forbes? ¡¡EN FORBES GUMP ES DONDE ESTAMOS, JODER!! ¡¡ESTAMOS EN LA BEEEEE!!

Enséñame la pasta, Florentino… Y ya de paso enséñame también Los Libros.

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No se mueve el cocotero

Van pasando los días y cada vez es mayor la sospecha de que aquí no va a venir ni el Tato (bueno, va a venir el Theo, pero no el Tato). Cuando explotó Mbappé a Flópor se le levantó un poco la cosilla esa pequeña y arrugada que tiene, pero al reunirse con el chaval este le pidió la titularidad y en seguida se le bajó la pichurrilla. La Reina Chocha considera a Gaynaldo y Bale patrimonio del club, y largar a Benze le da una pereza infinita; al fin y al cabo, después de tejerle tantos jerseys y bufandas, que se fuera a lucirlos a otra parte sería una putada. Vaya, que el negro se quedó preguntándose para qué le habían dado tanto la brasa y, como Dorothy, habrá pensado que “no hay otro sitio como el hogar”, donde además le pagarán lo que quiera y la propina.

Otro que se queda en casa es Dollarumma, y es que lo del pizzero es digno de ver; al final va a ser verdad que jamás ficharemos a nadie representado por este tétrico personaje. Tampoco creo que Dolla vaya a pasarlo muy bien, la verdad; eso de amagar tan descaradamente con irse jamás lo perdona la afición, y los tifosi le pueden dar un añito que deje en una broma el que pasó Toni en el Paleti (la mehón afición del mundo). Bueno, que le den con un hierro oxidao.

¿Entonces no va a venir nadie? Sí, yo creo que Ceballos, que es baratito y nos dará muchas risas. Cierto que de pequeño era culerdo, pero luego afortunadamente se reformó, como vemos en estas imágenes. El twit sobre Íker es el que más evidencia esta espectacular evolución. ¿Tonto, listo? Quién sabe, pero aquí lo que cuenta es el carisma; bien podría convertirse en una figura similar a Juanito. Además, su tatuaje no es muy horrible… ¿verdad?

Acerca de todo esto, he de decir que fichar o no es bastante irrelevante para este Madrid. Lo de Frapé sería un pelotazo a nivel márkitin y para hacernos unas pahillas, pero poco más. La verdad es que la plantilla va sobradísima y, por ponernos exquisitos, tan sólo faltaría un 9 suplente, ahora que van a largar al triste Morata. Y de todos modos, no olvidemos que sí vendrá un fichaje muy importante: Garetz Bale. Ojete, que si el año pasado ganamos la Chempions sin él, este podríamos llevárnosla caminando.

En fin, sé que esto del cocotero está haciendo extenderse el pesimismo y la mariconería (aún más) por Fans, pero sinceramente, si yo anduviera hoy por el centro de Madrid lo más probable es que me fuera alborozado hasta Tsibeles.

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Mejor vete, Ronnie


Descuento 2×1.

La pretemporada está a una semana vista, y sobre el madrilismo aún pende el dramita de si nuestro particular princeso, Cristiano Ronaldo, se reincorporará o no al equipo. Voy a dar mi opinión sobre el tema con toda franqueza: ojalá no vuelva. Sé que recientemente he expresado el deseo contrario, pero tras pensar sobre ello he cambiado mi opinión. Simplemente, creo que la relación Cristiano-Real ya no da más de sí; fue bonito y exitoso mientras duró, pero ahora mismo estamos muy cerca de un punto de ruptura tras el cual este vínculo ya sólo traería sinsabores.

Creo que no es necesario insistir en la suprema calidad del jugador ni en su aportación en forma de títulos, imagen e ingresos, pero él mismo se ha encargado de tensar la cuerda hasta el punto de que no me apetece reírle una gracia más. No obstante, confieso que estaba dispuesto a perdonarle hasta el último episodio de su vida privada, el de la siniestra adquisición de unos mellizos, niño y niña, mágicamente aparecidos en su hogar, falta doblemente grave por la reincidencia.

Aunque se ha hablado mucho de los defectos de Ronaldo, en general me han parecido veniales y bastante más perdonables que los de la estrella futbolera media. Sin embargo, lo que no soporto de ningún modo es a aquellos que se creen tan por encima del resto de los mortales como para decidir que pueden privar a unas criaturas de su derecho inalienable a tener una madre. ¿Derecho? Ah, no, perdón, que los niños no votan ni son “lobby”, y por tanto no tienen derechos.

El señor Ronaldo, que de no haber podido contar con su madre seguramente se habría hundido, ha decidido que sus tres vástagos no gocen de tal beneficio; al fin y al cabo, tendrán más dinero del que es posible gastar y una familia que los arrope, aunque quien quizá menos lo haga sea el propio Ronaldo, por las obligaciones propias de una superestrella mundial del fútbol, o por esos viajes casi diarios a Marruecos de los que gustaba cuando ya era padre, para ver al hombre a quien le compró un apartamento en Nueva York.

Ni siquiera le pido que salga del armario (me importa tres cojones quién se la mete y a quién se la mete), ¿pero por qué la farsa de las novias a las que se ha negado a embarazar? Irina Shayk ya expresó los problemas de autoestima que le provocó nuestro personaje, e imagino que Georgina, si no es una buscavidas o no tiene horchata en las venas, habrá experimentado algo similar al ver el nuevo “paquete” aparecer en la casa (Irina, Georgina… quizá las acabe confundiendo). Curiosamente, estos compraniños (Miguel Bosé, Ricky Martin, Elton John…) casi siempre se piden la parejita; será que les gusta tener cosas conjuntadas. Cuando alguien tiene el coraje de preguntarles si los niños no necesitan a la mujer que les dio la vida, la respuesta es invariable: “¡Me tienen A MÍ!” Yo, yo, yo, yo, mis aspiraciones, mi derecho a ser padre.

Quizá la única gran falta de Cristiano sea esa egolatría, pero por desgracia lo convierte en un pésimo ser humano. Esto mismo es lo que lo ha llevado a poner al Madrid en el disparadero dos veces, con declaraciones muy públicas y notorias, mancillando su, por lo demás, intachable profesionalidad. Y mira, Ronaldo, sé que es absolutamente injusto que el público del Bernabéu te haya pitado, pero tus salidas de banco son inaceptables: me suda los cojones que estés “trishte” por cuitas contractuales, y si tu agente es un vividor, córtale los huevos, pero no filtres una historia para enmierdarnos hasta el cuello y luego hacerte el loco. No muerdas la mano que te da de comer, eso es algo que vale tanto para el jornalero extremeño como para el que se levanta 20 kilos al año y puede comprar vidas.

Ojo, no digo que nos debas nada, pero tampoco nosotros a ti: estamos en una perfecta simetría, como la de las 6 Copas Antiguas y las 6 Modernas. ¿Para qué estropearla? Vuela, Ronnie, vuela a Manchester a entenderte con Mourinho y con los tabloides ingleses. Ya eres una leyenda madridista, y no protestaré si en su momento se te ofrece un gran homenaje como futbolista, pero por lo demás, sinceramente: que te den por culo.

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De cómo el Madrid consiguió la Decimosegunda gracias a la psicomagia de Von Rothbart

Por Von Rothbart

Capítulo Primero: Donde el señorito Nicolasito, después de presentarse y saludar al fansismo, cuenta cómo una serie de sincronicidades junguianas le hicieron salir de la pereza en la que se hallaba sumido y aventurarse a una nueva cruzada psicomágica en búsqueda de la Decimosegunda.

Queridos putitas y putitos, fansistas todos:

Aquí me tenéis de nuevo, para gozo y disfrute del madridismo más subversivo, con la intención de relataros las aventuras psicomágicas que vuestro amado Divino de los Huevos Pelones Empolvados en Talco emprendió con el objetivo de devolver el Sagrado Grial de la Copa de Europa al Camelot de Concha Espina. Después de mis dos últimas cruzadas psicomágicas, que finalizaron con la consecución de la últimas dos Orejonas (ahí están los archivos fansistas por si alguien siente interés en rememorar semejantes hazañas), y tras haber roto el hechizo urobórico que suponía la Décima con la consecución de la Undécima y última (ahora mismo penúltima) Copa de Europa, consideré seriamente retirarme de las prácticas psicomágicas y centrar mis días y mis noches única y exclusivamente en lo que realmente me apasiona y me motiva: El Vicio, es decir, el sexo mercenario homosexual, la experimentación con todo tipo de sustancias estupefacientes y psicotrópicas, la moda masculina, la alta costura, el esoterismo, el ballet y, por supuesto, la lectura de los clásicos.

No obstante, mi sentido del deber mandrilista y mi ilimitado amor hacia nuestro glorioso Club me arrastraron -a decir verdad, con bastante desinterés y desgana en esta ocasión- a planificar una nueva serie de rituales psicomágicos con el propósito de conducir a la armada vikinga a la Gloria. De esta suerte, contraté los servicios de un prostituto enano de acento lunfardo y me hice con una peluca afro rizada de pelo natural y una vieja camiseta del Nápoles de los años ochenta para preparar el primer ritual que supusiera la eliminación de los sucios napolitanos. Sin embargo, después de una tórrida noche de juerga regada con abundante ron y polvo de ángel en la alegre compañía de varios travelos brasileiros de piel canela y hermosos y suaves nabos, vuestro querido Divino estaba para el arrastre y sin putas ganas de liarse a pollazos con el puto enano de los cojones, al que como bien sospecháis pretendía sodomizar hasta hacerlo reventar.

En fin, amigos, entre la rutina -que hace estragos incluso en las mentes más creativas como la mía- y la resaca mortal de alcohol, semen, coca y popper, me encontraba al día siguiente tirado y desnudo en mi futón de Philippe Stark reflexionado sobre la futilidad de la existencia mientras miraba las paredes color crema hueso de mi coqueto apartamento madrileño, cuando comencé a sentir cómo poco a poco la marea gris del tedio, la anhedonia y el hastío, frutos sin duda de la vida disoluta de vicios y excesos que estaba llevando, invadían mi alma.

Para intentar escapar de esa marea que me estaba ahogando en un océano de aburrimiento y melancolía, comencé a navegar por la red hasta llegar a atracar en la Isla del Gran Hacedor -este oasis en el que suelen fondear los madridistas más pervertidos del planeta-, donde fui testigo de un desagradable rifirrafe entre mi amado Padre -el General Custer- y un bellotero extremeño de chaleco de pana y boina calada que se atrevió a faltarle al honor y al respeto a mi progenitor y, por extensión, a todos los Pertusato, familia de pedigrí aristocrático que tanta gloria ha proporcionado al Club de nuestros amores.

Fue curioso el efecto que consiguió provocar en mí el incidente con el mencionado paleto que se hacía llamar a sí mismo el de la polla ilusa: por arte de psicomagia, el sentimiento de futilidad existencial que me embargaba unos momentos antes desapareció por completo. Con la intención de salvaguardar el honor de mi familia, y tras dar la correspondiente respuesta mediante un furibundo ataque verbal al cateto de la zamarra y el cayado, comenzaron a agolparse en mi memoria, cual magdalena de Proust, numerosos recuerdos de mi feliz infancia, esa niñez que pasé con mi amado padre en las fincas y cortijos propiedad de nuestra familia que se encuentran diseminados a lo largo y ancho de la piel de toro. Remembranzas de jornadas de caza y pesca aderezadas de lecciones de filosofía griega con las que me ilustraba papá cuando nos adentrábamos en compañía de nuestra perra “Hijaputa” en medio del bosque o paseábamos distraídamente por la dehesa entre encinas y alcornoques. El señorito Nicolasito siempre fue un gran aficionado a la caza, veneno que me inoculó papá en los azules y soleados días mi infancia. De hecho, no está de más recordaros que El General Custer y su vicioso hijo Nicolás aparecieron en el antro que regenta El Socio después de haber sido expulsados de un foro cinegético por revelar técnicas de caza que debían de permanecer en secreto entre las élites de los que aprietan el gatillo para liberar a las criaturitas de Dios de la pesada carga de la existencia. Mi afición a la caza, tanto mayor como menor, gradualmente fue relegada por la más excitante caza de maromos en el coto privado de Chueca, donde pronto adquirí fama de excelso cazador y catador de rabos.

Pero esa es otra historia y estoy divagando mucho. Como venía diciendo, sentí unos irrefrenables deseos de recordar más episodios de mi niñez rural, y para eso no hay nada mejor que recurrir a la literatura. Entre los numerosos ejemplares de mi biblioteca encontré un manoseado ejemplar de Los Santos Inocentes de Miguel Delibes, novela que me recomendó fervientemente papá no sólo como obra maestra de la literatura universal sino, sobre todo, como guía para la vida y donde se explica perfectamente que es un Señorito, y que actuar como tal está indisolublemente unido al concepto de Señorío Madridista. La lectura avanzaba veloz y las imágenes se volvían tan intensas que ya me parecía estar compartiendo tirada de torcaces y zuritas con el Señorito Iván, Paco el Bajo, Azarías y compañía. Y aquí es donde se produce la primera sincronicidad junguiana, queridos niños y niñas. Mientras devoraba frases y párrafos de la novela, una revelación psicomágica, una señal de carácter misterioso y esotérico se produjo. En uno de los pasajes de tan singular obra, el Azarías se pone a contar en voz alta los tapones de las válvulas de los coches que previamente había desenroscado: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, y al llegar a once, decía invariablemente cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco. La sorpresa, el flashazo, si se me permite la expresión, fue totalmente revelador. La pregunta era obvia: ¿Por qué el Azarías paraba de contar al llegar al número once, precisamente el once (el número de Copas de Europa que atesoraba el club blanco) y, tras ignorar el doce, luego saltaba al cuarenta y tres? Como bien dice Iker Jiménez, las casualidades no existen y se había producido esa tarde, como quien no quiere la cosa, una sincronicidad junguiana; una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal y cuyo contenido significativo o metafórico era igual.

Me encontraba, por tanto, ante un hecho de singular transcendencia. Ipso facto me puse en contacto telefónico con el Maestro Alejandro, que en ese preciso momento estaba cagando y desnudo con su gato Kazán sentado en su regazo (esto lo sé porque me lo gritó cabreado al molestarle en tan íntimo estado de meditación). Después de pasársele el enfado, me dio la respuesta con una de sus enigmáticas frases: “El mundo es una trama de líneas infinitas y todo resuena, como en una orquesta”, y a continuación se tiró un sonoro y resonante pedo para certificar lo dicho. El mensaje estaba claro: las sincronicidades no se producen por casualidad, son indicaciones, guías, señales, que el futuro lanza al pasado, es decir al presente, cuando no se gusta y desea cambiarse a sí mismo. Como buen marinero de los océanos del misterio y la inefabilidad, comencé a atar cabos y deshacer nudos psicomágicos: el Azarías para de contar en la decimoprimera válvula, se salta la decimosegunda, como si el número que identificaba a la Copa de Europa que estábamos disputando no existiera o jamás tuviera la oportunidad de hacerse realidad y sumarse a las vitrinas blancas. Me veía, pues, en la obligación de romper el hechizo.

Por otra parte, el arcano número doce del tarot es, oh sorpresa, El Colgado. Este enigmático arcano representa la pasividad, ya que se limita a permanecer suspendido en el aire, sin hacer nada y sin luchar por meta alguna, tan sólo dejándose mecer por el viento mientras cuelga de una soga. El Colgado aparece en una tirada de tarot para preguntarnos qué estamos dispuestos a sacrificar para poder progresar en la vida. Evidentemente, este arcano te invita a actuar, a librarte de ese padecimiento del alma que el Azarías denominaba “la perezosa”, y que tan similar era al estado abúlico en el que me encontraba sumido durante aquellos días. El Colgado te advierte y te aconseja no permanecer como un peso muerto mecido por el viento sino luchar por tus metas. Y para todo madridista que se precie de serlo, esta meta no es otra que conseguir el Santo Grial Europeo. Por si esto no fuera suficiente, dicho arcano se puede interpretar en clave literaria como una clara alusión a la última y significativa escena del libro y de la peli donde el señorito Iván, madridista de pro, termina colgado de la rama de una encina; el Señoritismo -es decir, el Madridismo- estaba en peligro. Pero hay más, la anterior Copa de Europa es conocida entre el fansismo como “La Milana”, pero este simpático pajarillo también termina asesinado por la inquieta escopeta del señorito Iván, como viniendo a decir hasta aquí hemos llegado con las Copas de Europa, ni una más después de ésta, pim-pam-pum.

Demasiadas casualidades extrañas se concatenaban en este vórtice psicomágico para ignorarlas, tantas que me hicieron salir de “la perezosa” particular que estaba padeciendo y entrar en una de mis fases ciclotímicas de fervor y furor con el objetivo de devolver la Duodenal a las tribunas del Cuernabeu empleando todas mis habilidades esotéricas.

Capítulo Segundo: Donde, por arte de psicomagia y porque la literatura nos da permiso para ello, pasamos de la primera persona a la tercera para narrar las peripecias del señorito Nicolasito que comienzan con su viaje a tierras extremeñas, se define el concepto de Ivanismo Psicomágico, y se nos cuenta cómo tras mucho buscar, al final el señorito encuentra a su nuevo secretario.

Con diez tiros de coca por banda y doce válvulas a toda vela, no cruza el asfalto sino vuela un Mercedes Cinco Mil, divino de los huevos pelones le llaman, en toda Chueca conocido, del uno al otro cojín… y en menos que salta la liebre y canta el gallo, el señorito Nicolasito, estableciendo un nuevo record de conducción temeraria, se planta en uno de los cortijos abandonados que la Familia Pertusato posee en tierras extremeñas y que solía utilizar como refugio de meditación y retiro durante algunos de sus frecuentes periodos de desintoxicación.

Una vez en el Cortijo Pertusato, Nicolasito se engalanó como sólo lo saben hacer los auténticos señoritos de postín y pedigrí cuando salen a darle alegría al gatillo, con sus pantalones verde aceituna, su camisa de cuadros verdiblanca, sus botas camperas de Valverde del Camino, su chaleco-canana repleto de cartuchos y la escopeta repetidora en cuya culata el General Custer había grabado el nombre con que la bautizó, “La Cariñosa”. De esta guisa se miró en el espejo de cuerpo entero y pensó “ahora sólo me falta un secretario”, porque lo más importante para ser señorito es tener secretario; uno no es señorito si no tiene a alguien que se eche a cuatro patas y olisquee el terreno, le pele las pitorras, le cargue la repetidora o se suba a una encina a tironear los palomos. Y sabedor de esto, al señorito le entró la urgencia de encontrar a un Paco el bajo, a un Azarías o a un Circe que le acompañara y le sirviera de intendencia en sus aventuras cinegeticopsicomágicas.

Y es que la intención del señorito Nicolasito, queridos putitas y putitos, no sólo era conseguir otra orejona sino llevar a cabo una revolución, una innovación en el maravilloso mundo de la psicomagia, crear el Ivanismo Psicomágico, algo profundamente madridista, donde el Señorito planifica, ordena y manda, y por supuesto jamás se ensucia las manos porque el trabajo sucio lo realizan los secretarios, que para eso están y para eso se les paga. Como bien dijo el señorito Iván: “Hay que acatar una jerarquía, unos debajo y otros arriba, es Ley de Vida”.

A la mañana siguiente, cuando despuntaba el alba, el señorito Nicolasito salió del cortijo con el ánimo de encontrar a su futuro secretario y comenzó a visitar los pueblos, aldeas y pedanías más próximos al Cortijo Pertusato, donde la incultura, la superstición y la endogamia campan a sus anchas. En un principio supuso que no le resultaría difícil encontrar a un lugareño experto en las artes de la jara y el sedal, pero la globalización que lo uniformiza y estupidiza todo también había alcanzado esas tierras que antaño habían permanecido vírgenes de la siniestra influencia de la modernidad, y si el deseo del señorito era tropezarse con un auténtico Azarías de boina calada, pantalones por las corvas y zamarra de pana, lo que realmente encontró fueron Azarías más modernos de gorra beisbolera, camisetas de baloncesto extragrandes, móvil en las manos y zapatillas deportivas en los pies, que no tenían ni idea de pelar pitorras o tironear palomos. Los únicos que todavía dominaban esas artes ancestrales ya sólo estaban para jugar a la petanca y tomar el sol como los lagartos en las plazas de los pueblos, esperando picar billete sólo de ida. El señorito Nicolasito, tras largas e infructuosas jornadas de búsqueda, una mañana, fruto de la rabia y la desesperación al ver peligrar su objetivo, derrapó el Land Rover hasta adentrarlo en la dehesa, y después de tomar a “La Cariñosa” entre sus manos, empezó a disparar entre blasfemias y maldiciones -que menudo vocabulario tiene el señorito cuando el ánimo se le tuerce- a todo bicho viviente -reptante, andante o volante- que se cruzara en su camino. Después de agotar una caja de cartuchos, y cuando estaba a punto de abrir una nueva caja para continuar perfumando de pólvora y perdigones las encinas y alcornoques, escuchó una carcajada, y entonces, instintivamente, dirigió el cañón de la escopeta hacia el cabronazo que se estaba burlando.

En ese instante vio un barragán ataviado con mugrientos salandrajos y montado sobre una bicicleta de la época de cuando los nacionales entraron en Madrid. En el manillar tenía atados dos mastodónticos mastines loberos, mal encarados y negros como el infierno, que se pusieron en marcha tras un chasquido de lengua de su amo, y tirado el singular vehículo por tan original tracción, el fenómeno sentado en el cojín del rústico trineo fue acercándose sin dejar de reír. Cuando lo tuvo a su lado, el señorito le ofreció un pitillo, y para romper el hielo le preguntó por el nombre de los canes. A duras penas, debido a una boca que escupía las palabras en lugar de pronunciarlas y al cerrado acento típico de estas tierras, Nicolasito atisbó a entender que les había puesto los simpáticos nombres de “Rolando” y “Cachimiro” y que el tipo se dedicaba al olvidado arte del alimañerismo. Bajo la descosida y mugrienta chaqueta de pana que lucía el gañán vislumbró una vieja camiseta del Madrid, y este detalle, junto con el nombre que había puesto a los mastines, le llevó a preguntarle si por casualidad era madridista. A esto respondió el alimañero zarabateando: “mamamadridihta y franfranfranquihta”, mientras se quitaba la chaqueta y se despojaba de tres camisetas blancas (aunque del color blanco sólo quedaba el recuerdo), con la publicidad de “Otaysa”, “Parmalat” y “Zanussi”, dejando ver, casi oculta en la mata de pelo cano ensortijado, una medalla con la foto del Caudillo, que no paraba de besar mientras golpeaba su pecho en plena exhibición simiesca.

Terminado el alarde, invitó al señorito al café y “tostás con pringue”, porque entre la gente humilde del campo la hospitalidad es ley, y lo condujo al refugio de pastores donde malvivía, una choza de piedra en tenguerengue cuyas paredes estaban cubiertas de fotos de mozas desnudas sacadas de revistas eróticas de los años ochenta, de aspecto amarillento y cuarteadas por las numerosas lefadas con que las había regado el gañán. a las chicas retratadas. El alimañero, con los ojitos haciéndole chiribitas y sin dejar de tocarse las partes, acariciaba los retratos y no paraba de repetir con su sonrisa boba “zurrumicle emplumao”, “zurrumicle emplumao”, refiriéndose a los frondosos y mullidos chapulinos que lucían las rajudas de aquellos maravillosos años en sus entrepiernas. Aprovechando su buen humor, el señorito Nicolás le propuso sin más dilación que fuera su secretario ,a lo que el tipo accedió a cambio de tabaco de liar, cuarenta libras de tocino, cinco arrobas de vino de pitarra y una oveja merina con la que desfogarse, porque su actual novia ovina padecía de fiebre aftosa, lo cual le dejaba “aguachinao y con la pinga toa pringosa”.

Después de cerrar el acuerdo apretando las manos como caballeros, el nuevo secretario del señorito Nicolasito se puso a celebrar el contrato florentino bailando una especie jota, sin dejar de cantar “redoble, redoble, vuelvo a redoblá, con este redoble me va a matá, me va a matá, me voy a morí, con este redoble vuelvo a repetí”. Finalizada la actuación, el señorito observó al crack, exhausto con su perenne sonrisa boba toda llena de dientes, la boina ladeada casi noventa grados y un palmo de lengua grande y rosada que le colgaba por debajo de la barbilla, y en ese instante le llegó la inspiración y le dijo a su nuevo secretario: “A partir de hoy te llamaré Azaricius Junior” , a lo que el gañán respondió con un “¿pur qué, pur qué?” Y esta fue la respuesta del señorito, que haría las delicias del otro señorito, el Ivancito: “Por maricón”. Y el mugriento zascandil se echó a reír mientras agitaba la boina, y entonces el señorito Nicolasito se dio cuenta de que el alimañero madridista, franquista, salido, jotero, con un extraño sentido del humor y profundamente bobo era el secretario perfecto que tanto anduvo buscando.

Capítulo Tercero: Donde se narra cómo el señorito Nicolasito conoce a un rumenigo y le convence para irse juntos de cacería nocturna, se realiza una descripción del macho lanú , se cuenta con todo lujo de detalles el episodio de bestialismo que se produce después, y se ofrece una explicación a la sorpresa final.

El Madrid se enfrentaba al Bayern de Munich, así que el señorito Nicolasito tenía que encontrar a un bávaro que interpretara el papel de víctima propiciatoria para el siguiente ritual. Afortunadamente, Extremadura es una tierra que ofrece excelentes cotos de caza para que privilegiados jubilados bávaros disfruten de darle al gatillo, y no le resultó difícil encontrar a un hijoputa teutón que además de ser ex ingeniero de la BMW era el vivo retrato del bocazas de Karl-Heinz Rummenigge. Aprovechando un receso en una montería en la que ambos participaban, Nicolasito le tocó al sieso y saborío del rumenigo el punto débil de todo bávaro que se precie, el orgullo, al mencionarle que entre sus numerosas piezas de caza no figuraba uno de los animales criptozoológicos más buscados y temidos, que precisamente es oriundo de estas tierras: el machu lanú, que es descrito por los escasos testigos que lo han podido vislumbrar como mitad hombre y mitad macho cabrío. Haciéndose mucho de rogar, le confesó que sabía en qué cañada, según los rumores, dicho animal ramoneaba a la luz de la luna.

A la noche siguiente estaban el rumenigo y el señorito ocultos tras una loma esperando la aparición del machu lanú, que no tardó en hacer acto de presencia, y entonces el rumenigo, sintiendo un repeluco y viendo la piel del oso antes de cazarlo, comenzó a disparar su rifle telescópico de última generación. Y bang bang, dale que te bang, el alemán disparaba, y a medida que disparaba y fallaba el machu lanú se le acercaba, y el nerviosismo del alemán aumentaba hasta que el gilipollas se quedó sin balas (y es que previamente, queridos amigos, en un descuido, Nicolasito había sustituido la munición por balas de fogueo). El rumenigo, presa del pánico, con el cagazo metido en el alma y el zurullo en el cuerpo, echó a correr por el monte, pero no tardó mucho en resbalarse y caer de bruces, momento que aprovechó el machu lanú para echársele encima tras una alocada persecución en ringurango.

En ese instante fue como si el demonio se hubiera saltado las fronteras del inframundo para surgir de las entrañas de la tierra, porque colgando entre sus piernas peludas el machu lanú lucía un enorme, animalesco y salvaje pollón ansioso de culo alemán, y antes de darse cuenta el rumenigo se vio a cuatro patas recibiendo las embestidas salvajes del gran cabrón, tantas y tan bestiales que el culo teutón tragaba rabo caprino como las cabras ramonean los pastos sin piedad ni descanso. Al rumenigo empalado por el cornudo fogoso que le penetraba a golpe de testuz y cadera las nalgas blancas le titiritaban como gorriones mojados, y no paraba de gritar de dolor y vergüenza en su consonántico idiom. Pero poca era la escandalera ante el concierto de cencerro que estaban dando las fofas carnes centroeuropeas al golpear contra los cojones y el zipote del hombre cabra o cabra hombre, tanto monta, monta tanto, el machu lanú fornicando.

En medio de la cañada, retumbada y se escuchaba la pollada del gran cabrón cabalgando sobre la grupa del teutón. La picante morcilla chapoteaba entre las flacas y pálidas nalgas germanas que estaban tan mojadas que parecían dos trozos de quesos en aceite (de cabra, por supuesto). En un momento dado, debido a un súbito cambio de viento, llegó a la pituitaria del señorito Nicolasito el olor que desprendía el machu lanú en su follada, y no era el típico pestazo de las cabras, para nada; todo lo contrario, era un olor indefinible pero que suscitaba en el inconsciente la idea de Victoria. Era como el olor a napalm a primera hora de la mañana, olía a Madridismo, tanto que provocó en el señorito tal sentimiento de encelamiento salvaje y abultamiento en sus calzoncillos que poco le faltó para no unirse a la jodienda. El machu lanú, tras trepanar salvajemente a KarlJeinz por el buhero del bullate , quiso terminar la faena penetrándole la bocaza para que aprendiera a mantener el pico cerrado y a respetar al mandrilismo, pero por cuestiones de longitud y grosor le resultó imposible, así que el gran cabrón se aplicó el dicho “cuando no tengo lomo, tocino me como”, y con unas frenéticas sacudidas de verga se corrió sobre la rubicunda cara del bávaro con una generosa lechada. Terminada la bacanal, el machu lanú, fruto sin duda de su intensa excitación, soltó un enorme pedo que hizo eco en la cañada, y a continuación aflojó el vientre, jiñando sobre el rumenigo, quien ridiculizado, engañado, vejado, sodomizado, lefado y cagado apenas tuvo fuerza de levantarse, atarse los pantalones y limpiarse el zugo y la zurreta provenientes de los cojones y el bajo vientre del machu lanú, perdiéndose en la dehesa, mientras en bucle continuo susurraba entre sollozos: “me han cagado, me han cagado”.

De esta forma, el resultado de tan espléndido acto psicomágico fue el que todos conocéis: el Bayern fue vejado, ridiculizado, sodomizado, lefado y cagado, y el lenguarón de su presidente, Karl-Heinz Rummenigge, acabó repitiendo entre lágrimas las mismas palabras que su paisano teutón: “nos han cagado, nos han cagado”. Aquellos de vosotros que movidos por la curiosidad hayáis investigado un poco la filosofía que se esconde tras todo acto psicomágico, seguramente elevareis vuestro tono de voz acusándome de que esto ha sido un deus ex machina de tomo y lomo y muy señorito mío, que vuestro querido Nicolasito se ha sacado de la manga inexistente de su chaleco-canana un ser mitológico que sólo vive en las supersticiosas mentes de gañanes incultos; pero no os precipitéis, porque la clave de esta historia es que el machu lanú no era otro que Azaricius Junior, en pelotas y con un par de satánicos cuernos de carnero atados con cinta americana y cordel a su enorme cabeza. Y justo es reconocer que tenía fácil imitar el comportamiento de las bestias, ya que toda su vida la había pasado en compañía de éstas, y de hecho prefería el cariño irracional antes que el humano, al ser un fervoroso practicante del arrejuntamiento animal.

Quizás también os preguntareis porqué motivo el señorito Nicolasito eligió tan extraño animal, y esta es la respuesta, mariconazos: el machu lanú es un ser mitológico que, además de ocupar un lugar privilegiado en el imaginario fantasmático extremeño, representa la sexualidad salvaje y desaforada, que bien puede ser la perfecta imagen del Madridismo más puro y destilado; ese Madridismo que, al igual que el macho lanú, se siente orgulloso de mostrar al mundo sus órganos sexuales, su cipote grande y gordo y sus cojonazos peludos; ese Madridismo que siempre se encuentra en celo, salvaje, brutal infatigable, feroz y sin remordimientos; ese Madridismo que está provisto de una lujuria desatada y perenne que se traduce en un hambre y un ansia de victoria desaforadas; ese Madridismo, en definitiva, que disfruta de fornicar y sodomizar al enemigo.

Capítulo Cuarto: Donde se narra la visita del señorito Nicolasito a una comuna de perroflautas , se describe en qué consiste el arte de correr el cárabo, y más tarde se le practica un “Azarías” a un hijueputa colchonero.

Después de la trulla psicomágica en la cañada que significó la eliminación del Bayern, el señorito Nicolasito esperó el sorteo del próximo rival del Madrid con la conciencia tranquila del trabajo bien hecho y la esperanza de que las bolas calientes deparasen un nuevo enfrentamiento con los indios para dejar constancia de ciertos conceptos filosóficos acerca del Señoritismo Madridista y del Gañanismo Atlético que en esos días ocupaban su mente. Y efectivamente, de nuevo la sincronicidad psicomágica se produjo: esa mañana, después de escopetear un rato por el monte, el señorito pasó por el pueblo y vio en las portadas de los diarios deportivo que los patéticos serían de nuevo las próximas víctimas, por lo que debía encontrar para el siguiente ritual a un palético de la vida que rondase esos campos de encina y alcornocal. Esa misma tarde, mientras tomaba un vino tinto acompañado de morcilla lustre en el bar de un pueblo, escuchó de boca de los lugareños la existencia de una comuna de peludos jipilongos en las proximidades, y después de preguntar dónde se encontraba el poblado de piojosos, se acercó a una aldea abandonada que había sido” okupada” por una piara de perroflautas, donde sin lugar a dudas, pensó, no faltarían colchoneros.

Una vez en la aldea maldita, el señorito observó asqueado cómo los perroflautas habían tenido la desfachatez de colgar por todas partes diversos trapos multicolor: banderas republicanas, jamaicanas, esteladas, ikurriñas y banderas rojiblancas -que semejaban fundas de viejos colchones- jalonaban aquellas calles, donde cohabitaban en insalubres condiciones higiénicas y entre un constante pestazo a marihuana toda una caterva de piojosos y malolientes urbanitas que deseaban encontrar la paz interior y la armonía con la Naturaleza. El Señorito Nicolasito estuvo paseando un rato por la aldea intentando disimular a duras penas su repulsa y desprecio, y a pesar de las miradas maliciosas y desconfiadas que generaban su presencia, el hecho de que llevara en ristre “La Cariñosa” y el chaleco canana repleto de cartuchos de postas disuadía a los perroflautas de intentar cualquier enfrentamiento verbal sobre disquisiciones políticas y sociales. Pero como el señorito Nicolasito cuando quiere es un encanto, no le resultó difícil ganarse la simpatía de los piojosos, al hacerles creer que su presencia en ese lugar era debida a que estaba sumido en una profunda crisis espiritual. De esta forma, enseguida se encontró compartiendo mesa, mantel, porro y kalimotxo con el líder del grupo, un perroflauta de ideología anarco comunista, conciencia ecológica, sentimiento patético y corazón rojiblanco, lo tenía todo el cabrón.

El señorito Nicolás no tardó mucho en lograr traerlo a su vera y en suscitarle la curiosidad al confesar que había descubierto la llamada de lo salvaje practicando una arte antigua y típica de estas tierras: correr el cárabo. Al lambuzo rojiblanco se le humedecieron los pestañosos, sobre todo cuando el señorito le habló acerca de conexiones espirituales con La Madre Tierra, Gaia y la puta que la parió. El interés que le despertó al lechuguino con esas chorradas improvisadas fue tal que esa misma noche se volvieron a encontrar en medio del monte con la intención de correr el cárabo, que no es otra cosa que entablar una carrera en la sierra, en mitad de la noche, con un búho; le gritas al búho y el búho te responde hasta que se llega a tal punto de conexión con el abismo y comunión con la naturaleza que uno pierde la noción de sí mismo y entra en contacto con su lado animal, o al menos eso cuenta la leyenda.

Nicolasito le aconsejó al hijueputa colchonero que se empelotara, porque desnudo la conexión espiritual con la naturaleza era mucho más intensa, y el palético comenzó su alocada carrera nocturna en pelota picada por la sierra a grito pelado, con sus “¡eh, eh!”, que eran respondidos con el “¡buhú, buhú!” del supuesto cárabo, que no era otro que Azaricius Junior imitando a la perfección el grito del ave rapaz mientras corría por el monte en paralelo al palético, a varios metros de distancia para disimular el engaño. Tras intensos minutos de frenéticas carreras y gritos en la noche repiando arriba y abajo del monte, la sapalipanda terminó cuando el palético llegó a un claro del bosque donde le esperaba el señorito Nicolás, quien le ofreció un porrito debajo de la única encina que se elevaba en tan bucólico lugar. El palético, extenuado por la experiencia pero al mismo tiempo extasiado, agradeció el detalle del Señorito y procedió a relajarse liándose el porrito. Estando sus manos ocupadas en la faena de liar el cilindrín, un nudo corredizo fue bajando lentamente por una rama de la encina hasta encajársele en el cuello, y una vez sujeta la presa, Azaricius Junior, subido en lo alto de la rama, saltó al suelo con la cuerda bien asida. Por la leyes de la física el paletico se elevó del suelo unos metros, quedando colgado mientras se agitaba intentando desprenderse del nudo corredizo. El señorito, al ver cómo disfrutaba y tenía tal maña el cabrón de su secretario, tuvo la seguranza de que no era la primera vez que practicaba un “Azarías”.

El palético no tardó en experimentar los primeros estertores de la muerte y, como suele suceder en estos casos, la fisiología y la naturaleza cumplieron su función cuando comenzó a cagarse y correrse como un becerro, de tal modo que la lefa de su minúsculo miembro erecto cayó en la tierra mezclándose con sus heces. Fue justo entonces cuando el señorito Nicolasito le gritó al secretario “afloja, afloja, so maricón, que te lo cargas”, y Azaricious Junior aflojó la presa. El palético cayó al suelo casi inconsciente, y el zambarcazo fue tan grande que el secretario aprovechó el jamacuco del piojoso para desatarle el nudo corredizo que aprisionaba el cuello y, zuteando, procedió a cortarle las dos orejas y convertirlo en alimaña suelta en el monte, que es la verdadera naturaleza de todo colchonero. Y como, según cuenta la leyenda, de la corrida de todo empalmado al ser ahorcado nace una hermosa flor de nombre belladona, el señorito Nicolasito le comentó al secretario que sería buena idea arrancarla cuando estuviese hermosa y lozana, y enviársela a la Mona Simeona para que la luzca en su injertada mata de pelopolla y así esté guapa en la próxima verbena, lista para la siguiente enculada blanca. Porque, como le recordó el señorito a su secretario, somos madridistas pero también detallistas.

Y gracias a tan agreste ritual psicomágico, a quinientos kilómetros de distancia, en la capital del Reino, el Patético de Madrid fue colgado y humillado una vez más por el mandrilismo. El señorito Nicolasito, abandonando la escena del crimen acompañado de su fiel secretario, filosofaba sobre cómo la Ley del Monte es aplicable a otros ámbitos de la vida, y sobre cómo la atracción sádica hacia los refinamientos del dolor y la crueldad que los madridistas sanamente constituidos ejercen sobre sus rivales -especialmente los patéticos colchoneros- es tan natural como la tendencia del conejo macho a devorar a sus pequeños o la de la mantis religiosa a canibalizar a su pareja durante el apareamiento.

Capítulo Quinto: Donde se hace un breve alto en el camino entre tanto tremendismo, bestialismo y escatología para repasar los libros de historia y reflexionar sobre las enormes dificultades que se le presentaban al señorito Nicolasito en su empeño por conquistar la nueva Orejona.

La Juventus esperaba en la finalísima de Cardiff, y desde luego no iba a ser un rival sencillo, porque nos la tenía jurada desde la Séptima y deseaban algo tan idiosincrásicamente italiano como la venganza. Además, la superstición y la estadística jugaban en nuestra contra. En Cardiff, el Madrid jugaría como visitante cuando precisamente sobre el estadio del Millenium pesaba la maldición por la cual, en todas las finales disputadas en el mismo, el equipo que había jugado como visitante nunca había logrado la victoria. Una maldición adicional amenazaba con impedir el triunfo blanco, precisamente la de nuestra competición favorita, que decía que ningún club conseguía ganar dos veces consecutivas la Copa de Europa en el nuevo formato. Para rematar, dos hechos vinieron a sumarse a tal cúmulo de dificultades: Por una parte, el humillante trato que los Mamporreros del Micro, como bien definió mi papá a los jugadores madridistas, dispensaron a la diosa Cibeles durante las celebraciones por la consecución de la Liga; y redondeando la desgracia, hizo su aparición el Niño del Casco con Cuernos que se Rasca la Nariz, quien una vez liberado de la perrera gracias a la buena voluntad de El Socio aprovechó la semana antes de la final para lanzar unos de sus malos farios en forma de momio apostando por la victoria mandrilista.

No eran vientos psicomágicos los que soplaban contra las velas blancas de nuestras naves, era todo un huracán, un tsunami, que amenazaba con destruir la flota vikinga cual si fuera la Armada Invencible. La Psicomagia Pertusata, transmutada en esta ocasión en Ivanismo Psicomágico, estaba obligada a emplearse a fondo, pero la historia y sus caprichos, una vez más, volverían a darme la clave. La Juventus de Turín es un club italiano que también es conocido en el resto del mundo por el apodo o sobrenombre de ‘Vecchia Signora’ (en español, ‘Vieja Señora’). En sus inicios fue un conjunto de raíces aristocráticas e influencias británicas, pero tras una grave crisis económica pasaría a estar dirigido por una de las empresas italianas más importantes, aunque se sustentara en la clase obrera. Por entonces los trabajadores del país denominaban ‘vecchios signores’ a los aristócratas y empresarios del país, por lo que con el tiempo esta expresión se utilizó para hacer referencia al club turinés. Así pues, la Juventus es el producto de una unión entre aristócratas y obreros; es decir, queridos fansistas, una mezcla indigesta de Señoritos y Azarías, una cohabitación imposible y contra natura, un engendro abominable. La Juventus es la representación de un Señoritismo de nuevo cuño que nada tiene que ver con el Señoritismo fetén de toda la vida que caracteriza al Madrid. Dos conceptos de Señoritismo se iban a enfrentar en Cardiff, y sólo el auténtico, el Madridista, debería salir victorioso. La clave psicomágica me la iba a proporcionar el apelativo con que es conocido este asqueroso club italiano: “Vecchia Signora”. Mientras los hinchas de la Juve llaman a su club de esa forma como marca de respeto, las demás hinchadas italianas se apoderaron del mote con cierta mofa, ya que en el sur de Italia, a las prostitutas con experiencia y mucha edad que con el paso del tiempo terminan siendo las ‘madamas’ y propietarias de prostíbulos se las conoce precisamente como “Vecchias Signoras”.

Capítulo Sexto: Donde se narra la visita del señorito Nicolasito al puticlub “Las Pitorras”, se describe a la madama que lo regenta, se cuenta cómo el señorito la seduce y el ritual psicomágico a la que la somete durante la Finalísima, y, por último, llegamos a la moraleja final con la que concluye la bonita historia que se ha venido contando.

El Señorito Nicolasito debía buscar desesperadamente a una vieja putona que administrara algún puticlub de la zona y, condición indispensable, que fuera de origen italiano. Así pues, ni corto ni perezoso, el Divino cambió el Land Rover por el Mercedes 500 y el chaleco canana por el traje de tres piezas y se embarcó en un recorrido turístico por los peores puticlubs extremeños con la sana intención de encontrar a la víctima perfecta para el ritual de la finalísima. En este empeño se pasó tardes, noches y madrugadas visitando los peores puticlubs de la región, lupanares perdidos en medio de la nada, entre carreteras comarcales, solares y secarrales, donde conoció a la flora y fauna que sobrevive en estos ecosistemas: furracas de regional preferente, perigallas de las más baja estofa, camioneros de palillo en boca, comerciales de abonos agrícolas, viajantes de perfumes de saldo, feriantes de tómbola y tren de la bruja, garrulos de subsidio europeo y plan PER, galgueros que cuando no cazan liebres cuelgan galgos, rumanos percudíos al rebusco de la vid y la aceituna, castúos asilvestrados que malviven del furtivismo y ganaderos con fajos de billetes en el bolsillo que harían atragantarse a una burra.

Una bochornosa tarde de cielo emborregado, el señorito Nicolás, de regreso al cortijo y perdida ya la esperanza de encontrar a su víctima, vislumbró a lontananza un Puticlub de nombre “Las Pitorras”. La señal no podía ser ignorada: el señorito no se lo pensó dos veces y entró en aquel antro de tan singular nombre perdido entre rastrojos y barbechos. Era un bar de alterne dicho por lo fino y una casa de putas hablando en plata, donde media docena de mujeres ligeras de ropa recibían con la entrepierna a puerta gayola a hombres de esos que andan con el cariño estropeado. El señorito pidió una copa y echó una visual a la mercancía humana que se vendía en semejante antro, . Justo cuando estaba a punto de mandar a tomar por culo a una puta de mirada atrabilaria, maloliente, panduerca y marroquí que no dejaba de manosearle sus divinas pelotas pelonas empolvadas de talco, escuchó de fondo a Rafaella Carrá con su pegadizo “Explota, explota, me expló- explota, explota, mi corazón. Explota, explota, me expló- explota, explota mi corazón, live, live, live, lai, qué desastre si tú te vas…”. Pero no podía ser, no había televisión ni radio funcionando, esa voz cazallera y aguargantosa con un inconfundible acento transalpino solamente podía proceder de un ser humano de género femenino o asimilado; ese vozarrón no era otro que el de “La Vieja” como la denominaban las putas que tenía a su cargo, aunque también era conocida como la Tía-Catorce, por su selecta clientela, y en sus ya muy lejanos años mozos como Donatella, como más tarde le confesó al señorito.

La Vieja era una tulipanda con cinco arrobas de carne celulítica repartidas en poco más de metroymedio, embutidas cual morcilla extremeña en un ridículo vestido adolescente de vinilo rosa que se elevaba del suelo gracias a unos zapatos de plataforma que desafiaban peligrosamente la ley de la gravedad. Presentaba en su piel una tirantez de nalga de mulo y sobredosis de rayos UVA, tenía las mejillas mofletudas y brillantes como frotadas con tocino rancio, unos ojitos porcinos, pelucón rubio platino y su papada no era una, qué va, era media docena. También carecía de humor, lo mismo que carecía de educación o de pescuezo, y físicamente, tenía todo el atractivo que pudo tener en su tiempo la mujer de Cromañón, pero era vieja, puta y lombarda; qué más podía pedir el señorito. Y entre chato y chato, entre pitillo y pitillo, con harte y tolondongo, el señorito Nicolás se fue camelando a La Vieja Putona, que se daba unos aires de grandeza que no venían a cuento y que no paraba de hablar con su macarrónico acento italiano sobre mil estupideces, como su supuesto y lejano parentesco con los Agnelli o el irracional odio que sentía hacia a los animales, en particular hacia los perros.

El señorito, medio mareado por tanta verborrea sin sentido, no tardó en cortar por lo sano y proponerle continuar el palique en el Cortijo Pertusato el día de la finalísima. Al escuchar la propuesta del señorito, a la madama el coño se le hizo pesicola, y dicho y hecho, ese sábado al mediodía el señorito Nicolasito agasajó a la Vieja Putona con un suculento almuerzo a base de delicatessens extremeñas, cuyo primer plato era un estofado de zuritas peladas, cómo no, por las meadas manos de su secretario; ni que decir tiene que el señorito no lo probó porque es guarrería y además mariconada. Después de los cafés, los licores y el purito de rigor, para hacer tiempo y digestión, se llevó a la sandungona de paseo por la dehesa para continuar la parlanga y enseñarle las propiedades pertusatas, mientras no paraba de engamonitarla con su labia. Más tarde bajo la sombra de una encina, el señorito Nicolasito le confesó sus quereles, que estaba emburrachau de sus carnes morenas y berrinchoncho por hacerle el amor al estilo perruno, proposición esta que no sorprendió ni escandalizó lo más mínimo a la madama, porque como buena puta, vieja, y sobre todo mujer, ya sabía lo que el hombre espera sin haberlo aprendido.

Así, justo cuando el árbitro pitaba el comienzo de la final de la Copa de Europa en Cardiff, donde los señoritos advenedizos que quieren pero no pueden se enfrentaban a los señoritos fetén que quieren y pueden, la Vieja Putona se encontraba en el suelo del salón del Cortijo Pertusato totalmente desnuda a cuatro patas haciendo de perra. Tan sólo una túnica de seda de franjas blanquinegras cubría sus orondas y celulíticas carnes, con un collar de can grande de clavos de plata y mechones de crin fuertemente abrochado a la nuca y una cadena corta que lo sujetaba a una argolla trincada en el suelo, de tal guisa que la Vieja Putona no podía ponerse de pie ni escapar. El señorito Nicolasito comenzó a excitar a la putona transalpina con las palabras sucias de su florido verbo, y terminado el recital de poesía Azaricius Junior apareció en escena con una talega en sus manos, en cuyo interior no paraba de manosear un polvillo negro de nauseabundo olor que, por un módico precio, el Mago del Almendral se había encargado de elaborar a base de secreciones de perra en celo, secas y pulverizadas; un polvillo oscuro, parecido al rapé, que atrae a los perros.

El señorito Nicolasito se acercó a su secretario y le susurró algo al oído. Azaricious Junior asintió con la cabezota, y con su sonrisa boba y la boina ladeada se aproximó a la Vieja Putona acariciándole dulcemente los lomos, como se le hace a las cabras cuando se desea que levanten la cola para ofrecer el conducto que la naturaleza consagró por excelencia a las prácticas bestiales. Después de pasarle la mano entre la rahaúra y el buhero del bullate, con mucho cuidado de que no se le cayera tomó un pellizco del polvo entre sus dedos -que más que dedos parecían un muestrario de pollas- y lo introdujo en el arrugado pavo depilado, untando también los marchitos labios del coño, y secándose después sus agrietadas manos en las fofas nalgas de la vieja señora cuadrúpeda. Acto seguido llevándose los dedos a la boca emitió un silbido, tras el cual acudió corriendo “Rolando”, uno de sus mastines loberos, cuyo pelaje negro había sido completamente teñido con un spray para perros de color morado fosforito, idéntico al color del uniforme que los jugadores del Madrid lucían en la final.

El mastín lobero, medio alelado por el olor que desprendía el spray púrpura profundo de su pelaje, se detuvo en mitad del salón y olfateó el ambiente mientras un hilo de baba le caía del hocico. En cuanto olisqueó las espolvoreadas partes íntimas de la Vecchia Signora, se le puso rígido el espolón, el glande brotó rojo pasión de su peluda funda y se lanzó sobre ella, culeándola a un ritmo frenético que ciertamente ni un solo fansista, por muy maricón que sea (y lo sois y lo sabéis) habría soportado, pero sin lograr la penetración no obstante. El Señorito Nicolasito, viendo que los intentos del animal no conseguían su objetivo, de la misma forma que los jugadores madridistas no encontraban la forma de perforar la meta juventina, estalló en cólera, y como buen señorito que es, al grito de “¡haz algo, so maricón!”, instó a que Azaricius Junior tomara el enorme adminículo del mastín lobero y lo guiara hasta la rahaúra de la Vieja Putona, en la que penetró, clac, al primer intento, como cuchara en tripa de perdiz. El mastín lobero cabalgó vigorosamente, ahora sí, sobre la Vecchia Signora, zaleándole rahaúra y bullate, bullate y rahaúra, hasta la corrida final, mientras un desagradable olor a perrera y feromonas inundaba la estancia, y Azaricious Junior, riendo como un perturbado y huleando al mastín lobero por la piel del cuello con terribles sacudidas, lo desenganchó del chochamen de la Vieja Putona, que follada, ehcuaharingadas sus partes íntimas y medio estrangulada por el collar que la retenía, no paraba de aullar entre la agonía y el éxtasis.

Azaricious Junior, zugando de una bota de vino, rascándose las pelotas y realizando ancestrales patamoñas, obedeció de nuevo al señorito Nicosalito y trajo al otro mastín lobero, “Cachimiro”, mayor y mucho más brusco que su congénere, y como éste también de púrpura teñido de la cabeza a las patas, con los colmillos de un blanco resplandeciente y encías, lengua y verga del mismo tono rojo que las heces tras una borrachera de vino tinto. El siniestro mastín lobero, excitado por el pestazo a feromonas y con la verga tiesa hormigueando, se fue en dirección a la vieja señora, y no sin alguna resistencia logró ensartar su minga perruna en el ajado bullate. La fuerza de sus embestidas era tal que hubiese acabado con el culo de cualquier oveja merina, que según Azaricious Junior son los más coriáceos, y la Vecchia Signora, como una perra a cuatro patas, no paraba de soltar aullidos y alaridos mientras era enculada; pero a pesar de la humillante follada, en el rostro de la madama se vislumbraba una extraña expresión entre triunfal y extraviada, porque realmente no hay nada más hermoso que por el mandrilismo ser sodomizada, como bien lo comprobó la Juventus en Cardiff.

Y como broche final a la jodienda perruna, y para celebrar una nueva victoria de la Gloria Blanca, el señorito Nicolasito, al grito de “¡vamos, maricones!” ordenó entrar al resto de la familia del secretario para que tocaran el tema de “Los santos Inocentes” con tamboriles, pandereta, cascabeles, almirez y botella de anís. Azaricious Junior, excitado por el olor a sexo y perrera y por el atávico sonido de los rudimentarios instrumentos aporreados por su endogámica parentela de garrulos y retrasados mentales, no paraba de bailar el redoble-redoble-vuelvo-a-redoblá, gritando “¡Quía-Quía-Quía!” entre ladridos de perros, primitivas percusiones y gemidos transalpinos. Mientras tanto, a muchos kilómetros de distancia, en otra tierra de garrulismo y superstición, los Mandriles Blancos, después de follar, sodomizar y humillar a la Vecchia Signora, conquistaron la nueva, flamante y resplandeciente Copa de Europa, la Decimosegunda.

Y el señorito Nicolasito, contemplando cómo al final todo terminaba por enlazarse psicomágicamente, ataviado con el batín de seda de su amado padre, el General Custer, con una copa de coñac en su mano izquierda y un puro en la derecha, ivaneando decía para sí mismo: “QUÉ BONITO ES SER SEÑORITO Y QUÉ BONITO ES SER MADRIDISTA”.


Escrito de su puño y polla por Nicholas Von Rothbart Pertusato, hijo de Custer.
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Mandriladas de verano

– Ceballos: Que dicen que se viene. A mí me parece bien, aunque no tenga sitio en el equipo ni de coña. ¿Por qué? Porque podemos, y porque es barato. Llegados a este punto en que estamos ahítos de éxito, ya sólo nos queda acumular lujos y presumir. 15 milloncejos son una buena excusa para una compra impulsiva, y podemos ponerlo en Copa o argo.

Por cierto, ¿Bluffdollaruma? En el vídeo podéis ver los goles que le metieron ayer; yo sinceramente creo que no es tan malo. ¿Acaso tiene la culpa de estar en un equipo de bluffazos que ya no saben ni hacer el típico catenaccio? No, amigos, cuando venga aquí será un coloso, porque jugará entre gente seria.

– Qué cabrón el puto Slaughter. Se pasó varios años declarando su “hamor” al Madrid, cuando salió no dejó de hacernos guiñitos por tuíter y ahora va y nos echa el marrón de su pasaporte Coconut falso. ¿Mi opinión? Que nos está utilizando para salvar su negro culo. Además, si tanto nos quería, habría callado por nosotros aun si estuviéramos en falta. Menudo sapo soplón acusica, ojalá le claven un gato muerto en la puerta de su casa.

Si alguna vez os habéis preguntado qué tiene tatuado Tita Kroos, son florecitas. Esto me ha desconcertado, porque hasta donde sé existen tres tipos de tatuajes: los que sirven parece hacerte el duro/malote, los originales/espirituales (por ejemplo, el carácter chino para “gilipollas”, aunque tú hayas pedido el de “tigre”) y los religiosos/familiares. Este de las flores no entra en ninguna de esas categorías, así que quizá se lo hizo borracho. Ah, no me dicen mis fuentes que en el anverso tiene el jeto de su hijo con un gorro de paja y un reloj encima. Y en el otro brazo lleva el apelativo de su hija (Amelie, nombre alemán de toda la vida), y dos años, correspondientes a sus dos vástagos. Bueno, igual la explicación a todo es que es un paleto y un hortera.

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