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Entrevista de un lector virtual a Hughes (profundización en el arte contorsionista de la automamada)

Por petición popular.

LV: Hola, Hughes, encantado de poder entrevistarte.

H: Hola, lector, mi semejante, mi hermano

LV: ¿Qué tal? ¿Cómo llevas este quinto aniversario del blog que te vio nacer como estrella de internet?

H: Bueno, a decir verdad, lo llevo con absoluta indiferencia, ajeno a la necesidad tan sospechosa de darse bombo. Digamos que no participo de la efeméride. Seamos más claros: digamos que no la reconozco.

LV: ¿No la reconoce?

H: No.

LV: ¿A qué se refiere?

H: De pronto has sentido la necesidad de hablarme de usted?

LV: disculpa, es la admiración.

H: Tutéame, por favor, ya te he dicho que estamos entre amigos. En cuanto a lo otro… mira, el socio es Padrós y yo soy Bernabéu. El blog se funda el día en que yo recalo aquí. Lo otro es tiniebla. Un soliloquio del socio con Dani tocando palmas.

LV: ¿Hughes, de tas cuenta de hasta qué punto eres soberbio?

H: La soberbia es la sinceridad del brillante.

LV: Anda que…

H: Perdón, ¿qué has dicho?

LV: Nada, nada… te preguntaba por tus inicios en el blog.

H: Recalé a través de un enlace de antibarcelona.com. Eso sí, no sabría decir qué vericuetos me llevaron a esa página.

LV: ¿Qué recuerdas del principio?

H: Recuerdo que en el tono del socio había una personalidad marcada. Un tono bajo, he de decir, de bajo, con destellos irónicos y con una tendencia a caer en la irrisión o en la causticidad. Yo, sin embargo, llegaba quemado, después de años de madridismo enmudecido. Digamos que sentí -y eso es algo que luego he dejado de sentir, a medida que el socio ha limado su estilo- que era un buen sitio para hablar.

LV: Tus primeras intervenciones no eran demasiado brillantes…

H: Sí, es cierto, pero eran únicas en su género

LV: ¿Únicas?

H: Sí, mis intervenciones eran un grito de madridismo. En mi grito, mis primeras intervenciones, se simbolizaba un madridismo joven, culto, mediterráneo, periférico, heterodoxo, apasionado, modernísimo que jamás había hablado. Yo inauguro el madridismo en la red, porque lo de antes era carcundia. Carcundia y más carcundia.

LV: ¿No reconoces la labor de nadie antes?

H: Sí, a decir verdad he de valorar positivamente algunos textos. No me gusta el personaje, pero Hernáez escribió algunas cosas en la revista del club en tiempos de Tenerife que eran libertarias. Recuerdo con agrado a Carlos Toro, cierta iconoclastia catalana de Guasch y poco más. El levantinismo me ayudó en eso. La experiencia levantinista, vivida por mí de manera tangencial, me ayudó a algo muy curioso: despertar al madridismo como a algo alternativo. Mezclo en mí lo hegemónico del Madrid, hiperlegitimado, con la rebeldía cargada de razón de un levantinista. Pero en la red he de valorar a Buitre Buitaker, un individuo que escribía cosas en antibarcelona.com y que es, en cierto modo, precursor de mi tarea. Su implacable sentido contestatario, su ramalazo de lucidez se veia, no obstante, lastrado por un antibarcelonismo aberrante.

LV: ¿Aberrante?

H: sí, por supuesto. Ese antibarcelonismo es incomprensible antes de Tenerife. Ese antibarcelonismo, del que yo he participado, es producto directo del trauma, nunca suficientemente estudiado, de Tenerife.

LV: ¿Tanta importancia le das?

H: Sí, porque Tenerife acaba con la confianza del Madrid. Marca con un hierro perdedor (y nunca mejor dicho) a una generación que nace al Madrid con el boom de la quinta y de la tele privada. Tenerife hizo mucho daño. Además, con eso nace también una cierta tendencia a la impunidad culé. Como al abusón al que se le deja ganar terreno, el barcelonismo se hace fuerte entonces.

LV: me sorprende que dejes de comentar a Julio César Iglesias…

H: Es verdad. Pero es que eso es otra cosa. Mi lectura de prensa deportiva está marcada por mi época de lector devoto de EL PAÍS. Julio César, Segurola, incluso gente como Arribas me enseñaron un periodismo de mayor nivel. He de mencionar las columnas cargadasde misterio de Salaner, o a Trecet, al que siempre adoré. Siempre he pensado que, como todo en la vida, el misterio es fundamental en el periodismo deportivo.

LV: ¿El misterio? ¿Puedes explicar eso?

H. Sí, claro. Para mí el misterio en la prensa deportiva se resume en esa coletilla de Trecet: «Y ese tipo de cuestiones…» con la que zanjaba ciertas digresiones, sin acotarlas, sin cerrarlas. Alguien pudiera pensar que en eso había una chapucería verbal, pero no. Mira, en primer lugar, yo siempre he recelado de la elocuencia. Butano, por ejemplo, era el genio de la elocuencia. Decía disparates pero los decía redondos, conclusivos, musicales. Trecet no. Trecet, que es un poco el Aberasturi del deporte, dejaba las frases y los sentidos deshilachados, abiertos. Esa cualidad la encontraba también en Salaner. De hecho, Salaner, con un pseudónimo, es precursor del nick…

LV: Te apasiona hablar de esto…

H: Claro. Mi infancia y juventud están marcadas por la fascinación por el deporte. El deporte ha sido la épica de mi infancia sin castillos. Yo fui un niño sin imaginación, realista. Un niño unamuniano, lucidísimo, muy español -en el mejor sentido de la españolidad-, que jamás soñó con aventuras. Los ídolos de mi primera infancia eran unos nibelungos muy particulares: los jugadoresde la selección alemana. De hecho, mi primer héroe fue Pierre Litsbarsky.

LV: ¿Litsbarsky?

H: Sí, qué jugador… yo de niño iba siempre con los alemanes. Mi selección era la alemana. Jamás he sentido una implicación sentimental con lo que ahora llaman «la roja». Vagamente recuerdo Malta, los doce goles, como un grito y un sofá roto por mis padres. Querétaro. La noche electoral del Buitre, el gol de Alfonso, quizás… mi gran recuerdo ligado a la selección fue el mundial de Italia, pero yo iba con España porque en ella estaban mis dos jugadores predilectos: Míchel y Rafa Martín Vázquez.

LV: Siempre has hablado de ellos.

H: Sí, claro, porque han sido lo mejor que he visto. El gran buitre me pilla muy crio, también el mejor Sanchís, el del 88-89. Yo me aficiono con locura justo ahí, y en esos meses son Míchel y Rafa los más grandes. Sostengo que Rafa Martín Vázquez en el año 1990 era el mejor jugador del mundo. La potencia, disparo, regate, verticalidad de ese jugador eran asombrosas. Nunca he visto un jugador español así. Fue fugaz, eso sí.

LV: ¿Y Míchel?

H: Míchel fue mi ídolo absoluto. Era un rebelde, un jugador respondón. Ahora los lelos del blog se rien con el «me lo merezco», pero a mí su grito a la tribuna de prensa me hizo llorar. Le habían tratado mal, muy duramente, y Míchel, que era todo orgullo y raza tuvo la torería de encararse y levantando el dedo dedicarse esos goles. Ha sido la celebración de un gol más hermosa que he visto, y me siento muy decepcionado por cómo ha cambiado la relación de Míchel con la prensa. El jugador arisco, agrio, independiente, se ha convertido en un entrenador solícito, con el obligado periodo de transición como comentarista.

LV: ¿Qué recuerdos tienes del Madrid?

H: he de decir que yo no nací merengue. El ambiente en casa era proclive, porque como en casi todos los hogares decentes de la España prezapatero, al Madrid se le miraba con cariño y respeto. Pero no había inclinaciones futboleras y debo decir que mis primeras simpatias fueron incluso culés. Admiraba mucho a Steve Archibald, del que aún recuerdo un maravilloso gol contra la Juve. Archibald y la marca meyba son recuerdos premadridistas, de un culerismo felizmente abortado. Yo estaba obsesionado con la marca meyba; de hecho, fue mi primera obsesión marquista, mucho antes de la adolescencia. El traje del Barcelona ejercía por ello algún tipo de fascinación en mí.

LV: ¿Me estás diciendo que de niño fuiste culé?

H: Bueno, diría que fui un niño recalcitrante y excéntrico y que huía instintivamente de todo lo ibérico. Fui germanófilo y ya digo que, como preso de una pasión aleixandrina por lo rubio, admiré a Archibald.

LV: ¿Y cuándo aparece el Madrid?

H: El Madrid me gana, el Madrid se me mete por los ojos. Lo primero que recuerdo es la arena perimetral del estadio. Si fuerzo mi memoria recuerdo el primer clásico de mi vida, el primero del que tengo memoria, caminando yo por la calle Colón de la mano de mis padres, con el ambiente previo, dejándome llevar por lo que yo interpreto ahora como un atisbo de culerismo. En esa dualidd ambiental a la que España aboca con los derbis, creo que mi sensibilidad era nacientemente culé. La decantación de mis simpatias se inclinaban hacia lo distinto, rebelde, pujante. El Madrid era, según quiero entender, demasiado institucional para un niño como yo. Pero claro, es que yo de niño tenía la madurez y la inteligencia de los universitarios de ahora, de modo que pasé mi sarampión culé aún antes de tener sentido común.

LV: Ahondemos en los primeros recuerdos madridistas. ¿Eres capaz de seguir por ahí sin apabullarnos con sentimentalismos?

H: Creo que sí, lo intentaré. El fútbol me aburre desde hace tiempo y ya casi nada me emociona, de vuelta como estoy de todo, viejo y cansado ya a mis años. Pero te diré una cosa… el otro día vi un trocito de Estudio Estadio. El programa no tiene nada de especial. Un refrito de todo lo anterior. Poco humor, ese tono melindroso y cansado de los periodistas deportivos de ahora, alfeñiques con gafas, con torsos hundidos, aspectos deprimentes, gente muy particular; pero me desvío, y prefiero seguir desviándome: siempre consideré anómalo que Estudio Estadio fuese arrinconado a la dos, al UHF. La doménica sportiva, el gol a gol, el carrusel, pero ¿y Estudio Estadio? Ese programa marcó mi vida madridista y fui muy feliz cuando el otro día, al acabar, descubrí que la sintonia clásica era recuperada: taaaa, tatatataaaaa, tatatatataaaa, tatatata, tirori rori rori, tirorori rori rori… para mí esa sintonía está ligada a la vieja telvisión: a Rodríguez de la Fuente, a Otros Pueblos, a Informe Semanal… Y debo decir una cosa: Estudio Estadio participaba del laconismo de la mejor escuela británica. Poca palabras, cierta objetividad y la única libertad de la viñeta, del humor gráfico como retrato cómico antes del resumen. Esas viñetas dibujaban parodiando las mil posibilidades que ofrecía la tabla. Las alturas nevadas del liderato, el decenso abismal de la cola de la clasificación. Un fútbol con positivos y negativos, con el ritmo de la quiniela. El estilo de los resúmenes era un poco documental. Cámaras muy fijas, que intentaban captar una buena parte del frente de ataque. Comentarios descriptivos, a veces con tendencia a lo telegráfico, o, en función de la sensibilidad del periodista, con alardes liricoides. La vieja escuela de la épica de Matías Prats permanecia todavía en esos comentaristas tímidos que se permitian un borceguí, un balompédico de vez en cuando.

Resalto la importancia de Estudio Estadio porque era lo que ahora es imposible ver: la transmisión, la retransmisión del espectáculo deportivo, tal cual era. Yo, que ya digo que sentía inclinaciones distintas, me enamoré del equipo aun contra mi voluntad y lo hice con el entusiasmante juego de la Quinta, pero con algo más: con el aspecto de Chamartín los domingos a las cinco, con el sol bañando parte del rectángulo, en ese estadio previo a la remodelación mancebil, tal como quedó tras el Mundial, con su visera y sus dos marcadores electrónicos y esas dos torres feústicas en la grada alta. Pero era el estadio, la luz, las camisetas, la coreografia perfecta de ese equipo, junto con el respeto y la unción en los comentarios. Entonces hizo chispa en mí, prendió, la fascinacion por la camiseta, eso que, citando a Agnelli, hace que sólo me baste ver salir a los chicos vestidos de blanco para ser feliz. Pero he de insistir en la importancia del respeto, de las palabras y el tono utilizado. Al Madrid se le respetaba y la inteligencia y la sensibilidad del espectador eran igualmente consideradas. Existia aún un respeto enorme por el silencio. La televisión todavía mostraba silencios. Dios sabe lo importantes que son en todo acto de comunicación. En esos silencios se filtraba el ruido del Estadio, tan distinto al de ahora. Como tantos niños de la España de entonces, yo viví los estadios por la tele y aún recuerdo con horror el año en que las cámaras del Bernabéu se subieron a lo más alto. ¡Habían cambiado mi perspectiva del fútbol!

LV: ¿Cómo recuerdas a José Ángel de la Casa?

H: Pues mira, como alguien a quien jamás detesté y eso tiene un mérito enorme. Pasarse toda una vida narrando partidos y no irritar a nadie, eso es un mérito enorme. Ese hombre, como alguno más de entonces, tenía un acendrado sentido de lo público, de su condición casi funcionarial de servidor público… ¿Sabes qué? que me doy cuenta de hasta qué punto mi visión del fútbol y la vida es deudora de esa España un poco posterior a la transición. La España terrible del GAL, de la corrupción, de ETA, pero también de aquella en que la izquierda recoge para malversarla la herencia de principios del centro político y la transición. Ese regeneracionismo de la transición, que se ha quedado en nada, y que aunaba la solidez enteriza del franquismo, de una sociedad entera, asentada, disciplinada, con la gozosa libertad, con su estallido… es algo perdido, y cuánto de eso había en el fútbol de entonces. Todo iría desapareciendo, claro está. La vieja sobriedad. El fuerte sabor de los antiguos estadios, la pluralidad de razas futbolísticas, la riqueza de estilos, tradiciones, la simpleza de los futbolistas; la educada singularidad de los delanteros, la cercanía incluso de sus tipos físicos, la ridiculez esmirriada de algunos jugadores, tan cercana a nosotros. Si uno piensa en esas retransmisiones, en los tiempos de la tele pública, debe añorar por fuerza esos años, con todo lo malo, con el populacherío, la desfachatez del Butano, por ejemplo, que era tan residualmente franquista.

LV: Tocas el tema de García, clave, ¿verdad?

H: Absolutamente. La historia de la narración deportiva es la historia de la gran atomización, la relajación y la debilitación de dos o tres discursos fuertes, uno de ellos, sobre todo, sobre todos, el de García. Pero para hablar de García necesitariamos horas y horas de entrevistas y, además, yo quiero remarcar, quiero dejar muy claro que mi pasión por el fútbol, mi pasión por los medios de comunicación y mi madridismo son herederos de una secuela, de la mejor secuela de la transición. Que sin el ambiente de hermosura visual, de pulcro respeto, de tradición, de mezcla de ruptura y continuidad que sin ese entorno, sin esa influencia ambiental no hubiera sido posible. Encuentro imposible sentir la misma pasión en la actualidad. ¡Qué importante era el misterio! El fútbol era un cuarto de hora los domingos, la radio nocturna y, en verano, junto a la piscina o el bar, la lectura ilusionada de las portadas de Marca. Las primeras ampollas, la distribución de las habitaciones, las declaraciones de los futbolistas, que uno entonces leía asombrado, como un compendio de voluntad y claridad: «Ganaremos la liga», leía y me fascinaba la determinación heroica del delantero. Todos los tópicos del verano futbolero, cuando ver una final del Teresa Herrera era como beberte una botella en medio del desierto.

LV: ¿Tiene sentido hablar de la transición para refertirte al fútbol?

H: claro que sí, cenutrio, claro que sí. Los hombres que hemos superado ya los treinta años somos el producto más o menos ridículo de eso, somos como la resaca de la ola de la transición y si miles de nosotros añoramos los sábados matinales de la bola de cristal, como ese trozo tolerado de movida que nos enseñaban los mayores, ¡cómo no echar de menos el viejo Estudio Estadio y el fútbol de Pablo Porta! Y en eso, en todo eso había tanto de lo viejo como de lo nuevo, y en la novedad había timidez y recato, y España no era aún el chiringuito estridente lleno de horteras que es ahora.

LV: Hughes, lo tuyo parecen las memorias de Adriano.

H: Lo siento, lector, pero es que la entrevista me hace sentir cómodo. ¡Habitan en mí multitudes socráticas! Si no tengo a nadie con quien dialogar de estas cosas… ¿no será mejor que tú y yo nos demoremos en ella?

LV: Así sea, Hughes, así sea. ¿Sabes que me he quedado pensando en lo del meyba?
H: ¡Hombre, es que los meyba fueron importantísimos! Aün hoy ciertos señores mayores van a la tienda y piden un meyba. Fíjate si será importante la marca que a mí casi me hizo culé y creo que me hizo de derechas, porque para mí un hombre en bañador será siempre Fraga en meyba. Fraga en meyba, su silueta de sireno derechista con flotador, adentrándose en las aguas, era la misma silueta de mi padre y antes de mi abuela, y espero que acabe siendo la mía. Habré sido un buen hombre si, llegada cierta edad, avanzo pesadamente hacia el interior de las aguas con brazadas cansadas, silueta de Bismarck y mi meyba clásico recorriendo elástico y discreto mi perímeto abdominal. Y es que meyba es el diseño y la próbida labor del empresariado catalán y es, ¡cómo no! parte de esa España excepcional. Ah, los meybas, como las Bultacos o los Seats… pero no nos olvidemos: los meybas, el meyba, era el clasicismo del hombre de entonces, era todo lo lejos que podía ir un caballero, era lo más parecido al estilo británico que podía encontrarse en España. Y la fusión de la marca y el Barcelona era potentísima, tanto, aunque a un nivel puramente español, como la que unía a Nike con los Bulls. En esa unión de logos y marcas había una fuerza enorme, de imagen y de sentido. Y ese Barcelona, secundario, errático, pujante, rico, pero un poco trágico, se asociaba a la elegancia del meyba, al diseño y al talento mercantil catalán.

LV: ¿Llevarás meyba este verano?

H: Te puedo asegurar que llevaré lo más parecido que puedas a encontrar a un meyba.

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Reflexiones pintadistas

Por Hughes

En la web del club venía ayer una noticia sobre la reforma estatutaria del Real Madrid. Alguien implicado en su elaboración resumía sus características principales. Introducía una serie de palabros interesantes: los palabros democracia, transparencia y modernidad. Palabros llenos de sentido, pero inusuales en un mundo como el deporte. Mi post «Búlgaros», mi fallido post de despedida, adquiría, de pronto, cierta oportunidad, porque suenan tan raras, tan impropias las constantes alusiones a lo democrátrico en nuestro Madrid…

Partía yo de situar ese rasgo en el tiempo. La ley deportiva del 80 y los posteriores reglamentos adaptaban las organizaciones futboleras al precepto constitucional del funcionamiento democrático. Antes, el fútbol español era puro y duro caudillismo. Bernabéu destaca sobre todos. Después, todo fue muy irregular. En el Madrid, Saporta elegía a Luis de Carlos, en nuestra particular transición no-del-todo-democrática. El resto de clubes muy pronto abandonaría esa «razón democrática» para adoptar formas mercantiles, pero el Madrid, como el Barcelona, se condenaban a formas organizativas anacrónicas, al menos en teoría.

Pienso que también esos clubes han sufrido una evolución. El Barcelona, que fue antes y desde el principio más democrático, más meticulosamente democrático, creo que ha sido el primer club que con l’elefant blau ha tenido oposición permanente. El Madrid, de otra forma, creo que también va a evolucionar, y si no, ahí está la sensacional moción de censura en los nuevos estatutos. Del uno se dijo que era más que un club, del otro un estado dentro de un estado. Hay algo extradeportivo, cuasipolítico en esos clubes que, quizás en consonancia, se gobiernan como híbridos.

Yo tengo la impresión de que la reforma estatutaria es inevitable, incoherente, insuficiente y equivocada. Inevitable porque ahonda y profundiza en los comportamientos democráticos, algo que, como sabemos todos, impone la constitución, la pujanza de los medios y el signo de los tiempos. Incoherente porque, en palabras de uno de sus responsables, trata de aumentar la democracia interna pero también la eficiencia del club; me pregunto: ¿es eso posible? ¿Se puede ser más eficiente y padecer ciclos electorales? Las elecciones generan también en el fútbol esos modelos de evolución del gasto propios de los ciclos políticos: grandes inversiones a medida que se acercan las votaciones. Aquí, probablemente, es el año siguiente el que supone un gran desembolso. Las elecciones acaban funcionando como un pláceme de la masa social para acometer inversiones millonarias -con las que se drena, a su vez, la economía del fútbol español, de forma que el circo electoral madridista tiene algo de impulsor del fútbol español en su conjunto-.

Digo también que es insuficiente porque se sigue quedando en las tres castas de siempre: socio, compromisario y directivo. Ahonda en la democratización pero no se atreve a ampliar el poder de decisión más allá de los socios. ¿Qué hacemos con el medio millón de aficionados censados? ¿Por qué no nos atrevemos a ampliar el ámbito de decisión de una vez por todas fuera de lo territorial? Insuficiente porque olvida también la universalidad del club y las posibilidades de decisión por internet, frente al poder opaco de los compromisarios, con ese algo castizo, localista, garrapiñado, concentradísimo, manipulable que dejan siempre. Nos democratizamos, sí, pero poco.

Por último, me atrevo a decir que es equivocada y lo digo porque creo que hace evolucionar al club mucho y decididamente por una senda inexplorada, salvo por el Barcelona, que me parece nos lleva hacia territorios absurdos. Antes que esta profundización democrática, mejor sería abocarnos a la SAD, al mercantilismo, o refugiarnos en lo que había antes, ¿Y qué es lo que había antes? Pues una forma de gobierno puramente aristocrático. Una sucesión, la de Bernabéu a De Carlos, decidida por Saporta, dentro de la propia junta. La misma que Florentino planeó con Martín o quizás después con Villar Mir. La transmisión del cetro madridista al margen de las urnas, por el contacto de las élites en la junta y la confianza en los valores personales. De hecho, creo que la cadena debería haber sido Bernabéu-De Carlos-Ussía-Florentino-Mir-Martín y que Mendoza la rompe y Calderón vuelve a hacerlo tras la restauración de Florentino I, el neoclásico. Mendoza y Calderón salen ambos de juntas modélicas, un poco traidores –Mancebo, el otro gran populista enemigo del aristocratismo fue, sin duda, el gran traidor del madridismo: el amotinado, Brutus Mancebus-. Los dos encantadores, jóvenes, dinámicos, con un aire renovador. No olvidemos que Calderón tuvo en su junta al hijo de Mendoza, mientras que Villar Mir, que contaba con las bendiciones del florentinismo -o mejor dicho: Villar Mir, que era el único que asumía su legado-, se presentaba con un familiar de don Luis de Carlos. Mendoza rompe la cadena e introduce la barbarie madridista, que culminará en los años exasperados de Sanz Mancebo, el Mancebismo, donde ya no hay aristocratismo sino puro nepotismo -Mancebo quiso establecer en el baloncesto la dinastía mancebil, no lo olvidemos-. De esa ruptura nos rescató Florentino, pero Calderón es otro hiato en la historia madridista. Su victoria supuso cierta rehabilitación personal de Mancebo mientras Florentino era abucheado y amenazado al ir a votar. La rebelión de los gañanes.

Mientras que Villar mantuvo siempre un cierto pudor en el discurso, Calderón se lanzó por los toboganes de la demagogia y de la retórica más bananera. No sólo él, recordábamos también a Palacios, el relojero de Camacho, que en un programa deportivo realizó el más directo ataque al aristocratismo al reprochar a Mir el ser «un superhombre». Él era, simplemente, «un tipo normal», uno más, de la misma forma que Calderón era un «hombre del pueblo» que quería recuperar el palco para los socios de a pie, arrancarlo de las garras de la élite. Así, su campaña incidió en esa demagogia populachera, en abrir el palco, en los abonos gratis o más baratos, en la sentimentalización del socio, en pasarle la mano por el lomo, en infantilizarlo y, finalmente, en la limpieza del voto por correo, y, palabras textuales, «el deseo de que el Madrid presente un comportamiento acorde con una democracia moderna (sic)».

Los honorables madridistas que se han prestado a esta reforma estatutaria quizás no lo sepan, pero legitiman un poco el estropicio electoral de Calderón. La introducción de la moción de censura parece caminar en la línea de todos sus discursos y de ese golpe electoral que fue la denuncia del voto por correo. La toma de poder disfrazada de democratización. Validan así el camino emprendido por Calderón, en beneficio propio y en contra del club, porque el voto por correo, su control, era un mecanismo utilísimo con el que el Madrid burlaba las exigencias democráticas de los nuevos tiempos; con el que se cerraba a sí mismo o se clausuraba un poco y, precariamente, mantenía su tradición, sus particularidades. La transmisión del poder de don Santiago, muerto, hacia Luis de Carlos, por vía de Saporta, es para mí la manera en la que debería funcionar el club. No era democrática, ni falta que hacía. El testigo de un cansado Florentino pasando a manos de Martín o, después, de Villar Mir. Aunque parezca lo contrario, esta manera de gobierno, un gob

ierno de los pocos, de los mejores, de los más capaces, no excluía la posibilidad de un nuevo Bernabéu, cosa que los nuevos estatutos eliminan de cuajo. Nadie que no pueda invertir en marketing electoral, asumir un enorme riesgo personal o, por otro lado, hipotecarse a intereses de oscuros financiadores, podrá ser presidente.

La democratización del club lo abre a la prensa, a un ciclo electoral, lo somete a crisis periódicas, a una inestabilidad crónica. Si en otros clubes los ciclos los marcan los futbolistas, en el Madrid cada vez más es cosa de arreones presidencialistas. La planificación deportiva parte, no de un impulso gerencial, sino presidencial. Hay amateurismo y luego algo que para mí es peor: la pérdida de ciertos viejos valores. La pérdida de un carácter.

La SA tiene un fuerte componente teleológico, un propósito marcado de contribuir a la realización del beneficio, de la ganancia. Las sociedades como el Madrid tienen objetos más difusos, más vagos, de corte un poco filantrópico, y se centran en la propia pervivencia de la sociedad, en la propia cosa común, en un acervo. Los socios capitalistas aportan, los otros disfrutan. Hay en ellos propiedad pero también son clientes que disfrutan de un espectáculo. Hay algo poco agresivo, conservador, difuso. Los propios estatutos del club definen su objeto como «el fomento y la práctica de los deportes». Pero hay otra cosa. Una organización no lucrativa de miles y miles de personas, con una fidelización que alcanza, como mínimo, a medio millón de individuos,d es una comunidad, una organización, una civis, una polis, que tiene por elemento relacional no el ánimo de lucro, sino el madridismo. Eso que los aficionados definimos como un sentimiento. Lo que relaciona a los miembros de esta comunidad, lo que por tanto hace el papel de la ética en esta comunidad, es el madridismo. Algo que nunca ha sido identitario como en el Barcelona, ni territorial, sino un conjunto de valores, algo en lo que Florentino incidía obsesivamente. Y el madridismo, creo yo, es lo que precisamente anda en crisis. El madridismo es incuestionable si lo entendemos como la mera filiación a unos colores; pero el madridismo era más, era también el señorío, la distinción, la vieja hidalguía, la caballerosidad, una determinada manera de ser. Uno entra en la web, uno ve los mensajes del club y encuentra cosas muy loables, pero nuevas: el ecologismo, la transparencia, la solidaridad, la democracia –y no olvidemos la exaltación totalmente novedosa del fútbol espectáculo, cuando antes sólo habia victoria, lucha, respeto y si acaso cierta piedad por el rival-. Bien, muy bien, pero no era eso. El madridismo como forma de ser era algo que se transmitía, como un tipo humano, social. Creo que ese madridismo vive, pero como una reliquia o, mejor, como una especie en vías de extinción. Calderón y su junta son lo contrario. Es la triste evolución que supone pasar de un proceso de sucesión que decide Saporta a otro que determinan Nanín y el señor de Legálitas.

La cúpula directiva del club ha perdido el contacto con la tradición y eso contribuye tambien a perversiones como el raulismo, de la que no diré mucho más. Un jugador ganando para sí el carácter vitalicio que sólo tuvo antes Bernabéu. Tiene Raúl más legitimidad que el propio presidente, es más reconocible; institución dentro de la propia institución. En definitiva creo que, llegados a este punto, el Madrid debería tomar una de estas dos vías: la SAD o la premoderna, la del antiguo régimen, la de la aristocracia. Ahora, con la traición de Calderón que la reforma estatutaria va a consagrar, el Madrid se hace absolutamente democrático: un festín para medios de comunicación y demagogos. Totalmente visible y permeable, frente a la vieja trasmisión del poder. Un club abierto cada cuatro años, a lo que hay que añadir una moción de censura que prácticamente garantiza la existencia de una oposición, al estilo del elefant blau. O sea, el horror.

Por no ser totalmente pesismista, diré que hay dos cosas de los nuevos estatutos que prometen ser interesantes: la mención de las auditorías y la introducción de la marca Realmadrid. Los estatutos recogen ese otro Madrid que es la marca comercial. Un Madrid virtual, con su propio valor estimable, más allá de los títulos, y que no es otra cosa, no lo olvidemos, que la valoración económica de la tradición, de la tradición que incorpora el club tras un siglo de andanzas. Es como si el club se volviese a definir, pasado un siglo, y ya pudiese incorporar en su carta estatutaria su leyenda, su siglo XX entero. La tradición que ahora se abandona, la epopeya del héroe que descansa en Almansa –una elegancia quizás ya definitivamente perdida- queda al menos incorporada en esa marca.

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Búlgaros

Por Hughes

A petición del autor, este texto no lleva fotos.

Como uno de los pocos liberales puros que habitan España, distinto de la caterva derechizante aborigen, me he quedado huérfano: liberal sin partido, desde el sábado, cuando se hizo patente la raulización de Rajoy, al que sólo le faltó sacar los pulgares. El ensoberbecimiento, mal de altura, estaba claro en Felipe o en Aznar, y fue parecida, similar, la megalomanía florentiniana. El ensoberbecimiento de Rajoy es algo distinto. Es un titanismo pero de Poulidor, es no querer bajarse del machito, pedir a gritos una última mano cuando todo se ha perdido. El trastorno lamentable de quien habiendo tenido la Historia al alcance, semidesnuda, despatarrada, ve cómo se le escapa viva. Debe de ser como ver alejarse un tren que se quiso tomar, pero verlo un día tras otro, continuamente, sin descanso, alejándose sin terminar de irse. No debe de ser fácil, la verdad.

Raúl es nuestro soberbio favorito. La soberbia radical que acaba pervirtiendo, para sí, el carácter religioso del madridismo; religioso, entiéndase bien, en un sentido deportivo, por lo sacrificial de todo esfuerzo. Raúl se pone la tradición por montera y se coloca fuera de ella. La mitificación de Raúl es nuestro paganismo de última hora. Un paganismo dentro de una religión que ya tenía sus tablas, su Dios y sus profetas. Lo dijo el Buitre hace unos días. Aquí todo el mundo, desde don Alfredo hasta don Emilio, se sometió a la máquina histórica del Madrid, trituradora de carne primero, creadora de leyendas después. Todos menos Raúl, que siendo vitalicio es futbolista y mito, un poco incorpóreo ya, mitad futbolista, mitad leyenda. ¿Cómo enjuiciamos a Raúl? ¿Por su último partido, como se solía decir que juzgaba el fútbol cuando era cruel? ¿Por sus números de los últimos años? ¿Por su último casi-gol espectral? ¿Por lo que fue? ¿Por lo que ha sido? ¿Por lo que promete ser cuando se retire? No se discute un gol arriba o abajo, diría yo a los merluzos raulistas –raulistas lo hemos sido todos alguna vez-, lo que se discute es su absoluta insumisión a las reglas del fútbol y su pecado de vanidad. Vanidad de vanidades, todo es vanidad, se dice, aunque nadie sabe muy bien si lo dice el eclesiastés o lo dijo algún torero sevillano sentencioso. El caso es que es imposible, en esta España, dar dos pasos sin que la sombra monumental de algún ego nos hiele el alma. No ya particularismo, no, el egotismo más desesperado. En Raúl hay algo peor: esa mezcla de vanidad y ejemplaridad tan desagradable, de la que se quejaba Reyes hace unos días con su humanísimo y conmovedor «Rául también vive».

Me quiero despedir de las entradas del blog, si el socio me lo permite, antes de la mudanza definitiva, y quería poner negro sobre blanco, de forma un poco más solemne –vanidoso también, qué le vamos a hacer- una impresión sobre este Madrid de nuestras entretelas, tan parecido a veces a la España política. No repetiré la analogía tantas veces hecha, pero es innegable que algunas cosas tienen semejanzas: la reforma estatutaria, los personalismos o la importancia que han tomado los compromisarios, ese mecanismo democrático del que casi nadie sabe nada. Mencionaré también, solemne y quizás bobo, las disfuncionalidades democráticas. O directamente: la milonga de la democracia, esa cosa extranjera y casi desconocida, tan rara a nosotros como el fútbol. Una cosa que se proclama primero y se aprende después, «que se hace todos los días», como el amor en las novelas cursis –y no es de extrañar la cursilería feroz, repulsiva, de los primeros tiempos de la transición, con sus Victorias Pregos y sus claveles y luego sus gaviotas, gaviotas a las que apetece abatir de un cantazo gamberro-.

El fútbol español no ha sido democrático nunca. La constitución española, que tiene tanto de ideal como de sanción, prescribe un comportamiento democrático para cualquier organización. Ya vemos que los partidos lo son a ratos y de aquella manera. ¿Lo ha sido el fútbol? EL fútbol brevemente, durante un tiempo escaso, antes de que sobre la razón democrática se impusiese la mercantil, por fortuna. Antes funcionaba una especie de elección por aclamación entre los notables del puro. Las primeras leyes deportivas en la transición impusieron las democracias balompédicas, y si problemas tenemos para consolidarnos como democracia en los aspectos serios, no hablaremos de las dificultades en un ámbito como el de la pelota. Si no somos caballeros ingleses en el terreno de juego, a qué pedirnos tales refinamientos en la tribuna. El primer presidente democrático fue José Luis Núñez, en el Barcelona, que en estas cosas siempre ha tenido más nervio. Luego estuvo veinte años, le tuvieron que sacar los geo y hasta dejó sucesor. Nosotros, acostumbrados al paternalismo incuestionado de don Santiago -del que Luis de Carlos fue un Suárez menos guapo, digitalizado por Saporta, salido de su junta- nos hemos encontrado desde entonces con problemas serios para gobernarnos democráticamente; no para gobernarnos, no, ¡para simular tan siquiera un democratismo vagamente occidental! Hemos visto votar a los muertos, interrumpirse una votación con el inicio de un partido, dejar sacas por abrir en los sotanos del algún juzgado –siempre que pienso en ello pienso en hombres a los que tapan la boca, a los que sofocan el grito. Hasta que no se abran esas sacas no nos quedaremos tranquilos, porque en ese amordazamiento hay algo de tensión-; ha habido merodeos ultras por las carpas de Ussía y mercadeos de todo tipo.

Lo del Parque de Atracciones tenía cierta dignidad y un relumbrón familiar, dominical, pero la reciente nanificación electoral del madridismo fue tocar fondo. La democracia madridista convertida en un sórdido tráfico menor, una especie de trapicheo, de menudeo de nanines. Para arreglar esta cuestión y adecentarla un poco y para no ser menos, el club ha iniciado un proceso de reforma estatutaria. Creo que el trastorno del voto postal es lo de menos. El grave problema lo tiene el club con su funcionamiento y su manera de ser. Es una causa de deterioro grave el abrirse cada cuatro años a un proceso electoral y aún lo es más cuando eso suele acarrear comportamientos cuasipolíticos, demagógicos, irresponsables, que suelen acabar teniendo consecuencias presupuestarias. El problema es que no tenemos una organización gerencial, ejecutiva y permanente, que no nos guiamos por criterios de pura gestión, sino por una forma matizada de la demagogia. No tenemos la seriedad de la SAD, pero tampoco podemos aspirar a un funcionamiento democrático. Estamos en una incómoda tierra de nadie. Entre la sociedad mercantil y la democracia aberrante. Hay por ahí un proyecto de moción de censura, que quiere resolverlo, pero que es visto con temor en cuanto uno imagina la portada del Marca sugiriendo esa posibilidad. No es absoluta la profesionalización, sobre todo en lo deportivo. Abunda el nepotismo, el recurso electoral a los exfutbolistas, la mamandurria y los trienios delbosquistas. Florentino profesionalizó el Madrid, pero se olvidó del fútbol, y en el aficionado aún tiene prestigio la casta de los ex porque con ellos tiene una disculpa para su chovinismo y a veces hasta para su xenofobia.

La directiva del Madrid no tiene la capacidad profesional para gestionar una empresa de esta magnitud. Es una directiva amateur, por mucho nudo que le pongan a la corbata. Su gestión escapa del control democrático y de la razón mercantil. ¿Qué somos pues? Raro híbrido: la organización de un club filatélico, con la fidelización y relevancia mediática de un psuedoestado y la proyección de marca de un refresco. ¿Polis o empresa? ¿Qué nos interesa? ¿Que gobierne el pueblo o que entre el balón? ¿Hay algún tipo de relación entre una cosa y otra? En la historia del fútbol español

gozan de prestigio las hegemonías: Bernabéu, Casanova, Calderón –tan sólidos que casi todos acabaron siendo cemento y hormigón-, Núñez, Ezcurra, Lopera… cierto caudillismo estable y consuetudinario. ¿Le vienen bien a esta entidad el ciclo electoral, superpuesto al ciclo natural de las bonanzas futboleras? A mí siempre me ha llamado la atención que los diarios, que la prensa en su conjunto, nunca apuesten por nadie en las elecciones madridistas. Grupos mediáticos que se posicionan sobre quiénes han de dirigir el Gobierno, la oposición, las empresas que fueron públicas, copar el CGPJ o incluso la RFEF, afectan cuando llega el Madrid una especie de neutralidad indiferente que a mí me irrita, porque jamás es del todo neutral y porque deja un poco solos a los socios.

Es una situación que no puede durar mucho. A la larga deberíamos acabar siendo una SA; a medio plazo, quizás, refinando el funcionamiento democrático en el club, de forma que todo sea más claro y haya, si no oposición, si al menos cierta fiscalización de la gestión. Por encima del aficionado está el socio, y sobre el socio el compromisario, y controlando la asamblea se controlan los destinos del club. Está también el peñista, que puede ser cualquiera de las tres cosas anteriores o incluso, en caso de ser un peñista trinitario, las tres a la vez. El peñista, de gran importancia y de mucha reputación, no sé qué función tiene. Parece que es una especie de embajador pedáneo del club. El peñista, me parece a mí, es un compromisario con barriga. Al socio se le reparten las cuentas y al peñista se le invita a langostinos. Es como un grupo de presión dentro del club. «La peña de Villacascajo del Tembleque dice…», escribe Roncero, y parece que está hablando el madridismo fetén, la entraña misma del madridismo. En fin, a la caza del compromisario parece que estamos. Tras la seducción mitinera del votante, la más oscura del compromisario. Si cuando hay luz y taquígrafos hay Nanines y Kakás, ¡qué no habrá cuando se le coma la oreja a un compromisario! Yo, aficionado raso, tiemblo y rezo porque don Santiago, allá en lo alto, ilumine el buen juicio de los socios con derecho a voto cada cuatro años, pero ya no puedo encomendarme para que guíe a los compromisarios porque ni él puede saber quiénes son, ni a qué intereses acabarán respondiendo. La depuración del florentinismo parece que tiene que llegar a lo que quede de él en la asamblea, y uno sospecha que si es así debe de ser porque no se esté tramando nada bueno. Parece que se va, como en otros ámbitos, hacia la construcción de una Asamblea a la búlgara, para mayor-gloria-de.

El club se lo están repartiendo a pares Calderón y Raúl. Entre ellos y la labor de masajeo neuronal del periodismo no me atrevería yo a decir que el Madrid sea de sus socios con total rotundidad. Lo es formalmente, claro. Florentino se preocupó de garantizar eso, pero tan alto voló, tan grande fue el delirio que todos nos acabamos despistando y el tortazo fue fenomenal. Ahora uno es vitalicio, el otro sueña con el crack que le permita adelantar las elecciones y los de siempre pueden seguir poniendo a cualquiera en la frontera por un pivote más o menos.

Lo dicho. Como el blog va a profesionalizarse un poquito y la entrada quizás no vuelva a ser enteramente una tribuna abierta -¿o quizás sí?- me quería despedir de este pequeño púlpito. Aprovecho, ya de paso, para pedir la dimisión de Ramón Calderón, regalarme este brindis al sol y quedarme tan ancho.

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El Raúl crepuscular


¡Ugh!

Por Hughes

Defendía Lama el domingo pasado a Luis Fabiano. Poli decía que no valía para el Madrid, que prefería a Kanouté. Dijo también que Kanouté no vendría porque no podría jugar en el Madrid, aludiendo sin citarlo al mito de los santos cojones. Al poco, el Madrid marcó el segundo y Lama, integrante del fondo de retpiles raulistas, le dedicó el gol a gritos. Luis Fabiano no es nadie, pero es obvio que no crearía problemas. Ya se ha dicho en el blog alguna vez: si juntásemos un par de nueves definitivos, el raulismo tendría que afrontar la realidad. ¿Se imagina la gente una pareja Benzema-Van Nistelrooy, con Sneijder, dos medios y Robinho detrás? A ver quién coño sería capaz de defender a Raúl. Ya es bastante que le quite el puesto a gente como Higuaín, mil veces más futbolista que él.

Por eso, dudo yo mucho que venga un nueve de rompe y rasga. La duda para mí está en si traen una medianía: Luis Fabiano, o si puestos a no mover la silla al mito de mierda, se decantan por alguien joven que pueda esperar en el banquillo a que Ruud van Nistelrooy empiece con sus achaques. A Ruud, después de su operación, ya le han destruido su imagen de profesionalidad. Lo que mola es arrastrarse cinco años por los campos, «sufriendo» por el equipo.

El año que viene Raúl tiene que superar a Di Stéfano. Así que olvidémonos de perderle de vista. Raúl conseguirá la gloria inmortal, la leyenda de las leyendas. Acuñaran monedas, harán sellos, instaurarán San Raúl González Blanco en el calendario. Ya sólo le quedará Zarra, que con su media goleadora serán, qué se yo, a ver… pues tres o cuatro años más parte del siguiente y tirando los penaltis.

El Madrid le regala una década para que el señorito logre calmar su apetido de gloria, por la módica cifra de mil millones al año. Y mientras, Robinho o Higuaín repartiéndose banquillo y chupando banda y carril. Sneijder fuera de sitio y varias Copas de Europa pasando por delante de nosotros por no tener quien remate la faena en el momento oportuno. Raúl es una grandísima lacra para el futuro del Madrid.

Benzema es un delantero colosal. Basta con verle un partido para darse cuenta. Movimientos, sutiliza, velocidad, gol, capacidad física asombrosa, proyección. Recuerda a cierto brasileño… Obviamente, acabará en Inglaterra. ¿Por qué tener superdotados en la delantera cuando se puede tener a una leyenda sacrificándose en el área pequeña?

Ahora, como ya ha reconocido Mijatovic que las decisiones las toman con Raúl, pues habrá que esperar a que Raúl tenga la generosidad para recomendar el fichaje de alguien que le puede quitar del once. Y ya sabemos cómo soporta Raúl que le quiten del once. Lo vimos en Villarreal, hace tiempo en Mallorca y se lo podemos preguntar a Luís Aragonés. Claro, irse al banquillo podría suponer algo horrible: ¡que no volviese nunca más al once! A lo mejor los piperos se encontraban con un Higuaín titular o con un Benzema bordando el fútbol, como suelen hacer los jóvenes talentos, como hizo Raúl en su momento, allá por la década de los noventa. ¿Y qué supondría eso? Pues supondría arriesgar mil millones al año, porque a lo mejor, alguien repararía, a alguien se le ocurriría pensar que por qué, que bajo qué concepto alguien que no aporta nada futbolísticamente hablando, por muy importante que sea en el vestuario, cobra, puede llegar a cobrar mil millones de pesetas. Claro, eso sería muy malo para él y para su representante.


I need a shower

Y luego hemos de confiar que Raúl va a admitir que le fichen a su sustituto justo en el momento en el que puede alcanzar la gloria absoluta, el éxtasis legendario de Di Stéfano. O sea, alcanzar al señor que refundó el Madrid y destapó la cultura pop en España. ¡Y quién se lo va a negar con lo que lucha! ¡Si nos hace en favor de meternos una docena de goles por mil millones! ¡Que le sale el gol a cincuenta quilos al gachó! Claro, es mucho pensar, es demasiado pedir, sobre todo sabiendo cómo se ha portado Raúl con los que aspiraban a sucederle, Eto’o o Robinho, cuyo fútbol capó en el vestuario, donde ejerce su dominio. Y no acaban aquí las cosas, porque… si Raúl pilla a Di Stéfano y Telmo Zarra, ¿quién le niega a Iker el capricho de alcanzar, qué sé yo, Ricardo Zamora? ¡O a Yahin!

Por todo lo anterior, me da a mí que Benzema no. Y sin Benzema, o sin Benzemas, no subimos el escalón que nos separa de la élite europea. ¡Canne de octavos, sí! ¡Pero canne patria! Un señor que firma un contrato vitalicio, que organiza la que ha organizado con la selección, que no admite perderse ni los partidos de Copa y que convierte cada gol en una reivindicación no me da a mí el perfil de alguien que acepta la cercanía de su final. Raúl es un jugador que propende a la perpetuidad. ¡Es el perpetuo!

Desde que este tipo tuvo la apendeicitis jugamos con diez. A veces, cuando juega Guti, jugamos con 9 y se ha dado el caso, cuando Ronaldo compareció lesionado, de jugar con 8. Por si fuera poco, desde Hierro hasta los Pepe o Ramos actuales, tenemos defensas que en ocasiones son capaces de dejarnos con 7 tíos en el campo. ¿Cómo coño se va a ganar una Copa de Europa así? Es imposible. Raúl está bien para dar ánimos, ejemplo, regularidad y ganar la Liga, pero no ganaremos en Europa con alguien así. Nos enfrentamos a Kaká, Drogba, Gerrard, Rooney, Ronaldo, el mismo Benzema, Messi, Eto’o… ¡dónde coño vamos con Raúl!

Ahora me dirá alguno: ¡pues metió gol contra la roma! ¡Pero es que no es ese el tema! El tema no es que meta un gol, el tema es que le quita el puesto a uno que debería desequilibrar. Ocupa el puesto clave del equipo, el puesto de los genios. Si Raúl fuera centrocampista bueno, oye, qué le vamos a hacer, pero es que es la joya de la corona, ¡el mediapunta-delantero! ¡Va de Roberto Baggio por la vida!

Raúl se cree Oliver Atton. Es un hecho.

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Retrato de un tirano

Por Hughes

El egotismo disparatado de Raúl me recuerda al de Tony Montana en la recreación ochentera de Scarface, de Brian de Palma. Un disparate de vanidad. Lejos de la meditativa elegancia de «El padrino», o de la sabia madurez de «Atrapado por su pasado», aquí Al Pacino (el único hombre al que considero mejor que yo) es un demente sin matices, salvo por dos o tres compeljos intrapsique.

Partamos de la base de que Raúl no sólo tiene a los periodistas; tiene, y eso es peor y más importante, el cariño y el corazón del público madridista, vulgar por masivo, estúpido. ¿Qué se puede contra alguien así? Su vida es irreprochable, sus números son incomparables, su gestualidad es tan perfecta, tan estudiada, es tan fingidamente concentrado, luchador y todo eso que no hay por donde meterle mano salvo por su carácter mate. Por eso Robinho es la gran amenaza. Mientras sea posible desterrarle a la banda o mientras no se fiche el otro delantero que necesitamos, Raúl permanecerá incuestionado. Y casi incuestionable. El talento indudable de Robinho, visible para todo el mundo, debería poder entrar en conflicto con Raúl -que lo teme como a un nublado-, pero eso aún no es posible. Debería surgir alguien en banda o algún otro delantero que, junto a Robinho, dejase sin sitio a Raúl. Pero no parece que…

Otra idea es la de un Granero recuperado, que siendo de la cantera y joven sí tuviese esa legitimidad de cuna a los ojos de la grada. O Granero rompe a crack o lo hace Drenthe (porque Robben si rompe, rompe a otra cosa), o nos tenemos que encomendar al fichaje de Benzema. Antes las cosas pasaban un poco así. Si pudiésemos formar una dupla Ruud-Benzema, con Robinho detrás, no habría nadie sano mentalmente que admitiese la titularidad de Raúl, o el cantazo, de todas formas, sería enorme.

Es curioso cómo el gran aliado de Raúl ha acabado siendo el rombo. Para que cupiera el nueve de turno y Robinho, sin los cuales esto no marchaba, para que cupiera el mediocentro y además Raúl había dos soluciones: o rombo o asimetría. Así, si Ramos no pirulaba, el raulismo met the tikitaka y el Madrid se debilitaba enormemente. Porque no nos engañemos, el once tipo que nos gustaba de Schuster, con Raúl, Sneijder, Baptista y Diarrá, un once que tenía ya bastante con vencer la polémica gutista, funcionaba con Ramos, pero no con otro porque suponía jugar sin una banda. Por eso, el raulismo necesita alguna cosa romboidal y blanducha. Tampoco nadie ha llamado la atención de forma suficiente sobre los gestos de Raúl cuando Schuster le sustituyó en la segunda parte en Villarreal. A ver si Torres se atreve con eso.

De todas formas, para ser justo, Raúl sigue teniendo algo. Aporta un número decente de goles y tiene inteligencia táctica (en todos los sentidos imaginables, sí, pero también el el puramente futbolístico). Yo aún no confio del todo en un Madrid con Drenthe, Baptista, Sneijder y sin la presencia de Raúl. Probablemente es un miedo infundado, o fundado en la aburrida costumbre de verle desde que era adolescente. Sigue teniendo una seriedad posicional que no tienen otros, más brillantes pero algo inconsistentes. De la misma forma que Íker no ha sabido coger el cetro en el vestuario, aquí Guti no supo tampoco imponer su fútbol. Porque… ¿no ha sido Raúl el que ha acabado desplazando siempre a Guti de ese puesto entre el interior izquierda y la mediapunta?

El Raúl actual vive en el corazón de millones de personas. De la misma manera que Luis Cobos, Cruz y Raya, La oreja de Van Gogh, Lina Morgan o Manolo Escobar, o cosas así, pero con un matiz que lo acerca a las figuras patéticas de los últimos Tony Leblanc y Carmen Sevilla. Despierta ese respeto incondicional, acrítico, basado en el pasado. Forma parte de la familia, de nuestra propia experiencia. El público le respeta. En eso no tiene sólo la culpa Carvajal o Roncero, sino nuestra propia naturaleza como público, nuestra necesidad de figuras incuestionadas, españolísimas, estéticamente deplorables, duraderas, y en nuestra ausencia de sentido crítico.

Creo que la única manera de librarnos de Raúl (o al menos de minimizar su influjo pernicioso mandándole al banquillo) es que surja alguien que conquiste el corazón de esa masa no muy sofisticada. Se tiene que dar esa condición y una segunda: que haya conflicto posicional. En contra tenemos el camaleonismo táctico de Raúl, muy capaz de «adaptarse» al mediocampo o incluso ir de nueve por la vida. Que Robinho explote y que se fiche a Benzema o Agüero o alguien asi. De lo contrario, Raúl hasta en la sopa.

Hay otra cosa en Raúl… «es uno de los nuestros», y lanza al mundo una idea de respetabilidad. Es la ética del trabajo y la ética personal y familiar, pero además su carencia de dotes físicas le acerca a nosotros. No está muy lejos de alguno de nosotros jugando un domingo. El talento puro levanta sospechas, y eso se da aún más en el Bernabéu. Raúl es ordinario e irreprochable y a Robinho se le puede admirar, pero para que se le quiera deberá sernos familiar, hacerse como nosotros de alguna manera o dejar alguna virtud no sólo física. Zidane dejó la sencillez, por ejemplo, y Di Stéfano se madrileñizó.

Raúl es el retrato robot que sale de preguntar a las puertas del estadio por las virtudes no-deportivas del madridista perfecto. Raúl y Carvajal han sido unos genios absolutos en márketing y han lanzado un producto, este Raúl postapendicitis, que se adueña, hasta el punto de acapararlas, de todas las virtudes que el particular público del Bernabéu admira. A Hugo Sánchez se le admiró, pero no se le quiso. A Figo lo mismo, pero menos. A Zidane las dos cosas. De Ronaldo ni hablemos. El público del Madrid es distinto al de un Manchester, por ejemplo. Está criado con Bernabéu y su paternalismo y con la leyenda de un Madrid ejemplar y no admite un George Best, por ejemplo. El público de Old Trafford lloró la muerte de Best con simpatía, con todo el amor que se le ofrece a un descarriado, pero reconociendo su grandeza y su libre elección. El Madrid es muy conservador y está moralizado hasta el tuétano. Eso lo tienen que ver, por ejemplo, los representantes de los futbolistas que vienen, o los propios jugadores. Hay que españolizarse o impostar humildad, abnegación, sacrificio. Sobre todo sacrificio, el público es cruel a su manera y quiere la sangre, el sudor o en todo caso la entrega de la altanería y la soberbia. La suma humildad. Es un campo sacrificial, que para amar a algún futbolista exige que antes éste haya dejado o fingido dejar algo de si. En el fondo, creo que es la necesidad de sellar el compromiso con la camiseta, creible sólo si hay sacrificio de por medio. Lo que separaría al mercenario del goodfellow sería eso: el sacrificio ofrendado al público. No seamos hipócritas: incluso cuando nos hemos puesto exquisitos, con Zidane, lo hemos hecho porque este jugador subsumía su genio indudable en el once, en la vida del club, y asumía una humildad absoluta. Porque similar talento tenía Ronaldo y nunca se le quiso.

En esta impresión que tengo me falta pensar en Juanito, que es una figura que yo conocí poco por la edad, poco o nada, y de la que tengo, sobre todo, algunas intuiciones que no me atrevo a hacer públicas por no ser acusado de hereje. Creo, de hecho, que el amor por Juanito es una cosa impuesta por los ultras al resto del estadio, impuesta por las buenas, quiero decir, ¿o no? ¿Qué hay más sacrificial que nuestro amor por Juanito, que dejó su vida yendo a ver una eliminatoria europea de nuestro Madrid?

El público del Madrid no puede decidir si concede o no la camiseta o el dorsal, como antaño, al nuevo. Esto se nos escapa de nuestras manos. Pero lo que sí puede hacer, en su soberanía, es conceder el amor o la admiración a quien ofrece algo a cambio. El compromiso se sella sólo a costa de ese sacrificio. El caso de Raúl es doloroso porque supone la perversión de una manera de ser que nos define. Raúl ha aprovechado ese resorte emocional del público, tradicional, genético, para enfeudarse y para secuestrar al público en su amor. Ha secuestrado el amor del público.

También me atrevo a decir, hay en todo esto un problema del que ya hablamos, de legitimación y continuidad. Raúl no sólo ha sobrevivido a los galácticos, a la quinta del Ferrari o a los Laudrup y Zamorano, no, además, ha sobrevivido a Mendoza, Sanz, Floren, Martín y ya está claro que lo hará al okupa. Es la presencia constante en un panorama cambiante. Creo que Raúl se ha adueñado del lugar de Bernabéu, de su hegemonía. Ojito con el nombre del estadio, que peligra… Hay, definitivamente, algo irreverente en la ambición de Raúl. ¿Quién ha sido el único vitalicio en este club? ¡Bernabéu! Fue presidente hasta su muerte y lo hubiese sido hasta que sólo Dios ordenase otra cosa. En esta firma vitalicia de Raúl, el madridismo le ha concedido al Altísimo la decisión sobre su futuro, dimitiendo totalmente, como incapaz de juzgar semejante figura. No nos engañemos, los «vitalicios» se han pensado para Raúl, no para Guti, ni siquiera para Íker. Raúl, con ese contrato, ha arrebatado parte de un status que sólo tuvo Bernabéu.

¿Qué hay en el fondo de esta necesidad de lo sacrificial en el madridismo? Creo que la sacralización de los colores, que vivimos no como un estado alternativo, sino como una deidad pagana, eso sí, revestida de moral cristiana a troche y moche. Raúl es la inversión de ese mecanismo casi religioso. Alguien que burla al dios con un sacrificio fingido. Sí, Raúl es un hereje y el mayor problema de la historia del Madrid. Es el anticristo de nuestro Real Madrid. Nació colchonero.


Parece un crucificado

Lo de Raúl hace que el madridismo pase de religión a secta. De todos modos, comprender un poco lo de Raúl, o intentarlo, creo me acerca un poco a cómo es el madridismo, a cómo somos, quizás nosotros seamos una variante rara, anormal. Raúl es lo más arraigado y antiguo de este Madrid y nos dice cómo somos. Él lo descubrió al poco de llegar al club, casi siendo niño: «llevo unos meses y ya me he dado cuenta de lo que diferencia a este club del Atlético», le recuerdo antes de hacerse famoso y debutar en el primer equipo. Raúl ha reconocido nuestro mecanismo, quizás porque se ha hecho madridista. Su conocimiento del madrid es distinto al de, por ejemplo, Íker. Él ha tenido que aprender cómo es el club. O sea, que se las sabe todas.

El madridismo no podría querer a Cristiano Ronaldo. La diferencia entre el Manchester y nosotros es que nosotros somos una religión. El público ha interiorizado eso de tal manera que sólo quiere al que ofrenda un sacrificio. No basta el talento o cien goles. Hace falta que esos goles hayan supuesto una entrega sacrificial. No es lo mismo. Hay aficiones que afirman ser una religión, algo más que un club, o una pasión, pero se abren de piernas al primero que rinde, se entregan totalmente a un Ronaldinho o a un Cristiano Ronaldo. Nosotros no somos el Inter de Ronaldo. No nos bastaba, por ejemplo, la entrega inhumana de Ronie para salir de sus lesiones, porque eso le configuraba como persona, pero no era algo dado en sacrificio al club. Por eso, ese rasgo, aunque irritante, es lo que nos diferencia de las demás aficiones del mundo. Raúl es eso, pero seguramente manipulado.

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El 4-4-2, una tomadura de tupé

Por su interés, reproducimos el mensaje llegado al correo de nuestro contertulio Alberto, firmado por el misterioso «H».

Anoche, leyendo las reacciones al bodrio romano, me llamó la atención la puntualización del nick Dani, que precisaba la posición de Raúl como un segundo punta en lugar de un mediapunta. Ese matiz es como lo del color blanco y los esquimales. La mayoría de aficionados del mundo no saben distinguir entre un mediapunta y un segunda punta, pero para alguien amamantado en las ubres del tikitaka en rombo, el matiz era procedente. Alguien le respondió, pero nadie más reparó en lo escandaloso del hecho. Medio madridismo vive pensando en categorías y sistemas que nadie en el mundo futbolístico occidental practica.

Saquemos la pizarra.

El sistema 4-4-2 puede ser jugado con dos mediocentros paralelos, pero resulta en estos casos un poco chato. El ideal del fútbol español es el 4-4-2 en rombo, con mediapunta o enganche, así llamado en sudamerica, donde este sistema ha tenido éxito. El rombo, o juanola, parece ser el ideal de los aficionados al fútbol en España. Concretamente en Madrid, porque el ideal catalán es el sistema holandés. Contra lo que pueda parecer, el sistema nace en los sesenta con aspiraciones defensivas, como una perversión barraquera del 4-3-3, del que un delantero cae cual angel caído para ser medio. Yo creo, y eso es lo que me apetece decir, que estamos ante una gran mentira. Repasemos. Los equipos vascos campeones de liga de principios de los ochenta no jugaban en rombo, tampoco lo hizo la quinta; de hecho, su año más goleador fue jugando un 5-3-2. ¿Jugaba en rombo el Barcelona de Cruyff? No. Ni el De Van Gaal. Ni el Madrid de los dos Capellos. NI el Galáctico, que jugaba con un 4-2-3-1. El de la séptima improvisó un 4-4-2 en el que jugaban Karembeu y Redondo en medio. El de la octava un 5-3-2. El de la novena un falso rombo en el que Solari dejaba la banda y se pegaba a Makelele.

En los últimos veinte años el rombo se ha jugado en España en tres equipos:

El Madrid de Valdano, año 94.

El Pateti de Radomiro, año 95.

Y brevemente el Madrid de la novena en la final de Glasgow. Pero en este caso no siempre y, sin duda, la excepcionalidad de la cabeza del rombo, del así llamado enganche, Zinedine Zidane, excluye a esta formación de todo análisis. Con Zidane, Figo, Raúl y Roberto Carlos cualquier esquema valía.

El 4-4-2 nace en los sesenta y en España le seguiremos la pista desde el 1980. No podemos decir qué fue de los años sesenta y setenta, pero desde luego el sistema no justifica en su aplicación práctica su prestigio y predicamento actual. Y ojo, debe resaltarse que hablamos de su versión más alegre, del rombo. El rombo no lo jugó el Valencia de Benítez, que optaba por un 4-2-3-1, ni el 5-3-2 de Arsenio. ¿Qué equipos campeones lo han utilizado? Los de los años 94 y 95. Ni siquiera el mitificado Zaragoza de víctor «softball» Fernández lo jugaba, pues lo que desarrollaba era una variante del 4-3-3.

Abreviando. El rombo lo han jugado tres equipos grandes en España. EL Madrid valdanista, el Pateti de Antic del año siguiente y, durante unos meses la selección de Camacho -impuesta por el prisaismo como respuesta al clementismo butanístico-, unos años después. Es decir, el famoso rombo, tan celebrado, tiene un encuadre muy determinado en las coordenadas espacio-tiempo. Es Madrileño y de los primeros noventa, tras Cruyff y ya establecido el Plus. En el apogeo del As, El larguero y El día después. En común tienen sus teóricos ser hombres de Prisa. Y surge como respuesta madrileña al fútbol ofensivo catalanoholandés de años antes (otro sistema-opio, en este caso del pujolismo y de los fastos olímpicos). El rombo es una ilusión, un ideal, lo llamaré sistema-opio, que a través de la propaganda prisaica se mete en el imaginario futbolero de una generación de aficionados madridistas que, desde entonces, van al fútbol como fumaos.

Este sistema es madrileño y prisaico. Es el sistema socialdemócrata y, fundamentalmente, una mentira. Ya lo adelantó Floro, que tuvo que pelearse con molinos de viento por establecer su 4-4-2 ¡sin rombo! plano, con dos medios que nacían paralelos y que se solapaban luego: Milla y Hierro, o incluso Hierro y Prosinecki. Floro controlaba como un dogmático que no le saliese mediapunta a su equipo. Quería un 4-4-2 de futbolín y todos le llamaban iluminado. La gente quería rombo. Y lo tuvo años después, meses después, con Valdano. En realidad, lo que diferenciaba a Valdano de Floro era el verbo y el rombo. Floro no se vendió al tacticismo cazurro clementista del butano, pero tampoco admitió que su 4-4-2 se amariconase con el rombo, como le pedía Prisa. Floro, que estudiaba italiano como después haría Benítez -el hombre que Benito no pudo ser- en realidad aspiraba a emular a Sacchi. Floro era Europa. Floro era la salida europea, científica, que huía del guerracivilismo deportivo. Así, Foro quedó como la víctima del más rancio españolismo. Floro es la víctima futbolística de las dos Españas. Ahora vemos que los iluminados eran ellos y que Floro tenía razón cuando afirmaba que el mediapunta no existía. De compañero de Zamorano jugaba Butragueño, y hubo gran polémica porque él no admitía un rombo para dar cabida a Alfonso:

«¿No le piden sus niños un rombo con Alfonso?», le preguntaba el siempre infantiloide De la Morena, la Rita Irasema de los deportes -mientras Butano era una Encarna Sánchez menos viril pero calva-.

Diré, además, que el rombo exige un enganche. El enganche es una figura especial. Un superhombre. Un Übermensch. Ha de tener la clase de un 10 y los pulmones de un 6 con el sentido táctico de un 5. Es decir, la releche. A Benítez los criticos inmaduros valencianos le pedían rombo con Aimar. Él, claro, les decía que naranjitas de la china. La verdad es que sólo cuatro jugadores han servido para ser enganche: Laudrup durante 14 meses, Pantic durante doce meses y porque tiraba faltas; Valerón, en la selección de Camacho (ya ves tú) y el gran Zidane en una sola final, porque casi siempre partía de la izquierda, de interior.

Ahora, pasado el tiempo, ha hecho falta el estudio de la historia, muchas hostias futbolísticas, el despido de Capello y la obra airada de madurez de un genio bloguero en el exilio para destapar la realidad. El rombo es una patraña socialdemócrata. Es la socialdemocracia con tintes de demagogia iberoamericana del fútbol. Es madrileño y prisaico. Si el rombo tuviese cara sería una mezcla de Ekaizer, Javier Pradera y Relaño.

El carácter ideal de este sistema explica que el aficionado español, siempre que se pone a hacer una alineación ideal o un equipo soñado lo haga en rombo. ¡Nadie elige su once ideal con un 5-3-2! Otro hecho que redunda en la idealidad del rombo es que el enganche, como ya se ha dicho, debe de ser jugador perfecto capaz de defender, recuperar la posición, caer a banda, driblar, disparar, tener pase, meter más de diez goles, dirigir… ¿nadie se acuerda de Julen Guerrero? ¿Cuánto duró esa ilusión y en qué acabó? ¿Durante qué años precisamente? Prisa intentó convertir a Julen en ese superhombre y duró dos telediarios. El empeño era imposible.

Capello, como antes Floro, vino a dar un baño de realidad al aficionado madridista. Las reacciones de la prensa fueron igual de airadas. Floro y Capello tienen en común el maltrato pris

aico. Fueron, literalmente, expulsados. Masacrados. Desprestigiados, como Gómez de Liaño, como Aznar, objeto de una encarnizada oposición ideológica y personal.

El rombo es como la ilusión de la felicidad eterna del welfare. Es la arcadia sociata. Son las tetas manando ron con Coca cola. Las huríes de la Secta todas en pelota en un campo de fútbol… ¿no es sopechoso que la Secta, en su intento por apoderarse del fútbol y con el fútbol por ser el aparato mediático de la nueva izquierda zapateril hayan, precisamente, superado por la izquierda a la propia Prisa con la exaltación maniaca del tikitaka?

¿No queda claro el elemento ideológico, ideal y totalitario del rombo?

Esa es la razón de que Schuster partiese de un 4-4-2 con rombo como esquema de partida, como presentación ideológica. La «excelencia», el otro Dorado de Calderón. Semanas después (y no sólo por la confección caótica de la plantilla) se siente como un general que manda soldados a caballo contra tanques. Pero no sabe cómo salir del atolladero porque sólo podría salir con un 4-2-3-1 con Ramos, lo que le costaría el cargo, o con un 4-3-3 sin Raúl. Y eso son palabras mayores. Para ese debate no tengo fuerzas suficientes.

H.

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