Por Rappol
Qué cansancio provoca jugar en el Itiá. Es más cansao que ir a la feria de Sevilla y tener que aguantar a tanto sevillano. «Itiá-iti-iti-itiá-tractatrá». Ni lo sé, lo que dicen que cantan, ni lo que cantan; que dicen que cantan, y al final ni dicen ni cantan. Ni me importa tres cojones, en realidad. Porque, quizá, bailan. Y bailar es otra cosa distinta por completo. Y lo que de verdad resulta preocupante es intentar averiguar qué es lo que sucede con el madridismo cuando parece que vienen mal dadas y los caminos se vuelven en apariencia tortuosos. Butragueñeaba Butragueño el día del sorteo de octavos, pero no fue capaz —y lo entiendo— de articular un educado «¡Córcholis! Estamos cansadísimos ya de jugar contra BEP. ¿Por qué no calientan mas las bolas calientes?». Para que las caliente Arbeloa, Emilio. Para que las caliente Arbeloa. Las bolas de Florentino y la de tantísimo chupachanclas blancas.
Venía el Madrid de mear pis uruguayo sobre los «BEP citizens» y se empleó en cambiar de chorra y de caldo para que Vinicius Jr. pudiera mostrar que, bueno, sí, no, igual sigue teniendo problemas para atender a los retos más costosos del día a día de cualquier persona del sexo masculino dotado por la naturaleza con un buen cipote (hacer la cama, colocar la vajilla bien en el lavavajillas, no derramar el aceite al aliñar una ensalada, mear sin salpicar la tapa del inodoro, la cual nunca se acuerda de levantar, etc…), pero que mantiene un grupo conectado de neuronas que le dan de sobra para cobrarse facturas, enviar mil goles claros al limbo y, qué cojones, payos, sacarse su muy personal y retardada espinita del BdO, que es la B de caipirinha, más la d de quédequé, más el culo indescifrable del que decidió vestirse de homeless estiloso por puros ecos de la «humildac». Dos golitos de cinco, y a mamarla a Parla los chicos del oriundo de San Pedorro. Qué mentira de tipo. Qué artificio andante. Qué cosa tan cansina de ser. Tiene que estar hasta las bolas del personaje. Hasta las bolísimas de que le desnude tanta gente a la que desprecia. Chupar. Siempre chupar.
Un incisito para Haaland, que es ya, por obra y gracia del homeless chupapollas, como esos aviones inútiles con cuatrocientos motores que salían en una enciclopedia de la aviación por fascículos de hace muchos años, con la que los jóvenes muchachos aprendíamos cosas interesantes sobre la aviación que ya no se pueden aprender por querencias modernas (ahora sólo quieren ser pilotos, viajar mucho, meterla mucho y todo de todo mucho mucho, y todo, y nada). Creo recordar que el capitulito en cuestión se llamaba «Gigantes con pies de barro», una cosa sesudísima, sin duda, pero que no deja de ser tristemente risible.
El partido iba a ser una puta mierda gorda. Bernardo debió intuirlo, y se contagió de la tontería reinante cometiendo un penalti terrible que allanó mucho el camino para que el fútbol inclusivo brillara con todo su esplendor. Vale. Vale. Vale. El madridismo estaba preparado para mear tornillos, porque la Champions siempre va de mear tornillos en uno u otro momento. Y la 16 va a ir seguramente de eso, de aquí hasta el final feliz. Pero todavía no tocaba mear tornillos. Y el Madrid, en un partido muy mal leído y muy horroroso si nos atenemos a unos mínimos geométricos y estéticos, no pasó apuro alguno para plantarse en cuartos. «Ej que jugó con uno más». A ver. Aclararsen, ¿no decís que jugamos con uno menos? Entonces jugaron en condiciones de igualdad.
El City es como Eduardo Casanova. El City es el Eduardo Casanova del fúrgol. Carne fofa para maricones chupacosas.
En resumidas cuentas, no voy a perder más el tiempo que me sobra para tratar de comprender por qué el Real Madrid está en cuartos y qué cabe esperar del futuro, los cruces, los semáforos, las últimas declaraciones de tal, o las fiestas de Pascual. Da igual todo. Importa cuatro cojones. Yo sólo atiendo a las señales, hago algún escorzo, y las señalo así como cuando tengo que darle indicaciones a alguien en inglés sobre cómo puede mejor hacer para irse a tomar por culo.
El Real Madrid va a ganar la 16. Compren carboncillos, adelanten pasta para el mandibulista, suban al barco y siéntense a disfrutarlo. Si no, pónganse su mejor camisa a cuadros, y váyanse por ahí a chupar cualquier cosa. Háganlo sin miedo. Nadie podrá hablar mal de ustedes, aunque no se apelliden «Guardiola». Es la inclusión, idiotas





