Sí, bueno, ¿no? Hablando en términos estrictamente numéricos, Florentino se ha llevado las elecciones (65% vs 35% según las cifras oficiales del club), pero la pregunta es: ¿las ha ganado? Como siempre en estos casos, cada bando tiene su narrativa: los floperianos dicen que es un resultado espectacular después de un cuarto de siglo, y los antis proclaman que es una calamidad perder tantos votos contra prácticamente un don nadie. Hagan lo que quieran con mi opinión personal, pero creo que en este caso los segundos están más cerca de la verdad.
Prácticamente toda mi vida de socio ha sido con Flóper al mando: me saqué el carnet en el caluroso verano del 99, todavía con Sanz en la poltrona, tras lo cual cual se ganó la Octava. Llegaron las elecciones y voté a Flo, quien duró seis años antes de pegar la espantá; en los consiguientes comicios voté a Calderón, eventual ganador, pero sólo dos años después este dimitió y volvió Florentino con su junta Jurassic, imbuido de nostalgia por el asiento del palco donde tan a gusto habían estado sus posaderas. Durante este segundo florentinato salí de compromisaurio, ahí fue donde conocí a fondo el florentinismo: las asambleas eran más como reuniones de una secta, con votaciones a cartulina alzada donde el verde te agrupaba con «buenos» y el rojo como un disidente (¡disidente!). Ninguno de los designios Pérez se cuestionaba, excepto por elementos aislados como Carlos Mendoza, y más tarde por la órbita de ultras sur, el grupo delictivo y neonazi en que degeneró la grada de animación primigenia de los 80.
Sí, amigos, estos años han sido una dictadura perfecta en lo institucional: todo dentro del florentinismo, nada fuera de él, sentimiento apuntalado por el extraordinario éxito en la Champions, aunque no así en la Liga, debido al negreirato pero no sólo por él. A lo que voy es a que no existía absolutamente ningún motivo para que Pérez dudara en 2026 de su control sobre el club y sobre la afición, exceptuando uno: el ego herido después de dos temporadas desastrosas y un falso rumor sobre su salud. «¡Dicen que he perdido el control de la plantilla! ¡Que estoy viejo! ¡Que tengo cáncer! ¡Se van a enterar!» Y en lugar de intentar recomponer el equipo y dejar preparado el futuro, no se le ocurrió otra cosa que… convocar elecciones, buscar un chute de autoestima.
Lo siento por los apologistas, los galernos de la vida, pero la jugada le ha salido MAL. Perder el poder era casi imposible, pero que vote un 35% de socios por un candidato que es la nada con sifón, que se presentó sin tiempo, con una aval trucho, con las propuestas más chuscas y desfasadas que pueda parir un cerebro, y haciendo ridículos como el del inexistente entrenador, es un fracaso innegable. Si Florentino quería masajearse el ego y demostrar fuerza, ha logrado lo contrario: sobreexponerse haciendo evidentes los achaques propios de su edad, sin aceptar debate electoral ni cualquier entrevista incómoda, dando casi como único argumento para su continuidad «es que he ganao mucho»… El resultado es que absolutamente nadie piensa hoy que esté más vigoroso que hace tres semanas. Lo que sí ha hecho es dar visibilidad y entidad a los antis, a los que lo odian porque no les dio un abono para su cuñado, a los que quieren regalitos y descuentos, a los que piensan que el Raúl de la etapa chepuda era mejor que Maradona, a los nostálgicos de los neonazis… a todos esos los ha puesto en el mapa y les ha dado esperanza. Porque sí, Florentino ha repartido prebendas, ha enchufado gente con descaro y chulería, y ha pensado que los que se quedaron fuera del reparto no iban a acumular las facturas.
¿Ha aprendido, por lo menos, algo de la experiencia? Parece que no. Nada más confirmarse los resultados, entró en directo en el programa de… Pedrerol, reafirmando el apego recalcitrante a fórmulas mediáticas caducas, no muy lejanas a las preferidas por su rival electoral; esto en una noche, por cierto, en la que el canal del club NO transmitió las elecciones. ¿Temían los presentadores no poder gestionar emocionalmente una potencial derrota? Si bien la campaña liderada por Bengoechea ha tenido algunos aciertos (bastaba con modernizar mínimamente el lenguaje comunicativo), los resultados hablan por sí mismos: uno de los escasos efectos positivos ha sido evidenciar que el Madrid tiene innumerables enemigos mediáticos, lo cual quizá no era un grandísimo secreto.
Josep Pedrerol: “¿Riquelme ha sido un buen rival?”
Florentino Pérez: «No sé, yo no lo conozco.»
Esto no es serio 😭😭 pic.twitter.com/pc8FuKRo9V
— (fan) yas (@yassronaldo) June 7, 2026
Podrá argüirse que todo esto no tiene mayor importancia, puesto que Pérez conserva el poder y tiene libertad para afrontar tanto la reforma deportiva como el cambio societario precisados por el club. No es el caso: aunque asumamos que en lo deportivo vaya contra sus instintos, dejando a Mourinho trabajar con libertad, y que el portugués conserve la suficiente aptitud para reconstruir el equipo, Pérez ha cometido un error fatal: dejar que sea la oposición quien lidere el relato sobre la reforma societaria, presentándola como una «venta del club» (Riquelme se jactó de evitarla nada más perder) y sacando casi cuatro de cada diez votos con ello (por cierto con un paupérrimo porcentaje de participación del 44%, que no hace más que reforzar lo inadecuado del sufragio universal para regir una institución de este tipo). Mi pronóstico es que al neoelecto presidente se le ha quedado tal miedo en el cuerpo que va a dejarle el regalito del cambio legal al sucesor que llegue cuando él fallezca, porque parece obvio que quiere morir en el puesto. El problema es que en ese momento se volverán a celebrar elecciones, donde como hemos visto es perfectamente posible que gane un Riquelme de la vida, dejando a la entidad expuesta a todos los puntos débiles de su actual modelo, heredado de los tiempos adánicos en que era un simple club deportivo.
Florentino ya falló trágicamente apostando por pasado en lugar de futuro al atarnos tres décadas más al solar de la Castellana, y ahora ha vuelto a patinar escandalosamente dejando la reforma societaria en la mayor incertidumbre, por no decir muerta antes de nacer. Veremos si logra cerrar su etapa con una nota más esperanzadora, pero por ahora el futuro que nos ofrece es su decrépita facha de Skeletor sin molla y una junta cuyas edades sumadas rozan los dos milenios. Ha sido un gran presidente (nunca mejor que Bernabéu), pero su gigantesca soberbia ha dejado al Madrid tocado, reactivando a su ala más folclórica y rancia; una facción que ha pasado de vivir en un frío y oscuro agujero a recuperar esperanzas de controlar el club, hundiéndolo en la irrelevancia y la anticompetitividad, pero eso sí, haciendo burbujitas con sus pedos en las piscinas climatizadas de Valdebebas.









