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No me pegue más, señor Benito


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Coronaencuesta


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El fútbol que queda

La práctica del deporte profesional está fuertemente asociada a la burguesía y a un cierto nivel de bienestar material. Si bien en épocas remotas existían fenómenos como los Juegos Olímpicos de Grecia, el circo de Roma y las justas medievales, no es fue finales del siglo XIX que se hizo factible para un gran número de personas convertir una actividad física recreativa en una ocupación a tiempo o completo o semicompleto, hasta llegar a la creación de competiciones profesionales en multitud de disciplinas.

La gravísima emergencia que está sufriendo el planeta ha paralizado casi todo en nuestras vidas, y ciertamente el deporte no es una excepción. Aunque principio sólo pararon un puñado de ligas y deportes, pronto el fenómeno se generalizó, con la Premier como último bastión de las grandes Ligas europeas. Finalmente Bretaña cayó, y hace unos días le siguió la Liga australiana, que resistía heroicamente. Tan sólo un muy reducido de campeonatos sigue jugándose, a saber:

EUROPA

– Liga bielorrusa: Bielorrusia es un país curioso, casi tan grande como el Reino Unido y el mayor de los europeos sin mar, pero con una pequeña población de 10 millones. A tenor de las cifras oficiales, el coronavirus es absolutamente anecdótico allí, con tan sólo 62 casos activos y ningún fallecido, por lo que no han encontrado motivos para suspender su liga, que empezó el día 21 de este mes. El torneo cuenta con 16 equipos, y el club dominante es un viejo conocido, el Bate Borishov, que ganó todos los campeonatos desde el 2006, hasta que el año pasado el Brest rompió su hegemonía. La Segunda división empezará a disputarse en Abril.

– Liga islandesa: Los 1.000 casos de coronavirus en Islandia son bastantes para su minúscula población de 300.000 habitantes, pero hasta ahora sólo han tenido dos fallecidos. Salvo novedad, su primera división, la Pepsideild (os dejo adivinar quién es el patrocinador) arrancará normalmente a finales de Abril. El campeón más habitual es el Hafnarfjordur, que puede pronunciarse sin una polla en la boca si lo lees «jafnarfiordur».

ASIA

– Liga de Tayikistán: Encajonado entre países gigantes como China, India y Kazajistán, Tayikistán parece minúsculo, pero es en realidad es mayor que países como Portugal, Austria, Hungría o Chequia. Tiene algo más de 8 millones de habitantes, de habla rusa y tayika (una especie de persa), y su liga profesional cuenta con 8 equipos (uno por millón de tayikos). Los datos oficiales (fiables o no) reportan cero casos de coronavirus, y el campeonato se iniciará el próximo fin de semana.

-Liga jordana: Un caso similar a los anteriores: país pequeño con una población reducida, de unos 10 millones. Hasta ahora sólo ha registrado un fallecimiento por coronavirus. Su liga tiene 10 equipos, y aunque se detuvo a principios de Marzo con sólo una jornada disputada, se reanudará esta misma semana.

– Japón: Japón ha registrado hasta ahora 54 fallecidos. El gobierno no impuso el aislamiento más que a los grupos de riesgo y a los infectados, aunque sí exigió cuarentena a los recién llegados al país, y está sopesando restringir fuertemente la entrada de vuelos. Su liga se detuvo con sólo una jornada disputada en Febrero, pero se ha anunciado su reanudación para la segunda semana de Mayo.

AMÉRICA

Todas las Ligas CONCACAF y CONMEBOL se han detenido, con una única excepción: Nicaragua. Con 6 millones y medio de habitantes, el país centroamericano ha reportado únicamente 3 casos y un fallecido. Su Liga Primera tiene 10 equipos y va por la jornada 12 del Torneo Clausura, que se está disputando con normalidad. ¿Cuál es su equipo más molón? El Real Madriz, por supuesto.

Eso es todo en cuanto a fútbol, exceptuando un puñadito de amistosos masculinos y femeninos que se están disputando en Suecia; como veis, si la temporada que viene siguiéramos en cuarentena, la Champions tendría un campeón bielorruso o islandés (?). En lo que respecta al baloncesto, la liga francesa (que no depende de la federación nacional) se reanudará esta semana, convirtiéndose en la única en activo del mundo junto con las de Taiwan y Tayikistán. En cuanto al resto de deportes, por lo que he podido ver siguen en activo los siguientes campeonatos: Liga sueca de Waterpolo; Liga rusa de ping pong; Ligas turca y rumana de voleibol; Liga italiana femenina de voleibol; y acabando por donde empezamos, Bielorrusia mantiene activa su liga de hockey hielo.

Aunque ahora mismo el deporte es un tema muy secundario, es inevitable que los aficionados se pregunten cuándo volverán sus campeonatos favoritos. Parece algo muy lejano ahora mismo, pero considerando que no hay Eurocopa, si la cuarentena se levanta en Junio y se reservan unas 3-4 semanas de «pretemporada», habría tiempo hasta Septiembre para disputar las jornadas que restan (siempre que a alguien no se le ocurra la genialidad de sugerir que jueguen las selecciones); de hecho, jugando Domingo-Miércoles se podrían ventilar las ligas en poco más de un mes. Desde luego sería una anomalía, y exigiría extender un gran número de contratos, pero imagino que los clubes preferirán esto a dejar inconclusa la temporada 19/20. Como con tantas otras cosas de esta crisis, sólo el tiempo nos dirá la respuesta.

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Diario de un borrego – Capítulo 2


Un marciano fumiga Sabaneta.

Una semana ya formando parte del planeta cárcel. El miedo y la preocupación aumentan a nivel global, y la gente acepta sin mayores alharacas encierros de mayor o menor duración e intensidad. A estas alturas lo que uno quiere es hacer lo necesario para recuperar la normalidad, pero no puedo evitar seguir cuestionándome la relación entre los costes y los beneficios. España ha vivido escenas dantescas en las que ya no tenía dónde poner sus cadáveres, y se ha visto obligada a habilitar instalaciones asistenciales de refuerzo a toda prisa; obviamente es algo desolador que nadie desea, pero la gran pregunta es si la solución es confinar durante semanas a millones de personas, incluyendo la mayoría de la población activa.

Es una pregunta que se puede y se debe hacer; Craig Pirrong, autor de uno de los blogs de economía más interesantes de la actualidad, Streetwise Professor, publicaba esta semana un artículo, Are We Destroying Society In Order to Save It? donde calculaba a cuánto salía cada vida salvada en los EEUU suponiendo que se salvaban, por ejemplo, 10.000 vidas y se perdía un billón de dólares entre actividad cesante y estímulos. Esto daría un precio de 100 millones por vida, muy lejos de los 10 millones en los que uno puede con mucha suerte asegurar su propia vida, o del valor que la propia persona le suele conceder si consideramos imprudencias como los malos hábitos o el exceso de velocidad; todo esto, claro, sin considerar las muertes que vendrán como consecuencia del desempleo, los peores estándares de vida, el mayor consumo de drogas, etc. Un debate que seguramente no resolvamos hasta dentro de unos años, cuando tengamos datos más fidedignos.

Hablo de planeta cárcel, pero en mi caso es más bien un tercer grado. El gobierno colombiano permite una salida diaria para hacer mercado, y la policía se muestra desinteresada en los peatones solitarios o acompañados de sus mascotas. En la práctica he podido permanecer más de una hora al día en la calle, caminando hacia supermercados o haciendo como que voy hacia ellos; hace dos días, sin embargo, se introdujo la restricción del pico, término que en Colombia se refiere a la descongestión mediante turnos. En virtud de esta norma, sólo se podrá comprar en las tiendas tres días a la semana, según el último número de tu carnet; aunque esto es un fastidio, en la práctica no debería limitar mucho la capacidad de pasear.

Al margen de todo lo anterior, he de admitir que mi rutina no ha cambiado excesivamente. Sigue llegándome trabajo de traducción, y no paso mucho más tiempo en casa que antes. Las únicas costumbres de las que he tenido que privarme son correr, tomarme algo fuera en las tardes e ir al cine. Doy gracias por la amplísima terraza del apartamento, que no sólo oxigena sino que me permite ver un buen pedazo del valle que encajona Medellín y sus alrededores. Valle que por cierto sigue en «alerta ambiental», pese a la radical reducción del tráfico rodado en la última semana, lo cual deja en evidencia la completa inutilidad del pico para el tráfico rodado, medida emparentada cercanamente con Madrid Central.

Una de mis principales ocupaciones, poco glamurosa si se quiere, es el aseo de la casa. Quien no haya vivido solo quizá no sea consciente de la cantidad de trabajo que puede dar un apartamento de tamaño medio, con sus cacharros por fregar y múltiples superficies que mantener (suelos, vidrios, muebles, baños, balcones, etc.). Son labores que asumo responsablemente pero con poco entusiasmo, volviéndose mucho más lentas de lo que deberían; a menudo, cuando por fin acabas lo primero que limpiaste vuelve a estar sucio. ¡Y aún hay quien se pregunta por qué funcionaba la institución del matrimonio! Lamentablemente, el 80% de los hogares colombianos tienen suelos de baldosas, delimitadas por una lechada que se llena de mugre con extrema facilidad, algo que podría evitarse con modestas inversiones en parquet o tarima; pero es uno de esos detalles en los que nuestros hermanos latinoamericanos llevan décadas de retraso.

Los guantes y tapabocas son el complemento de moda más exitoso de esta temporada, pero pese a ello el virus en sí es mi menor preocupación. Lo que más temo es que la cadena de producción se descabale, lleguemos a situaciones de escasez y se desate el caos, estado al que se llega con relativa facilidad en América Latina; para buena parte de los estratos 1 y 2 y las decenas de miles de inmigrados venezolanos la diferencia sería escasa. No deja de ser profundamente irónico que el final de 2019 y el comienzo de 2020 estuvieran marcados por el oximorónico movimiento del «paro nacional», equivalente a los chalecos amarillos franceses o los «indignados» españoles, y cuya mayor aspiración era paralizar el país y dar una imagen de desligitimación al gobierno, como lograron hacer en Chile; hoy efectivamente el país está paralizado, pero apoya sin fisuras al presidente Iván Duque, quien está mostrando una seriedad y transparencia que ya querrían para sí varios de sus colegas del mundo más desarrollado.

El entusiasmo de los aplausos de las 8 ha mermado notablemente, desde el máximo del segundo día, en el que se usaron incluso vuvuzelas, hasta el modesto murmullo de las últimas noches. En esas horas un coche del ayuntamiento recorre las calles animando a respetar la cuarentena, seguido por otro cargado de soldados bien armados que saludan a quienes se asoman a ventanas y balcones. Aunque son bien recibidos, parece que el pueblo colombiano, eminentemente callejero, está dejando de verle la gracia a su forzado encierro, sobre todo con la modesta cifra de seis fallecidos hasta el momento. Claro que el 8M fue hace sólo 21 días, y parece que hubieran pasado diez años. ¿Cómo estará el planeta dentro de tres semanas?

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Mi trabajo aquí está terminado

Por El Mastuerzo

Mis queridos borreguitos:

¿Cómo estáis? ¿Qué tal lleváis el encierro, ya habéis degollado a algún familiar? Tranquilos, que en dos o tres meses os sueltan. ¡Con unas pajas y algo de Netflix se pasan volando! La verdad es que nunca pensé que un pequeño proyecto de arma biológica fuera a dar resultados tan contundentes; ciertamente no había ofrecido nunca un servicio tan completo y eficaz a mi organización. Y sin embargo… en los últimos días me he encontrado un entusiasmo moderado, con caras largas, incluso con reconvenciones por parte de los superiores. Dicen que «me he excedido», que sólo se buscaba una recesión mundial, no dejar el planeta tan jodido que no quedara nada que rescatar, que los cadáveres acumulados dan mala imagen y desmoralizan a la mano de obra…

A ver, es cierto que el virus estaba calculado para matar mucho menos, añadir unos muertillos extra a la temporada de gripe estacional y dejar que el pánico hiciera el resto. ¿Pero es realmente reprochable que se haya cargado más gente? Una organización que intenta expandir el miedo, el caos y la incertidumbre por el planeta, ¿puede hacerlo controladamente, ajustando graditos como en el termostato del horno? Intentando ser ingenioso, le dije al Comité que habíamos sido casi tan exitosos como el comunismo a la hora de diezmar y destrozar sociedades, pero no parecían convencidos. Al parecer les preocupa que el bicho podría alcanzar al mismísimo señor G, algo que les aterra. Les pregunté si acaso este año no estaba tomando su sangre de muchachitos vírgenes, pero tampoco les hizo mucha gracia. Ya veis que incluso en las redes de conspiración internacional hay gente que aplasta el entusiasmo, la creatividad y la superación de resultados.

De todos modos he intentado que esto no me afecte. He pedido que como recompensa a mi labor me concedan la isla de Jeffrey, y me lo han concedido, pero tiene truqui: me han ordenado no abandonarla «hasta nueva orden». Temo que estos quieran «accidentarme», pero si creen que me voy a dejar sacrificar como mis queridos borregos lo llevan claro; desde luego el Covid 19 no es la única arma desarrollada por Mastuerzo Labs; ¡¡que vengan a por mí!! Mientras tanto, la isla ha retomado sus actividades de ocio, pensadas para ultra-ricos que pueden saltare cualquier cuarentena,. La he rebautizado «Fantasy Island», basándome por supuesto en la serie clásica, no en el «remake» cutre de este año; incluso ya he buscado un enano que gritará con fingido entusiasmo «¡El avión!» cada vez que descienda la avioneta con uno de nuestros V.I.P..

Culminada mi misión y hallándome ocupado en todo esto, donde ya no pinto nada es en Fans, así que devuelvo el control de lo que queda de la página al Socio. Lo veo mal, acojonado, diciendo «la cosa está muy fea»… Bah, un borrego más. En el mundo todos quieren comer tortilla, pero nadie quiere romper los huevos. No me guardéis rencor: quizá os haya dejado la mayor crisis económica que vayáis a conocer, durante la cual estará al mando gobierno más incompetente posible, pero también os he limpiado un montón de viejos que se fundían las pensiones en cruceros. ¿Demasiado pocos para que se note la diferencia, decís? Ah, también aquí me encuentro únicamente ingratitud.

En fin, os dejo, que estoy empezando a notar una tos algo jodida. Disfrutad del encierro, no olvidéis aplaudir de vez en cuando y confiad en la sabia dirección del mentiroso patológico y del comunista; ¿qué coño podría salir mal? Feliz crisis, ¡¡y que os jodan!!

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Diario de un borrego

Por el Socio

Tras las recientes disposiciones del gobierno colombiano, mi destino se ha unido al de mis compatriotas españoles y de buena parte de la población mundial, viéndome abocado a varias semanas de encierro involuntario. Ya soy un borrego más, si bien no un borrego aplaudidor: aunque casi toda la «gente lista» del mundo parece convencida de las bondades de convertir el planeta en una cárcel, yo, que debo ser muy obtuso, soy aún incapaz de verlas; todavía falta quien me explique, muy despacito, cómo la libre circulación de las personas puede afectar una población de riesgo que ya debería estar aislada de todo contacto no profiláctico, y cómo las aterradoras consecuencias del encierro, que tendrán un alcance de años, pueden ser preferibles a una política sanitaria suplementaria y de campaña (que de hecho ya han puesto en marcha muchos países).

El viernes temprano me entero de que a partir de las siete de la tarde deberemos encerrarnos todos en nuestras casas. Tras realizar algunos quehaceres, almuerzo, me pongo ropa deportiva y salgo a correr. Es la primera vez que hace sol en muchos días, pese a lo cual el paisaje montañoso típico del valle del Aburrá está brumoso; de hecho, antes de la alerta sanitaria llevábamos semanas de «alerta ambiental» en Medellín, la cual se decreta ante la presencia de ciertos gases en la atmósfera; la respuesta de la Gobernación de Antioquia (el equivalente a una CCAA) es restringir el tráfico de vehículos (aunque su contribución a esos gases sea minúscula) y cerrar todos los polideportivos de la región, auténticos pulmones donde miles de jóvenes se refugian de la haraganería y la marginalidad; porque claro, es mucho mejor tumbarse en casa que hacer deporte en medio de «gases venenosos»; está claro que el gobierno antioqueño, como la OMS, está lleno de «gente lista». Así pues, inicio mi carrera en los solitarios alrededores de la Unidad Deportiva preguntándome cuándo podré volver a gozar de ese privilegio.

Cuando regreso a casa faltan dos horas para el encierro, y decido apurarlas todo lo posible, saliendo para comprar algunos víveres y observar el panorama. No vivo en la propia Medellín sino en Sabaneta, un municipio algo más al Sur, que podría equivaler a un Móstoles o Getafe pero mucho más pequeño, y aún con trazas de pueblo. Mi recorrido me lleva por el corazón de la población, y el primer supermercado por el que paso es «La vaquita»; un empleado sólo permite pasar a una persona a la vez, tras lo cual cierra y limpia meticulosamente la puerta de vidrio. Se requiere fácilmente una hora para entrar; la venezolana lectora de Paulo Coelho que solía apostarse en la entrada esperando limosnas, acompañada de su hija, desapareció hace días. Resulta llamativa la tendencia de la gente a comprar en sus «súper de confianza» incluso en una situación como esta, cuando multitud de tiendas de barrio ofrecen una cesta de la compra muy razonable sin ningún tipo de espera. Yo me dirijo a un pequeño supermercado de la cadena «Justo & Bueno», cuyas estanterías están ya muy vaciadas. No obstante, logro hacerme con los principales suministros que buscaba: distintas denominaciones alcohólicas.

Tras la compra doy un paseo por el pueblo, incluyendo su célebre parque, una población que muestra un aspecto normal por última vez en quién sabe cuánto tiempo. No tiene sentido alargar más la cosa, así que regreso a mi apartamento, donde inicio el encierro. A las ocho ocurre algo muy poco sorpresivo: la gente acude a sus balcones y ventanas a aplaudir, porque si algo es seguro en la época de la supercomunicación es que todas las cursiladas gregarias se copian tan rápido como lo permite la velocidad del ADSL; no deja de ser una válvula de escape para una situación tan complicada como esta, pero no por ello es menos pueril; me prometo a mí mismo que, ante la tesitura de asomarme al balcón a aplaudir o de saltar por él, optaré por la dignidad de lo segundo. Aquí hago un momentáneo salto temporal para describir los aplausos de los siguientes días, que ahora se ven acompañados de aullidos, cláxones, encendido y apagado de bombillas, linternas de móviles y potentes haces de luz convencional y láser, conseguidos Dios sabe dónde. Toda ocasión es buena para explotar la principal afición nacional colombiana: el ruido.

El amanecer del nuevo día me revela que el encierro me va a dispensar de la misa de las 7:45 que diariamente se celebra en la pequeña iglesia del ancianato de enfrente, debidamente dotada de unos potentes parlantes para que incluso quienes somos ateos gracias a Dios recibamos hasta la última palabra del sermón (no es desde luego una particularidad de este templo, sino la norma general en el país). La misa de tarde tampoco se celebra, pero quienes aparecen puntuales son las ajadas monjas con sus dos tandas diarias de rosarios, convencidas de que la repetición obsesivo compulsiva de aves marías a 70 decibelios de algún modo agrada al Señor, a la hebrea muerta hace 2.000 años objeto de su devoción o a la vecindad inmediata.

Me planteo si debo pasar ese primer día verdaderamente encerrado o si vale la pena «desafiar a la autoridad» con una pequeña incursión en el exterior (en todo caso permitida). Decido hacer lo segundo, y tras un primer intento frustrado por la lluvia, me dirijo a otro pequeño supermercado muy cercano a mi casa. Es la primera vez que camino por calles fantasma, y no puedo dejar de preguntarme por las devastadoras consecuencias psicológicas que traerá el encierro decretado por la «gente lista»; si alguien aún joven y acostumbrado a la soledad como yo no puede evitar permearse del opresivo y desolador ambiente, ¿qué será de las personas más mayores y vulnerables? ¿Cuántas usarán a los cajeros de los súper de psicólogos y confidentes, ahora que las han privado de sus paseos y actividades cotidianas? ¿Cuántas depresiones, suicidios e hipocondrias crónicas costará intentar salvar a unos millares convirtiendo en presos a miles de millones? ¿Cuántas familias arruinadas, cuántas carreras académicas truncadas, cuántos hogares perdidos? ¿Es copiar los burdos métodos de la tiranía china la «única opción razonable»?

Ante la escasez de productos le pregunto al cajero cada cuánto repondrán, a lo cual me responde «todos los días». No deja de ser un alivio, pero la inevitable pregunta interior es: «¿Hasta cuándo?» Vuelvo a casa, y mientras juego unos «marcianitos» me entra sueño; decido irme a dormir pronto, ¿para qué alargar la jornada dadas las circunstancias? Antes de acostarme vuelve a sonar la bulla, esta vez con propina de cacerolada; de nuevo me niego a secundarla. Soy un borrego, sí, pero por ahora no he balado con el resto del rebaño.

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