Hay quien considera que nacer en España es un regalo de Dios, y otros que es como una patada en los cojones. Realmente existen pocos lugares (¿Italia?) con tanto contraste entre un pasado glorioso e imperial y un presente tan casposo y provinciano. Sin embargo España, muy peleona ella, tiende cada cierto tiempo a intentar resurgir, a asomar esa cabecita tan estratégicamente situada entre Europa, Asia y África, recordádole al mundo que podría ser la repanocha. Pasó con el Caudillo (operación abortada por el hecho biológico), pasó con el último Ánsar (operación abortada vía cosplay de islamistas), y parecía que iba a pasar muuucho tiempo hasta el siguiente amago, pero hete aquí que se nos ha presentado lo que los modernos llaman una ventana de oportunidad.
Lo desarrollo: tenemos a un sociópata en el Trono de Hierro, pero a pocos hubiera extrañado que se mantuviera ahí una década por culpa de la acusada incompetencia de quienes debían hacerle frente, ese Partido Impopular que, precisamente desde aquel malhadado 11M tiene como principal afán mimetizarse ideológicamente con las siglas rivales. Parecía que nos veíamos abocados a una derrota del centroderecha en 2024 o bien una victoria por la mínima, con Capado constantemente enfrentado a un socio verde empeñado en el quijotesco intento de mantener las esencias culturales y democráticas del país.
Pero hete aquí que el susodicho Capado, en lugar de culminar su plan de cazar a la indefensa pitorra Ayuso, ha acabado siendo, por torpeza propia, víctima de su Azarías murciano. El panorama queda así despejado para una candidatura presidencial de Núñez Feijoo… o de la propia Ayuso. Ignoro lo que pasa por la cabeza del gallego, personaje que ha tirado trabajosamente de Galicia hasta sacarla en parte de su pertinaz atraso, pero al tiempo decididamente antipático por su criptonacionalismo. Quizá esto sea un desiderátum mío, pero no veo al orensano con excesivas ganas de dar el salto nacional, pudiendo mantenerse como sultán de su comarca básicamente hasta la muerte, como hizo su predecesor Fraga; además, su capacidad de recuperar votos voxeros se antoja francamente limitada. Si yo fuera asesor del PP, les diría que pusieran a Feijoo a dominar el partido con puño de hierro, repartiendo prebendas y carguitos hasta que se fundieran los polos, y que en 2024 soltaran a Isabel al ruedo ibérico para cortarle orejas y rabo al rey loco.
¿Y cómo sería una España gobernada por Ayuso? No quiero exagerar las virtudes de la presidente madrileña, pero si algo hay que reconocerle es instinto político (en el buen sentido) y capacidad de rodearse adecuadamente, algo que ya la pone por encima del 90% de sus colegas de profesión. Mi pálpito es que simplemente con ponérselo fácil a la clase productiva, aplicar algo de sentido común a la gestión presupuestaria y pner freno a los delirios más obvios de la chusma rojo-separatista, el país podría recibir un enorme impulso durante los cuatro, ocho o más años que Isabel III estuviera al mando. ¿Desenlace imposible? No lo digamos tan rápido, el drama apenas acaba de comenzar.
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En cuanto al Madrit, por sorprendente que resulte parece que se está realizando un serio esfuerzo por contratar al delantero noruego Leatherhead Haaland (el enemigo empieza a darle crédito a la operación y eso, se mire como se mire, resulta francamente inusual). Es un movimiento poco característico en un Florentino que tras la etapa «galáctica» pareció quedar escarmentado de juntar estrellotas en el club, modelo que no acabó de cuajar la primera vez. Más bien la idea era tener un megacrack y otros no tan cracks pero que pudieran ser escuderos de lujo, o suceder al «mega» en el futuro: Cristiano y Caca, Cristiano y Benze, Cristiano y Bale, Mbappé y nadie… ya captan la idea.
Pero esto de juntar a los dos número uno indiscutibles en el mismo equipo es novedoso. Sería como recuperar a la legendaria pareja Di Stéfano-Puskas, o como si el Ronaldo Nazario que fichamos en su momento fuera la versión del Barcelona, no la que tenía la rodilla colgando. Las consecuencias de este doble fichaje, a poco que se les rodeara de un buen equipo y de un entrenador que no fuera un inútil, serían insospechadas. ¿Tripletes, cuadrapletes, octapletes? ¿Un 0-10 en el Spotigay Kampf Nou? ¿Ganarle al Elche en casa? En fin, cosas portentosas.
En todo caso, si llegamos a hacer semejante burrada (que está muy lejana aún, no nos confundamos), y además tuviéramos un estadio que fuera un OCNI y generara mucho dinero, sería genial acompañar todo esto, por una puñetera vez en la vida, con una idea definida de club más allá de «fichar bien y generar mucho dinero», y de paso tener, después de varios siglos, el suficiente peso institucional para que no nos pitaran como si fuéramos el Conquense. Vamos, simplemente con que se tiraran bien las líneas del puto VAR ya sería un éxito. Incluso es posible que, si el equipo resultante fuera lo suficientemente bestiajo y se acercara peligrosamente a las 20 Champions, todo el mundo quisiera acompañarlo a una futura Superliga, no sólo para recibir la luz del astro sino para también, en cierta forma, empezar de cero.
España y el Madrid, siempre en esa delicada frontera entre lo sublime y lo esperpéntico, ante la mirada embobada de una ciudadanía/afición que a menudo tiene suficiente con no cagarse encima. ¿Hacia qué lado de la línea caeremos? Puede que lo decida algo tan azaroso como una ráfaga de brisa.






