
Elecciones fantasma
El senecto y desorientado presidente del Real Madrid, tras dos temporadas calamitosas directamente derivadas de su gestión, ha epatado al madridismo ofreciéndole una solución infalible: alargar aún más su ya excesivo y agotado mandato mediante una reelección; si no queríais caldo, ahí van cinco tazas. Aunque la decisión es producto principalmete de un inabarcable ego, conserva algo de su antigua astucia, pues Pérez sabe que en un paisaje social y empresarial tan abrumadoramente mediocre como el español es casi imposible que alguien se atreva siquiera a darle la pelea.
Solemos citar la dureza de los requisitos estatutarios como motivo de esta abulia, pero aquí quiero ser justo: si bien los aproximadamente 180 millones que hay que avalar son una cantidad considerable, debe recordarse que esta puede ser reunida entre todos los miembros de la junta, no sólo por el candidato a presidente. En un país con un tejido económico sano, no debería ser una proeza que tres o cuatro empresarios se unieran para aportar ese capital, pero hablamos de la España que lleva décadas autosaboteándose con «políticas sociales» y dislates semejantes, o dicho de otra forma, un país de tiesos.
Más cuestionable es el doble requisito de ser socio y tener al menos veinte años de antigüedad, toda vez que la concesión de nuevos carnets se cerró hace muchos años, convirtiendo de forma incomprensible en beneficio hereditario lo que antes era de acceso universal y popular; medida, por cierto, que sin duda habría soliviantado a Bernabéu, a quien últimamente se suele colocar por debajo del empresario del BOE, anodino imitador del verdadero demiurgo del madridismo. La excusa dada por el don es que «nadie que no tenga abono quiere ser socio», dato que sacó directamente de sus cojones. Vicente Boluda, poco sospechoso de antimadridista, lo tiene muy claro.
Borregos por trasquilar
Nos encontramos así ante unas elecciones casi amañadas por el número desesperadamente bajo de potenciales candidatos, virtud a una reforma aprobada hace aproximadamente 15 años en asamblea de socios compromisarios, donde mi cartulina fue una de las pocas rojas en un mar de verde; fue entonces cuando empecé a ver que todo era una farsa. Pero Florentino cuenta con un aliado igual de fuerte que estos límites estatutarios: la profunda estupidez del madridista medio, que en realidad es casi la misma que la de cualquier aficionado al fútbol (sin llegar al nivel de un seguidor del Atlético o el Valencia, claro). Para comprobar la estulticia del merengue promedio que pulula por la red basta con ver las reacciones a las dos recientes intervenciones presidenciales, en rueda de prensa y en la Sexta, respectivamente: ambos despliegues de egolatría y desconexión de la realidad fueron recibidos por esta masa internetera como el regreso de Aragorn a Gondor, si Aragorn midiera 1,68, tuviera más años que Gandalf y en vez de en caballo fuera en taca taca.
No exagero en absoluto: la edad mental del madridista medio se puede situar en los quince años, siendo incluso algo generoso. El puñadito de comunicadores madridistas con dos dedos de frente que quedan intentaron dar una visión de estas comparecencias alejada del triunfalismo simplón, obteniendo resultados desoladores. Excluyo a Angulo por ser alguien que vende intencionalmente polarización, pero los intentos de Ramos Neira y Pepe Kollins de explicar por qué Florentino básicamente había hecho el ridículo fueron recibidos con hostilidad abierta, acusaciones de traición y, el gran clásico, alusiones a supuestos pagos. España ha criado ya a un par de generaciones de imbéciles, y Florentino a su vez ha contribuido a ello infantilizando y estupidizando a la masa social merengue, tanto a la clase de tropa como a la esclavizada por su carnet de socio (mi tesssssoro…). Algunos ejemplos concretos: Mongomadridista 1 y Mongomadridista 2.
El espejismo Riquelme

Vestido por su enemigo.
No nos engañemos, Riquelme es la nada con sifón: en todos estos años jamás se ha erigido como oposición ni ha hablado de su supuesto proyecto para el Madrid, tiene el carisma de un besugo y su amistad con elementos como Casillas pintan un cuadro muy nítido: el de un megapipero. No dudo, por supuesto, que le fascina la selección española, y que le oiremos frases del estilo «cuando juega España, soy el mayor fan de Lamine». En cuanto a los huevos, se los debió dejar en las aspas de uno de sus molinos, porque en las últimas elecciones le faltaron para presentarse y en estas ha escrito a Florentino para pedirle que le entregue el poder plácidamente uno de estos años, lo cual denota dos cosas: que es muy tonto y muy maricón.
Está por ver que logre reunir el aval, porque este es un «tieso de renovables», uno de esos «ricos en acciones» que luego tienen el coche en leasing y aún deben diez años de cipoteca. Eso sí, necesitamos desesperadamente que se presente, para que por primera vez en veinte años el anciano se vea obligado a dar explicaciones sobre algo. La «propuesta» de Riquelme ya me la veo venir: en ningún momento cuestionará el dislate de la reforma, porque sabe que es parte de la fe del carbonero del mongomerengue («el mejón estadio del mundo»), pero sí hablará mucho de «españolizar plantilla», «promocionar la cantera» y (esto será con diferencia en lo que más insistirá) «mantener la propiedad de los socios».
Ah, sí, la sacrosanta propiedad, que es para el mongomerengue como la cruz para el cristianismo: el presidente debe elegirse democráticamente, tal como se hizo desde el principio de los tiempos; lo que no saben estos palurdos es que Santiago Bernabéu fue escogido por aclamación de la junta directiva en 1943 tras la dimisión de Antonio Santos; básicamente buscaron a un figura que les pareciera adecuada y dijeron: «¡Viva tus cojones!» Y ahí se quedó hasta el 78, cuando la espichó; muy democrático todo. De hecho las (putas) elecciones se instauraron tras su muerte (salió Luis de Carlos), pero no crean que se respetaron siempre: el muy querido por los piperos Lorenzo Sanz dio un golpe de estado con la junta, destituyendo fulminantemente a Mendoza sin que se depositara una sola papeleta en una urna. No se oyó decir nada a la masa borrega, que seguramente ni recuerda este episodio.
Pero sí, Riquelme insistirá sobre este punto, porque a falta de ideas es de lo poquito que tiene para agarrarse. ¿Y Florentino, qué dirá? Probablemente nada, porque tampoco tiene cojones (sólo la arrogancia del déspota) y es absolutamente incapaz de explicar nada a la masa social, la cual prefiere sumisa e infantilizada. Ha tenido años y años para explicar la transición hacia un nuevo modelo, pero le parece un concepto demasiado complicado para explicar a una afición cuyo esquema mental no pasa del «club de los socios, juanito maravilla, raúl eterno 7, unga unga». Por tanto, el anciano tirará balones fuera, si acaso dejando ver un cambio societario mínimo en el futuro («en 2040, cuando yo esté pensando en retirarme»), acompañado por supuesto de pingües beneficios para los socios (¡100.000 € para cada uno!). Obviamente, el carnet no se va a monetizar en este milenio, primero porque sería un reparto potencial de 10.000 millones, y segundo porque la cantidad de socios (empezando por mí) que pasarían por caja amenazaria con dejar el censo en un tercio de su actual tamaño. El socio es siempre alguien a quien sacarle el dinero, jamás a quien dárselo, así sea un pequeño dividendo.
En fin, la única de estas propuestas que sería útil a día de hoy sería la de españolizar la plantilla, porque (generalmente) implicaría BLANQUEARLA (not racist).

¿Cómo es el dichoso modelo alemán?
La clave es la llamada regla del 50+1, según la cual el club matriz (la asociación de socios) debe conservar al menos el 50% de las acciones más una acción adicional, de modo que los inversores externos no puedan tomar el control total de la entidad. En el caso del Bayern, el club tiene el 75% de las acciones, y el resto se las reparten Adidas, Audi y Allianz.
Y sí, tienen putas eleccions (¡bieeeeen!), pero ojo, que hay truco: un candidato a presidente tiene que ser aceptado por la junta anterior, y se sobreentiende que es una figura del club o un gran empresario; en la práctica, es la propia junta quien propone al candidato y los socios lo aprueban en un plebiscito; para dejarlo aún más claro: desde 2002, año en que el Bayern cambió de modelo, ha habido cuatro presidentes elegidos en candidatura única, y el actual fue anteriormente presidente de Adidas. En fin, un modelo que le vendría de puta madre a Flo y seguramente también al club, por la inyección de pastita permanente, pero no, dudo que el anciano vaya a entrar en ese jardín, que es absolutamente lo único que le puede hacer perder, su 11-M; muy especialmente se callará la parte de los candidatos únicos («mire usted, en el Bayern se escoge presidente con toda normalidad»).
¿Qué nos espera?
Florentinismo, claro; florentinismo hasta que la diñe el viejo. Ni sus chupapopollas ni sus enemigos desean ni esperan otra cosa; si faltara la momia, Fonsi Loaiza se alistaría en alguna guerrilla centroamericana, MondeMon se quedaría sin fuentes y Bengoechea se iría de misionero a África, a explicarle a los negritos que algún día verán la Champions gratis. El Paleti y el Barsa también se quedarían descolocados, sin nadie a quien culpar de los «atracos arbitrales» que sufren.
Florentino Pérez es una de las pocas constantes que nos quedan en la España Zapatero-Sanchista, y esa es la mediocre comodidad que podemos esperar de un señor cuya última gran idea fue abrir un foso de 370 millones. Podremos divertirnos con el show de Mou, pero el futuro es totalmente incierto; en este momento ni siquiera sabemos si podremos jugar con un césped en condiciones. El Madrid siempre se las ha arreglado para sobrevivir, pero la travesía que viene se antoja muy, muy larga y solitaria. Avanzaremos por el desierto bajo un sol cegador, casi sin agua, obligados a matar a un camello cada semana, y nadie, absolutamente nadie vendrá a rescatarnos.