El presidente de la UEFA, organismo que debería ser un simple coordinador entre los clubes europeos y estar permanentemente abierto al diálogo con los mismos, habla de «rebeldes» como un proxeneta habla de sus putas o como un narcotraficante de sicarios que han desertado a una banda rival. En el frente arbitral, se priva de la victoria a un Madrid exhausto y heroico merced a una línea del VAR que mostraba la posición manifiestamente legal de su delantero; una semana después, su máximo rival, convenientemente y por enésima vez, acaba contra diez por una entrada que apenas amerita amarilla contra el niño dorado e intocable de la LFP. Con esto no digo que los árbitros no nos favorezcan nunca; en ocasiones lo hacen, como al final de la pasada Liga, aunque pienso que más por incompetencia que por cualquier otra cosa; pero cuando se adivina intención o «tendencia» en los errores, el equipo beneficiado es siempre muy claro; las estadísticas de rojas y penaltis acumuladas a lo largo de los años son simplemente demoledoras.
La cuestión es por qué seguimos viendo este pantomima, y hay algunas respuestas bastante sencillas: la enorme fuerza del hábito, cuando no del vicio; los contados momentos en que la competición sí es digna de ver; el deseo de socializar mediante la identificación grupal, ya sea en el trabajo, con los amigos o en páginas como esta; etc. Sí, existen motivos comprensibles para seguir presenciando este espectáculo frustrante y corrupto, pero debemos luchar por alejarnos de él, y sobre todo impedir que otros se contagien. Uno puede asumir que el fútbol es una droga y que los yonkis no se desenganchan, pero por favor, nunca permitan que sus hijos adquieran una afición tan nociva; el «deporte rey» sólo les servirá para desperdiciar una infinita y preciosa energía mental, desvelarse por analfabetos multimillonarios a quienes la afición les importa muchísimo menos que cualquiera de los coches de su garaje, y marchitarse esperando que de un mundo colmado de intereses bastardos salga algo bello y justo.
Si encuentran a sus niños viendo un partido o colgando el póster de un futbolista, saquen el cinturón y quítenle a base de amorosos correazos cualquier idea de convertirse en aficionados a ese deporte. Anímenlos a que se dediquen a cualquier cosa más productiva, como el cultivo de lechugas, el coleccionismo de mariposas o el activismo por los derechos de los inmigrantes. Incluso si un día sorprenden a su vástago suyo siendo sodmizado por su compañero de instituto Kevin Stíven, piensen que al menos ha obtenido algo de placer, lo cual es mucho mejor que la sensación constante de que te están apretando los cojones con unas tenazas que experimentan la mayoría de aficionados futboleros.
Sobre todo, nunca, bajo ningún concepto, les enseñen que el fútbol puede transmitir valores, cultura del esfuerzo o una forma determinada de ver la vida, independientemente del equipo al que se siga. El fútbol transmite tantos valores como la NFL, la Fórmula 1 o el MMA: ninguno de ellos son deporte sino negocios turbios basados en el deporte, protagonizados por mastuerzos y dirigidos al mínimo común denominador. Sí, en tiempos pretéritos el fútbol, y en particular el Madrid, pudo ser otra cosa: un club surgido del desastre de la guerra, que aspiraba a ofrecer un espectáculo honesto y asequible a las clases populares, y que conquistó Europa con una camiseta de algodón inmaculadamente blanda. Hoy día esa camiseta publicita a dictadores árabes, el club expresa luto con Morricone y cinta aislante, y sus jugadores parecen salidos de correccionales. ¿Cómo cojones puede admirar un hombre de una pieza a personajes con la pinta de Ramos o Militao?
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Por supuesto, no digo que el Madrid no deba luchar hoy su semifinal contra el Chelsea, por amor propio y por todo el esfuerzo que ha invertido para llegar hasta ahí. Al equipo ya sólo le queda la dignidad, y si quieren masacrarnos arbitralmente, al menos que nos pillen en pie y mirándolos a la cara. No sé si ganar la 14 nos servirá de algo en esta lucha quijotesca, pero desde luego será mucho más útil que simplemente perder. Si aplastan nuestra ambición y nuestro afán de crecer, que al menos nos quede el consuelo de ser los mejores por enésima vez; los mejores, aunque apenas nos queden más valores que ese, y aunque nos rodee un inmenso océano de mierda.
Y eso sólo en el mundo del fútbol, claro, porque si saltamos a otros ámbitos… Derek Chauvin, el policía que tuvo la inmensa desgracia de cruzarse con el toxicómano y delincuente convicto George Floyd, acaba de ser declarado culpable por un jurado (¡¡la infinita sabiduría del pueblo!!) de no uno, sino de tres crímenes: asesinato involuntario en segundo grado, asesinato en tercer grado y homicidio en voluntario en segundo grado. No me lo invento: ¡¡los tres a la vez!! Un hombre que salió a la calle a hacer su trabajo, que lo cumplió con mayor o menor acierto, quizá con imprudencia, en una situación tan difícil como manejar a sospechoso histérico y con sobredosis, convertido según la «justicia popular» en un asesino y en el personaje más odiado de la nación más importante del mundo; además del oprobio, le esperan décadas de encierro, salvo que se cruce con un juez de apelaciones suicida. ¿A quién le cambió más el destino ese día? No importa, la turba ya está satisfecha; al menos hasta que otro desgraciado con uniforme llegue a una nueva situación límite con un miembro de la raza eternamente sojuzgada.
¿No estáis entretenidos?







