Bueno, sí, ¿no? Estamos de nuevo en eliminatorias de Champions y pensamos: «qué gran especta-culo, esto es lo que mola». Hasta que un día (que se antoja no muy lejano) deje de molar. Basta con ver las cifras del último mercado invernal para ver a qué me refiero:
– Premier League: 830 millones de euros.
– Ligue 1, Bundesliga, Serie A y La Liga: 256 millones de euros.
Este es supuestamente el modelo que no hay que tocar, el que lleva décadas siendo mangoneado a sus anchas por la corruptísima UEFA, a la que ahora se unen, para redondear la fiesta, los jeques y los magnates/mangantes que se han dedicado a convertir a ciertos clubes en monstruosas máquinas de quemar dinero mediantes ingresos externos a la actividad de los mismos. Hasta ahora esto no ha servido para que los clubes «ingleses» acaparen títulos europeos, quizá gracias principalmente al Real Madrid, pero llega un momento en que quien tiene lo mejor y más caro del mercado se acaba llegando el gato al agua.
Puede dudarse todo lo que se quiera de los motivos de Flópor para crear la Superliga, pero la realidad es esta: existe una competición que se está despegando irremediablemente de las demás, y o bien se crea una alternativa o va a producirse un desequilibrio como el de la NBA respecto al resto del planeta. Esto no quita, por supuesto, para que haya gente a quien le guste que la enculen: el Bayern por ejemplo está feliz con el actual modelo, así como una mayoría de grandes europeos cada vez menos grandes, una aquiescencia motivada no en poca medida por el miedo a las sanciones. ¿Pero realmente esto es sostenible? ¿Ver año tras año cómo tú tienes que esforzarte para juntar 50 kilos para fichar un descarte mientras otros pagan 100 por jugadores de clase media?
Hay quien piensa que lo único que hace falta es regular un poco la Premier: Javier Tebas indica que las enormes pérdidas de esa liga (unos 750 millones anuales) la ponen en posición de competencia desleal, pero por lo demás es uno de los principales defensores de la bondad del actual modelo. La realidad es bien distinta: los partidos son cada vez más aburridos, el arbitraje cada vez más demencial -con verdaderos desatinos como la regla de las manos, la gestión del VAR o los alargues interminables-, y no es nada inhabitual que aficionados de toda la vida prefieran cada vez más dedicar su tiempo a otra cosa. A esto hay que darle la vuelta como un calcetín, o va a sobrevivir únicamente la Premier sostenida con dinero de espectadores orientales.
La Superliga es obviamente un terreno desconocido, que requerirá mucha prueba y error. Hay quien alega que será «aburrido» ver todas las semanas a los mejores jugar entre sí, pero al parecer su alternativa es seguir como hasta ahora, con docenas de partidos intrascendentes en un sistema gestionado a medias por una organización ultracorrupta y por ricachos aburridos del mundo que usan los clubes como juguetes personales. Pues yo personalmente prefiero ver algo que rompa radicalmente con todo eso y que, si fracasa, lo haga al menos en sus propios términos y en un intento por arreglar la cosa, en vez de mirar impasiblemente cómo el fútbol termina de reventar, entre la codicia de unos y la complacencia de otros.