Por Geodotto Doppo
Estoy de acuerdo con la gran mayoría de vosotros en que la comunicación de la Superliga fue catastrófica y en que el vis a vis de Floper con Pedreroll provocó una avalancha de caspa sin precedentes, pero creo firmemente que la Superliga es una buena idea, y que Floper, a pesar de la chochez que se le atribuye, puede tener razón en que el fútbol se esté muriendo. Antes de que dejéis de leerme, dejad que me explique:
Floper casi siempre empezaba los razonamientos de la génesis de la Superliga indicando que el fútbol se está muriendo. No sé hasta qué punto serán ciertas esas afirmaciones, pero sí sé que se refería no tanto al interés del aficionado (que se está reduciendo), sino a la supervivencia económica del tinglado, sobre la cual debe tener bastantes datos provenientes de ejercicios pasados como para estar adivinando una tendencia. El aficionado curioso de a pie sólo tiene acceso a las cifras oficiales que publican los departamentos económicos de los clubes, pero todo profesional o conocedor de la contabilidad sabe que esas cifras son fácilmente enmascarables ajustando depreciaciones, orígenes de ingresos, provisiones, etc. De esos números se pueden sacar algunas conclusiones, pero con un poco de esfuerzo adicional cualquiera puede analizar quién se lo está llevando crudo en el sistema actual.
La cadena de valor del futbol (si quitamos el merchandising y otros ingresos extraordinarios), vista al reves, comienza con el aficionado de a pie que paga la entrada o se suscribe a un operador para ver el partido. Ese dinero va al club directamente en el caso de las entradas, y en el caso de la tele a través de intermediarios (operadores y LFP con el reparto que esté vigente). Somos un público cautivo, no nos vamos a engañar: el consumo de fútbol se transmite de personas gestantes y sus compañeres vitales (padres) a hijos, hijas e hijes (que pertenecen al Estado). Una vez infectados con este virus, no hay tratamiento y tenemos que vivir con ello toda nuestra vida. Conozco a pocas personas que han salido de esta enfermedad. Por tanto, uno pensaría que los ingresos de los clubes están más o menos asegurados, teniendo un público adicto que no puede desintoxicarse; uno no cambia de equipo de fútbol tan fácilmente como podría cambiar de sexo (o de género, que ya me lío).
Sin embargo, una y otra vez, salvo aquellos bien organizados económicamente (entre los cuales incluyo al Real Madrid), los clubes no dejan de endedudarse, pedir líneas de crédito in extremis para salvarse, recibir ayudas de diversas instituciones estatales… ¿Por qué una organización con los ingresos asegurados (y avanzados en muchos casos a principios de año) tiene tantos problemas «para llegar a fin de mes? ¿Quién se lleva la parte del león? La respuesta es: los jugadores. En cuanto han flaqueado los ingresos por culpa de la pandemia, se han empezado a ver las costuras y a deshacerse el vestido, produciéndose recortes en las zonas más magras.
Sí, amigos, en este tinglado del jurgol los jugadores son los que mandan, y mandan más si son buenos. Las mayores partidas de gasto de los clubes son los salarios de sus empleados y el desembolso empleado para contratarlos. Si un club quiere mantenerse competitivo debe adquirir a los mejores jugadores y pagarles más que los demás, porque de lo contrario se marcharán sin pensarlo dos veces al club rival, olvidando cualquier lealtad. Un niño de pocos años más que veinte puede tener a un magnate de alguna industria, acostumbrado a lidiar con otros magnates en duras negociaciones, sudando sangre para contratarlo y al servicio de su último capricho. Me imagino que Floper se ha tenido que comer muchos de esos caprichos en sus años como presidente, a tenor de los audios filtrados.
En un mercado donde hay competencia, los sueldos y los fichajes de los jugadores tenderán a crecer mientras sigan creciendo los ingresos, y los grandes beneficiados serán los jugadores, no los clubes y sus márgenes netos; éstos se contentarán con dar algunos beneficios a sus accionistas o socios. Pero hete aquí que han llegado «los jeques» (entiéndase ricachones que se juegan su propio dinero), que están inyectando dinerito fresco de su cartera como si jugaran al PC fútbol en la vida real. Ellos han venido a distorsionar un mercado. El hecho de que puedan gastar sin que haya prácticamente límites hace que los ingresos sean irrelevantes, y que incluso las normativas FIFA de Fair Play Finaciero sean poco efectivas en la contención de la hemorragia de millones (o palotes).
De ahí que una característica de la Superliga que se pasó por alto fuera tan crucial para «salvar el fútbol»: la propuesta de competición incluía un tope salarial para jugadores al estilo de la NBA, que hubiera reducido enormemente la distorsión derivada de la existencia de «los jeques» y de paso hubiera puesto un límite a los desembolsos en salarios y dado la oportunidad para que los clubes tuvieran márgenes. Con este límite no tendríamos a un Messi o a un Cristiano cobrando cantidades desproporcionadas, o a un MBappé fichando por el club que le pague un euro más al mes.
Los liberalios (hola Hughes) podéis tener objeciones a esta medida, pero pensad que no estamos en un mercado libre, un mercado en el que están compitiendo empresas con subvenciones brutales («los jeques») con otras que no los tienen. En esas circunstancias, no hay mercado libre que valga. Puede ser que el formato de la Superliga, los equipos que la componen o el calendario propuesto sean deficientes, pero la propuesta lleva un componente clave para taponar la principal vía de escape de nuestros euros; por eso, aunque mejorable, es una buena idea.
















