Por Rappol
El día después del asesinato virtual de Florentino en el Senado del Fúpbol, un Madrid repleto de novedades obligadas —entre los que salen del campo por motivos varios, incluidas variantes quizás británicas del virus, y los que entran porque están felizmente curados— probó los compresores que había guardado el club para el estreno de la Superliga. Y soplaron de miedo. Los chavales se embalaban como interceptores quemando gasofa por carreteras australianas; y el Cádiz parecía jugar con once kichis y era superado constantemente en cualquier zona del campo por nuestros aguerridos muchachos, seguros de que nadie se ausentaría del campo faltando a la palabra dada. Es quizás lo más triste que deja la noticia de la Superliga De Los Dos Días, esa constatación de que a la gente le importa un pito lo que piensa y que basta una horda mediática de gentuza vociferante para que cambie uno de opinión.
Y a mí me toca un pie todo esto, pero esta vocación occidental para el suicidio por compasión, probablemente solo superada por las sandeces que dice Biden (es impresionante lo mal que está este señor mayor, y decían de Trump), no augura nada bueno. Porque la gente de bien se cansará un día, y la gente de bien está bastante más loca (cuando se pone) que toda esta jarcia pretendidamente beligerante. El trabajo de vaciado de la identidad común para sustituirla por una miríada de identidades difusas y, más que probablemente, parciales y falsas, no puede salir gratis. Porque en la naturaleza, nada es gratis. Y jugar la Champions, menos.
Pero, en fin. Volviendo al mundo real, un Cádiz impotentísimo vio cómo un Madrid solidario se lo merendaba antes de llegar el descanso, simplemente haciendo de todo más. Corriendo más, llegando más, luchando más, marcando más, y mostrando una solvencia en todas las líneas que permitió rarezas como un gol de remate de cabeza en el segundo palo del altísimo Ventolín. Es bello ver a un futbolista sonreír, aunque sea más malo que un dolor. Grandes sonreidores blancos fueron Gravesen (con sus imbatibles gestos técnicos casi incompatibles con la salud osteotendinosa), Macánaman (que era un inglés elegante y chistoso) y ya no me acuerdo de más (porque El Muro no sonreía mucho). Blanco se ve seriote, pero tiene buena planta y ese rictus de aspirante a bad motherfucker necesario para adueñarte de parcelas del campo con porte napoleónico. Me da que va a disponer de minutos próximamente, porque con los virus (y los ingleses) nunca se sabe.
Abundando en las buenas noticias, Limitao cuidó de Guaidó, Carvajal volvió sin incidencias musculares y nadie tuvo que abandonar el campo en camilla. Porque aunque hicimos algunas faltas más que los locales, sufrimos las típicas coces de la frustración que dan los equipos pequeños cuando descubren, tras haberlo olvidado, que tener otros ricos a los que adorar no hace que dejes de ser pobre, porque la pobreza no está en la cuenta bancaria, sino en el espíritu.Y en el fútbol, el pobre es el que no juega ni a las chapas, juegue en la competición que juegue.
En definitiva, el mundo (también el del fútbol) seguirá de nuevo su camino voluntariamente aceptado hacia la oscuridad, porque la existencia es cíclica, y el hombre no está hecho para aprender del pasado y no cometer errores. Al contrario. No habiendo depredador natural para el hombre, el hombre, cíclicamente, ha de volverse contra sí mismo en nombre de cualquier cosa. Conviene, pues, conservar el candil encendido y, si es necesario, prender fuego a quien se oponga a la luz pretendiendo convencernos de las bondades de la oscuridad. Y con Superliga o sin ella, con Liga o sin ella, o con Champions o sin ella, el Real Madrid siempre será luz.
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– Cai: 0
– Real Madrid: 3 (Benzema (2, 1 de pen.) y Odriolola)






