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Archivo Audiovisual – Contra el Milan de Sacchi

En realidad este capítulo no va aquí: en la última entrega, la nº 7, estábamos con el Madrid de los García, y aún tenemos que ver más peripecias de aquella generación, junto con los inicios y el ascenso de la Quinta del Buitre. Pero vamos a dar un salto en el tiempo, como Michael Yei Fox (¿o era Eric Stoltz?), y plantarnos en 1989. Ese año se enfrentaban un Madrid con la Séptima Copa de Europa entre ceja y ceja y un Milan que metía miedo en todo el continente. La eliminatoria era el no va más, y existía gran expectación por ver qué estilo se imponía: el alegre y ofensivo de la Quinta o la combinación de orden y talento del equipo lombardo. Los milanistas estaban bien calados en su país, y de hecho sólo consiguieron ganar una Liga. En esa época la Serie A era el campeonato más fuerte del mundo y por ahí andaba un tal Maradona en plenitud, que consiguió dos scudettos con el modestísimo Napoli. Sin embargo, al salir por Europa, la férrea disciplina del calcio, combinada con la calidad de los fichajes realizados por Berlusconi, causaba sensación.

Era la época pre-Bosman, con tan sólo tres extranjeros permitidos por equipo, y lo cierto es que los tres del Milan difícilmente podían ser mejores: Marco Van Basten, Frank Rijkaard y Ruud Güllit, unidos a los Baresi, Maldini, Donadoni y demás. Cuando el destino los cruzó con el Madrid, no había mejor partido en Europa: los blancos eran absolutos dominadores en España, y habían estado a punto de tocar la gloria un par de años antes, cayendo en una desafortunada eliminatoria con el PSV. Sin duda eran dos enormes escuadras, casi parejas en calidad, pero las innovaciones tácticas del Milan les daban una ventaja que los madridistas no supieron ver. En la ida, pese a todo, el duelo estuvo igualado, y supimos hacer valer la fuerza que aún tenía el Bernabéu.

El gran batacazo vino en la vuelta, donde sufrimos un resultado de escándalo que aún se recuerda en el mundo futbolístico. No es que los de la Quinta se volvieran malos de repente, eran un gran equipazo. Simplemente el fútbol estaba cambiando, y nuestro modelo era ineficaz contra los conceptos que Sacchi introdujo fuera de Italia. Esta eliminatoria fue seguramente la primera gran frustración de Mendoza, que en esos tiempos se consideraba el rey del Mambo, y desde entonces se marcó como objetivo "ser tan buenos como el Milan", un afán en el que a la postre se le extinguió el mandato. Tuvo que ser su Bruto (¡y tan bruto!), Lorenzo Sanz, el que, movido por la pura ambición, llevara a término sus anhelos, con la consecución de la Séptima y el resurgir blanco. Pero eso es otra historia.

Han pasado 21 años, y muchísimas cosas han cambiado en el Madrid y en el Milan. En el equipo lombardo sigue Berlusconi, que ya ha perdido el oremus, quemadísimo por el poder y el vicio, y más preocupado por sus putitas barely legal que por otra cosa. Su Milan es reflejo de sí mismo, avejentado, decadente y excesivo, dando cabida a todo tipo de has beens como Beckham o Ronaldinho, acogidos cariñosamente siempre que estén con el botox al día y una sonrisa impecable; la imagen ante todo. Los Leonardos o Allegris que sienta en el banquillo se corresponden bien con los Valdanos y Floros del mendocismo crepuscular: soluciones desesperadas que no pueden sustituir a la verdadera excelencia, el trabajo serio y el tino en los fichajes. El Madrid es la otra cara de la moneda, gracias a un Florentino cuya sobriedad jamás le permitiría berlusconizarse, y a un hombre que está regenerando él solo toda la leyenda madridista: José Mourinho, entrenador-manager que quedará como uno de los grandes genios el fútbol. El duelo de hace dos semanas cambió los papeles respecto al del 89, y así se reflejó en el campo, donde sólo faltó la goleada blanca. El partido de mañana se presenta muy similar, y habrá que ver si el actual Madrid tiene la ambición y el carácter necesarios para intentar vengar a sus antecesores de hace dos décadas.

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