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Apoel – Real Madrid. Mi verdad

Por Hughes

Cuando me he lanzado en el sofá para poner la tele, con el mismo gesto con que Sergei Bubka vencía el obstáculo, no he entendido nada. Yo pensaba que el Madrid jugaba la vuelta de su eliminatoria anterior en el Bernabéu. No reconocía Chamartín en las imágenes, ni me explicaba qué hacía Mourinho en ese banquillo penitencial. ¿Otro castigo? La información ambiental sobre lo madridista viene estando dominada por el silenzio stampa y la reacción periodistil, tan furiosa, y yo llevaba días huyendo de toda locución, redacción o exudación deportiva.

La primera parte me la he pasado preguntándome si habría algún tuit así: «apoelos, oé, apoelos, oé, apoelos, oé, apoeoeoeoeoé». Supuse que habiendo tanta inteligencia allí es casi seguro que eso habría sido hashtag hace días y que empiezo a ser a twitter lo que Martín Ferrand al no twitter.

Pensaba yo si no se decía Hapoel en lugar de Apoel, pero luego he caído, preparándome el postre, que el Hapoel era israelí y que éstos son de Chipre. Tras ello he meditado sobre mi profunda ignorancia geográfica y he tratado de recordar la infantil familiaridad con el Atlas, pues llega un momento en la vida en que el hombre decide que ya sabe suficiente sobre geografía, sepa mucho o poco. Supongo que es cuando el hombre se echa al mundo.

Era Apoel, y el lugar era ¿Nicosia? El realizador televisivo, quizá pensando en la gente como yo, sostenía planos del público para que nos familiarizásemos con la realidad étnica. Había chipriotas muy guapas y ha habido un momento en que la cámara se lanzaba en zoom sobre unos ojos verdes de mujer. Ese tipo de alardes televisivos en España se permitían en los torneos veraniegos. Ahora es impensable. Cada segundo televisivo forma parte del partido y en un Madrid-Barcelona el realizador juega un papel de narrador político, de marco institucional, y unos ojos verdes serían un romántico armisticio.

Era Champions, sí, pero menos.

Manolo Sanchís advertía al espectador de que no sólo no era Champions, sino que el Apoel tampoco era chipriota, porque estaba formado por brasileños y portugueses, raza nefanda. Sauca y Sanchís son como los Tip y Coll de la obviedad. Sauca narra y Sanchís apostilla con una propensión nunca realizada hacia lo tautológico. Sanchís roza ese absurdo y comenta a Sauca cayendo en lo de Sauca pero con un alejamiento marginal y siempre, siempre, en el territorio hilarante de la obviedad. El talento de Sanchís es rozar la tautología, como se roza una zona erógena. Sanchís ha dicho que la vida del portero es compleja y que el suplente afronta un peregrinaje.

Sanchís y Míchel y también Butragueño son un surrealismo. La manera descoyuntada, inconexa y formalista con la que el Madrid repondió al palabreo del fútbol recitado. ¿Y el partido? Hasta Messi, la Copa de Europa se ha ganado cuando el equipo ha sido capaz de mantener la portería a cero. El Madrid es mejor equipo por la manera que tiene de ocupar el campo nada más salir, con la inteligencia táctica con que las más listas cogen el 60% de la superficie de la cama de matrimomio:

– Amor, te posicionas en esta cama mejor que el Madrid de Mou.

De salida el Madrid ya es un orden, y orden y posesión es una forma de unanimidad y de totalitarismo. Claro que al totalitarismo culé lo llaman poesía.

La banda izquierda del Madrid está llena de afluentes y Özil lleva botas chillonas para enseñarnos a caminar y para que sepamos dónde se mete a veces.

¿Por qué Kaká parece que sólo caliente brazos, con ese gesto de nadador antes del chapuzón? La vida lacia de Kaká hace que hasta sus hazañas nos parezcan poca cosa. Hay algo inadvertido en su facilidad, una distensión de exfutbolista.

Cristiano, cuando falla, da golpes al césped, como los niños cuando empiezan a caminar y se dan golpes y azotan el suelo.

El entrenador del Apoel gesticulaba con la mueca preferida del entrenador, que es la cavilación preocupada. Por eso los entrenadores empiezan a tener todos el pelo blanco.

Y yo me imaginaba mientras a Vicente Del Bosque en su casa tomando danacoles.

Lo mejor del Madrid ha sido Sahin, con sus exquisitas aperturas y su ritmo en el acompañamiento. El aficionado intuye desde su sofá cuando el empeine del futbolista está caliente. Sahin tiene una capacidad extraordinaria para participar en la jugada, juego de hilandera, añadiendo al toque el recorrido.

Unos madridistas del Oriente Próximo (¡constante lección de geografía!) celebraban un gol de Benzemá y yo me acordaba de Florentino, que internacionalizó el madridismo antes de que se lo comiesen en el Txistu. Sanchís y Sauca dialogaban -como dándose la razón, que es como dialogan ellos- sobre Arbeloa y el realizador, ya claramente extranjero, alargaba un zoom sobre el escudo de su camiseta blanca, sobre el intolerable blasón a la altura de nuestros corazones.

Hughes edita Los objetos impares y escribe en La Gaceta.

– ΑΠΟΕΛ: 0
– Real Madrid: 3 (Benzemalo (2) y Kaká)

Incidencias: Chipre se volvió madridista hasta el final de los tiempos.

Videoresumen


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El retrato ecuestre de Mou

Por Hughes

El pasado domingo nos dejó el triunfo en los balcones del PP, con su disco-móvil en la que los liberales se arrimaban a chavalas rubias, hartas por una noche del código penal, y el beso de Rajoy, al que sólo habiamos visto dar los besos de Breznev de la contrapropaganda maliciosa. Besó a Viri con timidez, como si la estuviera presentando en casa. Sustituir a Berlusconi por gente así es lo que se lleva. No es de extrañar que la fuerza icónica la tuviera el gesto de Mou al celebrar un gol en Mestalla, estadio que ha resistido a la demolición, que ha alargado su vida de coliseo, sólo para poder recibirle y que fuese allí donde se estrenara de blanco. Los del Valencia eso no lo saben, como no saben que una ampliación de ese estadio se pudo hacer gracias a las buenas gestiones que con un banco madrileño realizara Bernabéu, amigo del presidente ché de entonces. Sin embargo, el Valencia, cuando juega contra el Madrid, recuerda al señor Lizondo, regionalista valenciano que se plantó en las Cortes con cara de cabreo y una naranja, y Albelda -que como ha visto Ruiz Quintano es un chulángano de bou al carrer, sale a hacer sus numeritos de tosco Busquets. La gente de provincias paga con el Madrid la pequeñez personal que nos provoca a veces pasear la Gran Vía. Madrid nos hace sentir súbditos y claro, algunos no lo resisten y cuando llegan los de blanco, como Darth Vaders, les sacan el láser.

Marcó Ronaldo un gol portentoso y, doncellil, se permitió un desmayo y Mourinho, hiriente, se fue dando saltitos hasta Callejón, al que montó sin ensillarlo antes. Esto ha provocado mucho alboroto. Un entrenador puede correr la banda o rasgarse la camisa, pero lo del caballito ha sido un escarnio. En Valencia se sienten menospreciados, en Madrid los tertulianos del fútbol avivaron soplando como tuberculosos el triste ascua de la polémica y en Barcelona reprendieron a Mou, por su enésima prepotencia. Y Landero, hombre de bien, entiende que la ambición de Mou mancha la imagen del club, pero… ¿alguien le ha preguntado a Callejón? Probablemente sea Diego Torres, el extraordinario fabulador argentino, el que desvele que Mourinho se pasea por Valdebebas subido en Callejón, como un faraón déspota lanzando bebidas energéticas.

¿Hubiera aguantado Pedro León a Mourinho sobre su grupa? Difícilmente. El espíritu colectivo, según lo entiende Mou, es eso: que un jugador admita que en cualquier momento su entrenador se le pueda subir encima y sepa, obediente, aguantar el tipo. Callejón no se espera a Mourinho, lo nota encima y tras una primera vacilación, en la que a Callejón, sobre el futbolista disciplinado, le sale el hombre que no admite fácilmente que otro varón se le encarame, tras ese primer momento de natural dubitación, empieza a sonreir, asume la circunstancia, y admite el encabalgamiento. Entonces, el chico flexiona las rodillas y asume su sobrevenida condición equina con estoicismo de hombre de equipo. Callejón se hace caballito, y en su resignación pony sonríe, y si Mouriho hubiera querido, hubiera galopado con el portugués encima hasta el centro de Valencia, que está ahí al lado, para tomar las Cortes valencianas como un Espartero.

Caballos sin espuelas, eso son los chicos de Mou, y entrenar una doma. Ay, Canales, hermoso corcel que coceaba demasiado, o Pedro León, con su crin ondeada de caballo persa. El fútbol no es un tikitaka filosófico y seminarista, sino una equitación o un zafarrancho de séptimo de caballería. Diego Torres podrá decir ahora que Mou es un Atila montado en un caballo con tupé, pero Mestalla, por muchos berrinches que se coja Albelda, matón de traca, será ya siempre, en su otra alma madridista y manchega, el estadio en el que Mou dejó su retrato ecuestre: un general colérico cerrando el puño sobre un caballo obediente y canterano. Pido, como madridista valenciano, que ese retrato, en noble bronce, reciba a los madridistas en Chamartín, como el de Shankly flanquea la entrada en Anfield.

Hughes edita Los objetos impares.

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Abierta la Porra Virtual para el Madrid-Paleti.
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La Nueva Masía

Por Hughes

El barcelonismo ha inaugurado la nueva masía, una geometría fea, moderna, que parece un centro cívico o un instituto de alta tecnología. Uno de esos edificios misteriosos, de tan cúbicos. En realidad, allí llevarán a los niños nigerianos y a los niños albaceteños para ser instruidos en el tiquitaca, como en un seminario moderno, pues los canteranos son los nuevos seminaristas y los niños de Montserrat les tienen celos. Anoche, en onda cero, el ex-presidente culé, Josep Lluís Núñez, que ya no dice quicir, comentaba algo curioso: el origen del esplendor culé que este edificio representa está, no tanto en Cruyff -profeta- como en el estallido económico y social que permitió la remodelación y ampliación del Nou Camp. Al crecer, el Nou Camp pudo asumir el crecimiento de la propia sociedad barcelonesa. En perfecta sintonía. Como una novela de Marsé, como una de Serrat, como una paranoia de Vázquez Montalbán. Ese desarrollismo no lo tuvo el Madrid, al que las autoridades franquistas, tan madridistas ellas, no le permitieron hacer lo mismo con su estadio. Ése es uno de los más importantes ‘¿pur qués?’ del fútbol español.

A la Nueva Masía (Nou Camp, Nova Masía… qué afán de novedad) le han puesto el nombre de Oriol Tort, en homenaje a un pionero del fútbol base culé. La antropología culé ya es así, ya bucea delirante en su historia menor y no le pone el nombre de Kubala al complejo canterano, sino el de Oriol Tort y al próximo estadio igual le ponen el nombre del delegado Carlos Naval, por coherencia, sentido de institución y amor a la casa. Eso es el guardiolismo, esos detallitos. Claro, dirán, el Madrid maltrata a Del Bosque, vejado en un pasillo como un invitado de telecinco, y el Barcelona, señorial, assenyat, profundísimo, familiar, como la Casa tarradellas, le dedica su Valdebebas a uno que se llama Orio Tort al que conocían sólo cuatro esnifadores del sport y los peñistas más románticos de Palafrugell.

El caso es que el nombre de Oriol Tort tiene su miga, ‘tort’ en valenciano, o en la variación dialectal del catalán que se habla en Valencia, significa tuerto y ese tort me hizo pensar inmediatamente en Pito Vilanova. Yo había archivado el incidente del dedo como una agresión lamentable del primero, cuyo ojo salió de su cuenca para contactar con el dedo señalador, dedo sabio de indicador de lunas de Mourinho. Eso pensé: Vilanova se ha metido el ojo en el dedo de Mou para salir en la tele. No, la realidad no es esa, y el bautizo de este seminario del amor guardiolo lo ha demostrado: Mou, efectivamente, parece que intencionadamente metió su dedo en el ojo de Vilanova, con el propósito de dejar tuerto al Barcelonismo a través de Pitu, mártir córneo ya del culerismo.

La Nueva Masía nace tuerta, pirata, entortecida por Mou, que le metió el dedo en el ojo al alma canterana culé, y los alevines que salgan, los juveniles feos con cara de Cesc (¡sólo una belleza ha dado esa cantera! ¡El inigualable Jeffren!), esos medios que son como adivinadores del espacio, oteadores del hueco, ¡Pinzones del pase imposible!, ya no tendrán la visión panorámica, su inteligencia abierta, sino una panorámica pobre, de lateral. No tendrá continuidad la saga de medios y en su lugar Dios proveerá tristes carrileros. Su fútbol ya no será tan redondo y hermoso, sino un fútbol esforzado, de honestas líneas rectas, mucho más simplón. Ya no saldrán los Xavis videntes, sino Arbeloas que van haciendo sus jugadas modestas con un ojillo.

Mourinho, con su dedo en el ojo de rana de Vilanova, que se lo puso a huevo, la verdad, le ha quitado la claridad al fútbol basé culé y a partir de ahora sus alevines jugarán como juegan los de nuestro Madrid, con esa sensación de que alguien les está tapando un ojo. Sus niños crecerán entre aristas y metales, como doctorandos en ingenieria, pero su fútbol ya no será abierto, sino ese fútbol enconado que muere siempre en el centro del área, en la montonera y el colapso de los futbolistas tuertos. Tort también significa torcido. Que como presagio tampoco es manco.

Hughes edita los objetos impares.

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La Porra Virtual para el Málaga-Mandril estará abierta hasta las 20:00.
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El Madrid de rojo

Por Hughes

Como ya sabréis (o quizá no), uno de los mitos del bloj, Hughes, ha fundado su propia casita virtual, Los objetos impares. La verdad es que fusilar un artículo de un blog recién comenzado es una cabronada, pero teniendo en cuenta que de momento no parece leerlo ni el Tato, creo que tampoco le vendrá mal la publicidad. ¡A disfrutarlo!

Decía Ruiz Quintano en su twitter que el Madrid salía de rojo para despistar al platinato. Se ve que no, que están atentos. Tan atentos que eran noticia durante el partido los sms de Chendo, que ya es afán noticioso. Yo, poéticamente, porque tengo un blog y me debo a las artes, pensaba que el Madrid, harto de ser el Madrid, quería probar qué se siente siendo el Bayern de Munich –de Miunich, como dicen los periodistas finos de la ultracorrección-. Visto el partido, parece que se trata de vestirse de rojo para que le embista mejor el toro negro arbitral.

El rival era algo de Zagreb, la Cibona no, claro, otro, el Dinamo, aunque el nombre de Dinamo lo merecía Coentrao más que nadie. He de decir que yo no he reconocido aún a los estados que salieron de la guerra de los Balcanes. Para mí siguen siendo Yugoslavia, una y grande, aunque ya no esté Tito –o al menos no esté ese Tito- y tampoco respeto mucho su fútbol. Tienen todos cara de baloncestistas y la única vez en que me los tomé en serio, cuando Prosinecki, la decepción fue imperdonable.

Lo del color no es broma. He vivido los primeros minutos con mucha ilusión y gran novedad, como cuando tu novia se cambia de color de pelo. Era como animar a otro equipo sin serle infiel al Madrid. Era todo… distinto siendo igual. Con el paso del tiempo, sin embargo, esa sensación iba disminuyendo. Lo del color, la terapia del color, también la sigue Iker, que ha decidido ‘reinventarse’, que es verbo de mujer o de cantante. Se ha reinventado en el Pollito de Mostoles, ganando notoriedad física y fosforescencia como hacía en su tiempo Cañizares. El del frasco.

Por lo demás, Ronaldo tenía ese día tonto que le sale cuando viaja. Ofuscado, ha levantado al público con esos gestos suyos de payaso en el circo, tan evidentes, y luego, aun jugando fenomenalmente, ha dejado esa impresión de poder estar jugando cinco partidos seguidos sin marcar. En días como hoy Cristiano busca tanto el gol que el gol no llega, porque supongo yo que el gol, como todo, debe tener su misterio y hay que alejarse un pelín para que la cosa ocurra.

A Alonso le falta mugir en las segundas partes. Me paso los partidos echando de menos a Özil, al que siempre pido más y más como le debe pedir su novia, y el rato en que no estoy echando de menos al turco me lo paso debatiendo para mis adentros si Benzema es o no es. Tiene cosas de portento, de delanterazo, de un Ronaldo Nazario enriquecido, pero luego tiene insustancialidades, irrelevancias y gestos raros: falla un gol y recoge el balón y resopla por la nariz, hinchando apenas sus aletas, sin rabia, sin desesperación. Sigue siendo frio, Mou no lo puede todo; y cuando aparece Higuaín, que parece que está echando culo sólo para parecerse al Kun, celoso del Kun, siento que el protagonista de la peli, que la chica, el gol, se lo lleva el Pipa. En esas me paso el partido.

La retransmisión de canal9 no ha sido tan deplorable como de costumbre, por más que, como ya se dijo en otra ocasión, ver al Madrid en Copa de Europa por canal9 o tv3 es como ver la super bowl por al-jazeera. Tácticamente no sé, no sé nada de tácticas, pero me parece que este Madrid de Mou sale muy bien puesto, muy bien plantado. Que se coloca, que se posiciona casi tan bien como Durán i Lleida.

– Dinamo de Zagreb: 0
– Real Madrid: 1 (Di María)

Incidencias: Arbitraje platanesco.

Videoresumen


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El estilo de Pep

Por Hughes

En el día de la Última Carga, maese Hughes nos traza la cosmovisión del General enemigo.

I) La palabra «estilo» proviene, si no recuerdo mal, de «stilus», término latino que hacía referencia al utensilio con el que se escribía sobre las duras superficies que se usaban entonces. Vamos, como el boli bic de los romanos. El estilo, pues, era instrumento, y es después, con el advenimiento del artista romántico y flatulento, cuando el estilo se convierte en fin en sí mismo y se identifica con la propia subjetividad del autor.

II) Semejante proceso se ha producido en la cosa del fúrbol (mientras el fútbol sea gobernado por Villar, deberiamos denominarlo así, simplemente fúrbol, pues no es fútbol lo que vivimos, sino su villaresca adulteración, ¡estamos gobernados por un tirano invisible, un tirano sin butanito que le cante como se le cantaba a Porta!). El entrenador lleva consigo un «estilo» porque el entrenador ya es artista. El entrenador moderno tiene pujos de artista y va por la vida vestido de oscuro, con barba de unos días, cuello alto y mirada húmeda.

III) De hecho, en el vocabulario futbolístico, se ha producido un cambio de lo militar, de las metáforas militares a las artísticas. De la «táctica» -esos Trapattonis belicosos, como generales que mandaban a sus muchachos a batallas en el césped- se ha pasado al estilo, y el estilo ya no es sólo pizarra, pizarrismo, flechitas, eso está al alcance de cualquier Ortego. El estilo es tacticismo y una manera de hacer que depende directamente del futbolista. Es una especie de son, de ritmo, de pauta en la que están imbuidos los miembros del equipo. El entrenador es un artista similar al director de orquesta o al cineasta. Necesita de la implicación del futbolista. Se ha superado el mero tacticismo, con su terminología estratégica.

IV) Se ha impuesto una normativa del estilo. Hay estilos, pero sólo uno es el preceptivo. Lo que no cabe en la horma se repudia como repulsivo, degenerado. Hay estilos, pero sólo uno es el «bueno». Hay un tufillo manipulador aquí, una cosa moral, como si los otros, las otras formas de hacer no fueran éticas. ¿Por qué? Parece ser que el «estilo» que todos tenemos en mente, bautizado como tiquitaca, presenta algunos rasgos que lo diferencian.

V) El estilo que abandera Pep, el filósofo de Sant Pedor, se caracteriza por pretender acabar con el rival y con el fútbol como diálogo, como combate, acabar con el encanto dialéctico dle juego. El ideal (ah, el ideal) de esta secta estética es la plena posesión de la pelota. De hecho, el aberrante planteamiento de la ida en el Bernabéu estuvo cerca, de no mediar el error arbitral, de ser eso: una eterna posesión del esférico sin otra intención que tenerlo.

VI) Un rasgo que caracteriza al estilo es la cuestión de los espacios. Se trataría de jugar en campo ajeno. Que la mitad del campo no se pise, y en esa reducción, conseguir el gol ampliando el campo. Hay aquí un elogio de la capacidad de crear espacios, ciertamente meritoria, tras haberlos reducido. El contragolpe, esa cosa tan divertida, es considerado un arte menor. ¿Qué dificultad tiene aprovecharse del espacio si ya está ahí, si no se crea? Este estilo, pues, es una sofisticación futbolística. Los ingleses, por ejemplo, les parecen unos primarios.

VII) Otro rasgo es el recelo hacia la victoria. Obviamente, a pep le gusta ganar (que si le gusta…), pero se trata de que no se note. No se debe notar que uno busca vencer. La victoria llega por inercia, por la inevitable justicia del dios del fútbol (el dios del fútbol debe ser holandés, el ídolo infantil de Rinus Michels o alguien así). La pérdida de prestigio de la victoria parece quitarle competitividad al deporte. Competir abiertamente, querer ganar, es considerado de mal gusto: «venimos aquí, en franca inferioridad, contra un equipo con siete delanteros, a proponer nuestro fútbol, con ilusión, pero ya nos va bien haber llegado», etcétera. Estas cosas se dicen. La victoria, parece, se asocia -de alguna manera profundamente católica por estos curillas del balón- con el beneficio.

VIII) Es un fútbol sin vibrato, suave. El «estilo», este estilo, se caracteriza además por no aprovechar el error ajeno. El cinismo italiano, vivir del error ajeno, eso no se tolera en la estética del filósofo de Santpedor. Aquí todo se «propone».

IX) Nótese la ligereza, la blandura postmoderna del lenguaje: este fútbol se «propone», no se impone, aunque luego, en verdad, no jugar así supone asumir el riesgo de que le «pongan a uno en la frontera», como le ocurrió a Capello, en lo que es, a mi entender, la primera condena artística en el deporte, como si se tratara de un «artista degenerado».

X) Hemos pasado pues del ridículo tacticismo, de las abstrusas geometrías, al esteticismo, a un esteticismo además canónico. Solo cabe una idea de hermosura. Pero el valor dominante de hace unos años, la victoria, lo que condenaba o no al entrenador, esa dama caprichosa de la que dependía que los niños de David Vidal cambiasen de colegio, ahora deja el paso a la «belleza». Lo hermoso. El paso intermedio quizás fuese la intransigencia de esos entrenadores que «morían con su sistema». El sistema se solidificó, se cosificó, como diría nuestro contertulio DeSqueran, y devino estilo. La tozudez del míster se convirtió en su impronta. Esto soy yo, esta es mi manera. Ah, amigos, ¡la maniera! Ahí apareció el estilo: la personificación romántica del instrumento, del stilus.

XI) El tacticismo tozudo devino en manera, maniera , y así surgió el estilo. Esto, claro está, tenía que pasar porque el entrenador había adquirido un protagonismo inmenso. De hecho, es conmovedor recordar que el primer Florentino consideraba al entrenador un mal necesario, un alineador, poco más. El fútbol estaba determinado por lo individual. La realidad es que la imporancia creciente del entrenador, fuera manager o no, le acabó dando una impronta romántica. El entrenador como sujeto romántico, como héroe sentimental, idealista, esteta, contra las veleidades caprichosas de sus pupilos, contra el vulgar criterio de la grada, contra la fria realidad del marcador, presionado por unos directivos que fuman puros, con enormes barrigas, capitalistas ineducados, bárbaros. El entrenador es el artista romántico.

XII) Estamos a un paso, no obstante, del entrenador-moralsta. Los rasgos antes mencionados (discurso personal, recelo de la victoria, búsqueda esforzada del espacio, etc.) han acabado por hacer surgir lo «bueno» de lo «bello». No es que lo bueno sea bello, no, es que este esteticismo ha hecho que al fútbol le salgan ribetes morales. «Este planteamiento es indigno», se ha llegado a decir. Haber hecho nacer de la belleza del estilo su condición de bueno, de «bueno» per se, hace que de ahí nazca una antipática ética, una moralina futbolera: ético es perseguir lo bueno, desviarse de ello sería un comportamiento indigno. Más preocupante aún es cuando estos términos no los acuña el transcurrir del tiempo, sino unos señores que a) son antimadridistas, b) están interesados en tener el poder, en mantener el club en una situación de cómoda inestabilidad (pero pudiera tratarse de otro equipo). Capello es el primer expulsado por este mecanismo. No es casualidad que fuera el barcelonismo el inventor de la consoladora categoría del «campeón moral». Ahora, ese adjetivo, moral, adquiere un sentido duro y excluyente. El campeón y el campeón moral son ahora el mismo.

XIII) El estilo del filósofo de Santpedor es un estilo solipsista. No hay que olvidarlo.

XIV) Todo surge por una complejidad retórica de este deporte. La rueda de prensa es el nuevo terreno de juego.

XV) Este estilo acabará generando un cambio antropológico (no puedo analizar al filósofo de Santpedor y su obra si no es recurriendo a estas palabras) en el gusto del aficionado. Los ingleses, por ejemplo, gritan con el gol y con el córner. Nosotros gritamos el gol y a veces decimos olé con una sucesión de pases (sí, también en el nou camp se dice olé; de hecho, de la tauromaquia en Cataluña sólo han dejado los olés con los que torturan al rival en los rondos). Con el transcurrir del tiempo y con esta hegemonía, dejaremos de sentir esa interna oleada de placer con el gol, de gritarlo, y empezaremos a gritar frenéticamente el encadenamiento de pases. El estilo del que hablamos, el estilo, pues no cabe otro, tiene algo de subversión del gusto tradicional del aficionado. El gol, si no llega de determinada manera, no es hermoso, ni bueno, ni digno. Los aficionados acabarán como esos futbolistas que se entristecen, compungidos, cuando le marcan gol al equipo del pueblo de su mujer. Acabaremos por avergonzarnos de celebrar ciertos goles, y con el paso del tiempo el gol ya no nos generará placer.

XVI) El estilo es muy colectivista. Deja el romanticismo para el entrenador. Ya no se lleva el jugador estrella, sino subsumido en el engranaje, en el conjunto. Las cosas llegan merced a una manera general de hacer, no por el estallido del genio. Sobre el genio no cabe la retórica. No habría estilo, ni filosofía, ni gaitas sobre la individualidad desbordante de Messi. Antes se decia: «es un equipo con grandes individualidades». El estilo recela un poco de las individualidades. Es mejor si es conjunto, si es global. En el caso del Barcelona y su asimilación del fútbol holandés, ya se observan apelaciones al volksgeist. Pep es un Lord Byron en chándal inflamado de ardores por las letras de Lluís Llach.

XVII) El estilo tiene un origen: la importación (en varias fases) del fútbol holandés que hizo el Barcelona en épocas de desorientación (Miichels, Cruyff, luego Van Gaal, Rikjaard, etc.). De hecho, en tiempos de Van Gaal, no sólo se importó la idea, sino un conjunto entero de holandeses. Después, el estilo tiene otro hito: las batallas mediáticas de principios de los noventa. García y Clemente eran uña y carne. La Ser, el As, el Plus, Prisa y su sección de deportes de los Relaño, Segurola y compañía, plantearon una alternativa ideológica con Valdano y su importación del menottismo. Así, nos trajimos la querella argentina entre los partidarios del flaco y los bilardistas, y de ahí, de ese momento, parte lo actual. Relaño y sus amigos ganaron la batalla, y ya sólo hubo una manera de jugar. Los entrenadores del futuro iban a ser ya esos individuos teorizantes. El otro día alguien -creo que era Paco Glez.- recordaba a Maguregui para hablar de Mou. Un entrenador anterior a la fase romántica, un señor normal, sin jerigonzas.

XVIII) Un ejemplo de lo abusivo de la cuestión. Imaginemos un torero artista, un torero pendiente de la musa, colgado de ella. Sale a la plaza patilludo y serio, distraido, y toreará como los ángeles o pegará un petardazo. Es lo que tiene el artista. Sería difícil y hasta cansino imaginar un Morante con las cifras orejiles de un Jesulín en sus buenos tiempos: doscientas corridas, cuatrocientas orejas. Levantando a las plazas de turistas. Sembrando España de olés. No, el artista es inconstante, tiene un algo caprichoso, voluble. Lo estomagante, lo agotador, lo que cansa más que leerse un BOE, es este filósofo de Santpedor y su troupe, que han ganado para sí la condición de artistas y llevan tres años cortando orejas hasta en Benidorm. Esto es un abuso, oigan.

XIX) Todo el asunto este del estilo, toda esta absurda sofisticación, es la postmodernidad española. Los cocineros hablan como Dalí y los entrenadores de fútbol merecen articulos de opinión en las primeras páginas de los diarios. Nos hemos vuelto locos. La estupefaciente sucesión de pases en el mediocampo es nuestro Maradona, nuestra idolatría y hasta diría que nuestra perversión.

XX) Finalmente: Mou participa del rasgo romántico del entrenador. Tiene los atributos del artista, es conflicitivo, inconformista, rebelde, su ego es una planta tropical exuberante y tiene un punto torturado. La mirada febril, el gesto severo a veces. Se le agradece a Mou, sin embargo, que no tenga sistema. El sistema, ya digo, es el inicio del asunto. Es un entrenador flexible, del tipo carismático, motivacional. Motiva al delantero golfo y adolescente y motiva a la afición entera (sin necesidad de invocaciones al petit país). Es un entrenador clásico, para mí, enriquecido por lo mediático. Creo que sí, que está más cerca de Maguregui que de los técnicos modernos. Y en su relación con la prensa hay algo de la desconfianza inicial de los antiguos entrenadores que no comprendían a los señores con gafitas y grabadora que les preguntaban cosas absurdas. A la vez, Mourinho es lo que es por la prensa. Tienen una relación conflictiva, dependiente, divertidísima.

Una de las razones que convierten a Mou en subversivo (quién lo diría) es que con su planteamiento en semifinales, también con el que «propuso» siendo entrenador del Inter, originó una situación reveladora: reducir al absurdo el estilo culé. El tiquitaca se colapsó y si el árbitro no hubiese acabado con eso, y como bien dijo en rueda de prensa, el partido sería un eterno 0-0. En eso yo no vi un mal partido, sino una genialidad. Llevar el juego a unos límites en respuesta al manierismo culé. Uno buscaba la posesión, otro la posición. El espacio era un lujo que no podían permitirse. El partido comenzaría (la ronda, el verdadero choque) cuando la debilidad física hiciese que los dos equipos dejasen de ser lo que eran. En ese momento, cuando dejasen de ser lo que sus entrenadores planificaron, aparecería el fútbol como esa cosa desordenada, trivial, infantil, azarosa y totalmente dependiente del futbolista y su acierto. El cerocerismo de Mou fue una genialidad, una apoteosis del tacticismo hasta el arrebato final en que se decidiera la eliminatoria. La expulsión destruyó un choque histórico.
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La turca de Guti

Por Hughes

Hostión de Guti en Turquía con un coche estilo Soprano, que dicen son los más seguros. Aunque no tengas que proteger un negocio ilegal de basuras, ni tengas una esposa que no acepta tus gumars, si eres futbolista el Buddha Bar se parece un poco al Bada Bing, así que Guti recorre las noches con un cochazo de gran carrocería. Cuando a Guti lo ficharon en Turquía, los gutistas profesionales, los magufos, los contrafactuales del madridismo, se preguntaban si por fin sería titular. Si por fin, sin la maldad conspiratoria de Florentino ni la cerrazón de tíos tan tacticistas como López Caro, Schuster o Pellegrini, Guti sería titular. Otros se preguntaban, dada la importancia estratégica de Turquia, fiel de los dos mundos y dada la crucial coyuntura por la que pasa, de qué manera la rutilante presencia de Guti en un deporte tan macho, en un país como Turquía, podría agudizar el islamismo radical. Había algo en el alma turca que se iba a conmover seguro al ver a Guti. Había algo muy tocho que podría desencadenar ese muchacho. Si mi padre se enfurecía al verle y mi padre acepta a Jorge Javier, uno se preguntaba si nuestro Guti no despertaría el radicalismo más radical de los islamistas turcos. Quizás, me respondía yo mismo en el verano, ante el Marca, lanzando hipótesis en el almuerzo, el gutismo flexibilizará los usos y costumbres masculinos de por allí. No sé, ¿habéis visto un turco teñido alguna vez? Desde ese punto de vista, los días de Guti en Turquía eran un poco materia de Wikileaks. Un hecho con su relevancia geopolítica. El factor Guti podía desestabilzar un poco la zona.

Pero había dos preguntas que el aficionado medio, no yo, el medio, se hacía de un modo más intenso. Eran más bien preguntas que no se hacía uno mismo, sino que inmediatamente espetaba al de al lado en el bar, entre risotadas fáciles y codazos cómplices: ¿vivirá una pasión turca como Ana Belén? Y, sobre todo: ¿se pillará una turca? Bueno, pues la segunda ya está respondida y sé que si viviéramos en la España más libre de hace una década, mañana el Marca titularía: «La turca de Guti». Entrando en los pormenores del percance, parece ser que Guti ha dado 2,71 en el soplido. No sé de estas cosas, aunque he bebido como un hooligan de equipo inglés de tercera división. He bebido más que toda la plantilla del West Ham en la temporada 84-85, pero no sé qué unidades son 2,71, no conozco la unidad de medida del soplido etílico: ¿Dos veces con setenta y una el alcohol por encima del cual puedes follarte algo que no te follarías sobrio? ¿Una inflamación tóxica del ego del 271%, creerte casi tres veces tú mismo? ¿Dos botellas con setenta y uno de güisqui? ¿Dos veces y pico la sangre que corre por tus venas? ¿Casi tres vomitonas? ¿Casi tres vs. uno en la apuesta de que te toca la cara un gorila? No lo sé, pero sí sé que esos 2,71 son los números más sólidos de Guti en su carrera. Guti no ha hecho 2,71 cosas en algo jamás.

De todos modos, como dirá su colega, Roberto no sé qué, «no demonicemos a Guti»: el incidente automovilístico nocturno es un clásico ya de la información madridista. Se la pegó Eto’o. Se la pegó Benzema. Se la ha pegado hasta Celades -y de nuevo volviendo a mi teoría: qué pocos detalles trascendieron sobre ese oscuro accidente-. Y en el caso de Drenthe incluso hay reincidencia y parece que afición; uno se imagina a Drenthe corriendo en plan Rebelde sin Causa con sus amigos canis por los polígonos de Alicante. Pero en el percance de Guti hay algo más, algo que le convierte en una celebrity de manera definitiva. Hay fotógrafo y, además, como en Turquía no hay el mercado underground de compraventa de fotos de famosos, hay también foto. Y la torta no es ya mero percance, flor de teletipo, la escueta noticia, casi rumor, envuelta en brumas por el gutismo oficial. No. La presencia de un fotógrafo la convierte en un paso más de Guti hacia el olimpo rutilante y rubio de las celebrities. Guti tiene en esas fotos lo que el Marca digital llama «mala cara». Un Guti en lo que clásicamente se conoce como «evidente estado de embriaguez»; su gesto descompuesto, el agente, la parte trasera del coche, el alcoholímetro, la nocturnidad, todo contribuye a darle a esas imágenes el aire de las fotos de comisaria. Las míticas fotos de apertura de ficha policial de las estrellas, convertidas en sus mejores retratos. Guti se ha quedado a un paso. No es la foto del arresto, es más bien la del atestado. Guti está un poco más lejos de Raúl y un poco más cerca de Robert Downey Jr. El mundo le verá mañana tatuado, bling-bling y quízás pensará que es una rock star a la deriva porque no saben que a Guti le gusta Pereza.

Tras el accidente, sólo sabemos que el catorce, contestatario, niega el 2,71. También, y aunque se desconoce el rigor de la DGT turca, la más que previsible retirada del carné. Guti necesitará chófer, porque a sus años aún se ve en las discotecas. De modo que es más que probable que Álvaro Benito, el Joe Strummer de la clínica Asepeyo, cause baja en punto pelota.
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